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Desamparo, ingenio y huida reinan en Los Cabos mexicanos tras devastador huracán

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Sin luz, sin agua, casi sin comida ni dinero y algunos, incluso, sin casa, habitantes del turístico balneario de Los Cabos (noroeste de México) tratan de salir adelante con ingenio tras el devastador huracán 'Odile', mientras el sábado seguía acercándose la tormenta tropical Polo.

Las imágenes de chozas derruidas, de lujosos hoteles y edificios con estructuras dañadas, de almacenes y pequeñas tiendas completamente desvalijadas por saqueos o de carreteras con más postes de electricidad y palmeras caídas que en pie contrastan con el paraíso que da fama mundial a Los Cabos, uno de los destinos favoritos de los estadounidenses.

Cerca de cumplirse una semana del azote del huracán Odile, que dejó cuatro muertos y millonarios daños materiales, ya no hay rastro en el balneario de los 30.000 turistas que se encontraban en el lugar y que fueron paulatinamente evacuados en un puente aéreo concluido este sábado.

Y a la situación crítica de infraestructura se sumó la aproximación de la tormenta tropical Polo, que la tarde del sábado por la tarde se encontraba a unos 170 kilómetros al suroeste de Cabo San Lucas (68.000 habitantes) amenazando con vientos de hasta 95 km/h y fuerte oleaje.
   
Escape por el 'huracán humano'

Con casi todos los turistas evacuados, ahora el reto del gobierno es ayudar a los habitantes que seguirán padeciendo los daños del que consideran el peor huracán vivido. Para eso, se desplegaron 8.000 militares y policías a la zona.

Muchos previsores se abastecieron de agua y comida pero, tras seis días sin servicios, señal telefónica, cajeros bancarios y tiendas que vendan alimentos, salir de Los Cabos empieza a ser una alternativa planteable.
A las necesidades básicas se suma el miedo. Improvisadas barricadas de vecinos se levantan en las noches por temor a que los violentos saqueos de comercios de días pasados se extienden a las casas.

"Es más miedo al huracán humano que al huracán que ya pasó", expresó a la AFP José Antonio Cota, un vecino de 42 años de Cabo San Lucas que decidió enviar preventivamente a sus dos hijos adolescentes con su hermana a Querétaro (centro) en uno de los pocos puentes aéreos gubernamentales que salen del semidestruido aeropuerto local.

Ciudad de México y Guadalajara (oeste) son los principales destinos a donde los lugareños tratan de emigrar. Otra opción son las tres horas de carretera hacia La Paz, capital estatal, en busca de comida que incluso ahí empieza a escasear.

"Mientras menos bocas (haya) y agua gastemos, mejor", argumentaba José Antonio junto a decenas de habitantes que esperaban el sábado un avión para escapar por unas semanas de su otrora apacible pueblo.

De hecho, Cabo San Lucas es hoy fantasmagórico, con casas y comercios parcialmente en el piso y con esporádicos patrullajes de militares vigilando por tierra y aire el terreno.
   
El drama de los nuevos sin techo

Quienes mantienen su casa en pie pueden darse por contentos porque hay barrios enteros destruidos, como el de Juan Carlos Ortigaza, que duerme desde hace días bajo una mesa recuperada de los escombros de su rudimentaria casa de madera.

"Aquí no hemos recibido ayuda. Que venga el gobierno, que aquí no nos quedó nada", pide este electricista de 54 años originario de Veracruz (este), que no tiene familiares y cuida como un tesoro sus pocas pertenencias.

El gobierno, que envió el viernes un buque con toneladas de comida a La Paz, ha ido otorgando víveres en algunas comunidades que, según los lugareños, no son las más necesitadas.

Sin embargo, los pobladores reconocen que desde el refuerzo militar se respira más tranquilidad, y en las carreteras se observan funcionarios reparando el sistema eléctrico.
   
Trueque, racionamiento y colas

Pero ante la lenta reposición de servicios básicos, el día a día en Los Cabos se ha vuelto un infierno: conseguir un máximo racionado de 22 dólares de gasolina para el carro o las plantas de electricidad puede suponer colas de más de dos horas en las pocas estaciones abiertas y otras seis para comprar una sola bolsa de hielo para conservar alimentos.

En ese tiempo, algunos aprovechan para planear trueque de productos.

"Aquí se está haciendo mucho eso ahorita, andar cambalacheando (intercambiando). Tiene que ingeniárselas uno, ¿no?", expresa Miguel González, padre de tres hijos y quien intercambia su agua potable por latas de atún mientras en la noche se turna con sus vecinos para proteger las casas de eventuales asaltos.

Las autoridades han anunciado que en octubre Los Cabos volverá a lucir como aparece en los comerciales televisivos, una promesa difícil de creer ante el actual estado del balneario.
 

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