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El Magdalena, un gigante diezmado por la sequía

Hace tres años el río Magdalena representaba para las poblaciones ribereñas del Atlántico y el Magdalena, un gigante encopetado que compartía a manos llenas su riqueza con los hombres y mujeres que viven a su lado; pero también un coloso tozudo que osaba invadir la tierra a voluntad, e intimidaba los lugareños en épocas de lluvias copiosas.

“Las alarmas en el pueblo podían sonar en cualquier momento y era al instante que todos los pobladores se ponían en pie de lucha. No importaba si era de día o de noche,  la gente se organizaba y todos trabajábamos como hormiguitas para mitigar lo más que podíamos la furia con la que el río arrasaba todo a su paso. Con megáfonos se pedían sacos y en menos de 10 minutos había una pila inmensa de costales para llenar con arena y apiñarlos a la orilla”, recuerda Johny Rodríguez, uno de los “guerreros” de aquellos momentos en Sitio Nuevo, una población en la margen izquierda del río Magdalena, a 50 kilómetros de la desembocadura en Bocas de Ceniza (Barranquilla).

Las emergencias por los desbordamientos del río obligaron a las autoridades del pueblo a construir un muro de contención de más de 350 metros lineales y cinco metros de alto. La obra se hizo con dineros de regalías y tardó cerca de dos años en completarse. Los meses siguientes a la inauguración, las aguas seguían asomándose sigilosamente por los bordes de la muralla, pero de manera gradual el gigante fue descendiendo y sometiéndose sin resistencia a los efectos de un titán más poderoso que él. 

La sequía mantiene herido al río Magdalena y como un perseverante e inflexible contrario lo aflige sin respiro. La embestida es intensa desde 2013. Colombia lleva más de 1.100 días de sequía en los que las lluvias han estado por debajo de los mínimos históricos y no hay una buena saturación de los suelos ni suficiente acumulación de agua por las correntías superficiales.

A la escasez de lluvias se le unió el Fenómeno del Niño, producido por un calentamiento de las aguas del Océano Pacífico que ocurre cada dos o cuatro años y que altera el clima varios meses: impide que llueva y sube la temperatura.

“Como venimos precedidos de esos años secos tenemos un déficit de lluvias acumulado. Eso hace que el territorio no esté preparado para enfrentar el Fenómeno de El Niño y empiezan efectos como los que estamos viendo. La tendencia de lluvia en los últimos tres años en Colombia ha estado en un promedio, en algunos meses, hasta de un 40% inferior a lo que es un año típico normal. En otras ocasiones habíamos tenido Fenómeno de El Niño, pero no antecedidos de años secos y por tanto el impacto no era tan fuerte. Contábamos con buena saturación en los suelos y un nivel de recarga en los cuerpos de agua que nos permitía aguantar la temporada de sequía que ocasiona este fenómeno. En esta oportunidad El Niño llegó en medio de una situación muy distinta”, advierte Alberto Escolar, director de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico.

Muchos de los pobladores ribereños en el Atlántico y el Magdalena no saben a ciencia cierta qué es el Fenómeno de El Niño, solo conocen de él lo que han oído en los medios de comunicación: es el culpable de que los caudales del río bajen y según su propia experiencia de vida sacan conclusiones.

“Desde que pusieron el muro, el río comenzó a bajar. No ha subido más, parece que le hubiera cogido miedo a la pared. Mire, está retirado del nacimiento de la muralla como un metro, hasta playa hay”, afirma preocupada Ana Guerrero, mientras atiende un kiosco de gaseosas en el malecón de Sitio Nuevo. “Preocupa porque antes uno compraba una mano de chivos buena en dos mil pesos, ahora no bajan de cinco mil pesos cuatro pescaitos desnutridos. Es una ironía no poder comer pescado viviendo a la orilla del río. Ahora lo que se vende es puro pescao de criadero”, dice la mujer.

DISMINUYE LA PESCA
Con la baja de las lluvias el caudal del río desciende en algunos tramos más que otros, llegando a tener áreas en las que el río ya es un recuerdo, como en el límite de Zambrano (Bolívar) y Plato (Magdalena). De los 1.528 kilómetros que tiene el principal torrente de Colombia, 100 bañan las tierras atlanticenses, en límites con el departamento del Magdalena. 80 kilómetros van desde el municipio de Calamar, en Bolívar, hasta el puente Pumarejo en Barranquilla y de ahí siguen otros 20 kilómetros hasta su encuentro impetuoso con el Mar Caribe en Bocas de Ceniza.

En su carrera por el Atlántico, el Magdalena no luce “seco” como en otras zonas del país; pero el caudal ha bajado notoriamente y en algunas partes, como en Ponedera y Sabanagrande, han emergido islas de arena que interrumpen la navegación por el centro del río. En la travesía que hizo El Universal desde Bocas de Ceniza hasta Salamina, a unos 60 kilómetros, se pudo vivir en carne propia el susto de que la lancha de Cormagdalena tropezara con el lecho del río. Fue un momento intenso en el que la nave pudo volcarse o quedar a la deriva. Afortunadamente ni el motor, ni el casco sufrieron avería y se continuó sin problema.

En la pelea por su supervivencia, el río se ha visto impedido para alimentar otros cuerpos de agua importantes para los pobladores como es el caso de la ciénaga de Sabanagrande, en la que ahora es historia la pesca abundante que allí se daba.

“Nosotros nos venimos a la orilla del río a rebuscarnos los pescaditos que se puedan coger porque la verdad es que no hay. Esta época es de bagre, pero ahora mismo es una suerte pescar uno. Así como está la sequía no se coge ni una arenquita. El río Magdalena está muy bajo y el agua no entra ni a los caños, la ciénaga de Sabanagrande es un playón de tierra, da tristeza verla así”, comenta Manuel de Jesús Carrera Rangel, habitante de Sabanagrande, quien tiene 20 años pescando con nailon y atarraya.

En Bocas de Ceniza, a pesar de que el río conserva un buen caudal, los pescadores también se quejan por la falta de peces. Al lado del río, en los últimos seis kilómetros que recorre para llegar a la desembocadura, hay una estela de casuchas deformes elaboradas en tablones, cartón y plástico. Por su aspecto parecen levantadas para pasar una temporada de emergencia, pero llevan 40 años ahí, albergando unas 300 personas que son testigos del comportamiento del río.

“Cuando río arriba el caudal es bueno, las aguas arrastran abundantes peces pequeños hasta la desembocadura y los pescados más grandes del mar llegan para comérselos, es cuando uno aprovecha para hacer buenas pescas, pero con el Fenómeno de El Niño, el río no trae peces que sirvan de carnada y esa dinámica no se da”, explica Jacob Flórez, quien tiene 30 años dedicados a la pesca.

EL PRIVILEGIO DEL PUERTO DE BARRANQUILLA
Los descensos del Magdalena cada quien los vive de acuerdo a su relación con el río. Los agricultores, ganaderos y pescadores viven las consecuencias de un modo, los puertos y las grandes navieras las viven de otro.

En Barranquilla, el panorama para sus nueve puertos no es tan desalentador. Su suerte se la deben al Mar Caribe, que frena y equilibra el caudal del río para que llegue a la desembocadura a su mismo nivel.

“El tramo del río Magdalena en Barranquilla tiene unas características diferentes porque el río en la desembocadura está controlado por la variación de la marea, por tanto el efecto de los caudales bajos a causa del Fenómeno de El Niño o de la sequía no es muy importante en esta zona. Las variaciones del mar en el área de la desembocadura son de 60 centímetros en pleamar y bajamar. Bajo esas condiciones el río no puede llegar ni por encima, ni por debajo del nivel del mar”, expresa Holber Corredor Romero, subdirector de Desarrollo Sostenible y Navegación de la Corporación Autónoma Regional del Río Magdalena.

“Aquí la actividad portuaria está asociada a la navegación marítima por el canal fluvial del río Magdalena. Si se bajan los caudales del río, las profundidades tratan de mantenerse por el control que genera la desembocadura en el Mar Caribe. Claramente es un privilegio”, refuerza Clemente Fajardo, director ejecutivo de Asoportuaria en la capital del Atlántico. 

No obstante a que la profundidad del canal de acceso permite buques tipo Panamax sí hay unas restricciones importantes, precisa William Elliot, vicepresidente de operaciones de la Sociedad Portuaria de Barranquilla.

“Tenemos una restricción de 9,4 metros. Esa es la profundidad del río en los primeros cuatro kilómetros del canal de acceso y aunque en otros tramos hay profundidades de hasta 15 metros, en Bocas de Ceniza hay una sedimentación la cual convierte ese pedazo en un punto crítico y eso restringe todo el canal navegable”, añade Elliot.

La afectación, explica el empresario, es tanto para el puerto como para las navieras. “La consecuencia de tener un calado restringido es que la carga que se puede movilizar es menor y en este negocio se gana transportando más y para el caso de las navieras teniendo una mejor utilización de sus buques. Desde que tenemos la restricción hemos desviado tres buques a aligerar carga a Santa Marta. Venían con hasta 35 mil toneladas y en la ciudad vecina debieron descargar en promedio 2000 toneladas cada barco”, expresa William Elliot.

Los puertos de Barranquilla confían en que la situación mejore con los dragados que el consorcio Navelena S.A.S hará entre finales de enero y principios de febrero. La aspiración es que el canal recobre 12 metros de profundidad. Estos servicios se realizan a través de un contrato de asociación público privada que Cormagdalena suscribió en septiembre de 2014 por 2,5 billones de pesos a fin de que Navelena efectúe las labores necesarias para garantizar la navegabilidad del río, en los próximos 13 años.

AGRICULTURA, GANADERÍA Y ACUEDUCTOS
A medida que el río se aleja de la desembocadura, el control del Mar Caribe sobre su caudal se va perdiendo. Desde Sabanagrande hasta Santa Lucía el río se mengua poniendo en riesgo los acueductos y otras actividades de las que depende la seguridad alimentaria de la población.

El gobernador del Atlántico, Eduardo Verano de la Rosa, advierte tres problemas. La bocatoma de San Pedrito, cerca a Santa Lucía, es el punto más crítico en el Atlántico, allí el río tiene 1,30 metros de profundidad. Siete mil reses que se entregaron a los campesinos para repoblamiento bovino padecen de sed y el embalse El Guájaro quedó por encima del Canal del Dique y no tiene alimentación. La administración agiliza las gestiones para dragar, bombear y cavar pozos profundos.

Mientras todo ello ocurre, en el departamento del Atlántico el río Magdalena sigue en su cauce. Como un gigante adormitado luce apacible, confiado en que la misma naturaleza retome el control y le devuelva su gloria.

 

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