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¿Heredia?

Los conquistadores de un continente que se llamaría América, fundaron ciudades a medida que iban pacificando la tierra arrasada por sus avances militares. Son el capítulo inevitable y sombrío de nuestra Historia. Se parecen al padre circunstancial de la criatura que nace de una violación: será recordado por la ignominia de su hazaña “guerrera” pero se le reservará el lugar que la memoria del hijo reserva para la ruindad humana.

El pensamiento colonial pretendió dar a estas figuras una grandeza inmerecida. La memoria que se empezó a construir con el advenimiento de las repúblicas, no pudo desprenderse del todo de la herencia colonial, así que acabó montando en el mismo pedestal al genocida y al patriota. Las ciudades y pueblos de la América hispana están llenas de estos “héroes”, cuyos nombres se perpetúan vaciando de contenido la verdadera acción de sus vidas.
A la hora de elegir a quién se honra en la memoria de los pueblos, siempre aparecen los equívocos. No soy historiador, pero me atrevo a decir que la Historia no es una sucesión de episodios y protagonistas vaciados de contenido político, sino la selección crítica e incluso ética de todo aquello que pretendemos grabar en esa memoria.
A los conquistadores y fundadores de ciudades no se les olvida. No se les debe olvidar. Se les mantiene en el lugar que les pertenece por la naturaleza de sus acciones, probablemente épicas y heroicas, pero ese no es el mismo lugar que reservamos a quienes cambiaron el rumbo de nuestros pueblos o lo dignificaron con sus obras artísticas y culturales.
Hacer Historia es, también, hacer justicia. Y no contradice el sentido y función de la Historia el enmendar errores. Para entrar en materia: creo que al cambiar el nombre del Teatro Heredia por el de Teatro Adolfo Mejía, se están haciendo dos cosas: una, devolver al lugar que le corresponde en la Historia al criminal fugitivo que llegó a conquistador, al asaltante inescrupuloso Pedro de Heredia, y dos, conceder al gran compositor caribeño algo distinto a la mezquindad del olvido.
Es una decisión polémica porque tiene un delicado ingrediente: la interpretación de la Historia. Siempre me ha sorprendido, por ejemplo, que un patriota liberal del siglo XIX como Juan José Nieto -un mulato a quien le caen a menudo capas de pintura blanca- haya concebido el personaje de su novela Yngermina como una bella indígena que cae derretida de amor en brazos del hermano de Heredia.
Tratando quizá de crear un personaje que simbolizara la integración del indígena en el elemento hispánico, Nieto concibió una Malinche parroquial, es decir, una traidora que recuerda a veces a la hermosa india de Galerazamba (o Zamba), convertida luego en “lengua” de sus raptores y violadores.
Lo bueno de la decisión de cambiar el nombre del Teatro es la fogosa discusión que atiza. Lloverá candela, seguramente. Pero, al final, es muy posible que, en breve tiempo, los cartageneros del común que se preguntan ¿quién es ese Adolfo Mejía?, empiecen a saber que es más de ellos, más de la casa, más de su memoria cultural que el hombre sin rostro que protagonizó la conquista violenta de Calamarí.

salypicante@gmail.com

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Comentarios

Gracias por esa deliciosa

Gracias por esa deliciosa columna señor Collazos. Estoy 100% de acuerdo con usted. Los errores de "nuestros abuelos" como decía el señor Martinez Emiliano (serán los de él) deben ser enmendados. Y honrar la memoria de quienes han hecho grande la ciudad es tarea que debemos asumir en el Bicentenario. Y no solo los de ilustre apellido, sino también la gente del común. Mejía no es ni mucho menos del común, pero los "abuelos inteligentes" de las élites lo condenaron al olvido.