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El ocaso del río Magdalena les duele a todos

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El rostro adusto de Cristian (nombre cambiado) lo dice todo. De los quince pasajeros que transportó la pequeña panga desde el embarcadero en Girardot hasta el playón llamado la ‘Isla del Sol’, solo uno le dio propina: 500 pesitos. 

Nada que ver con otras temporadas, cuando casi todos los turistas -18 por canoa- le daban algún detalle al niño que sirve de ayudante de lanchas en la estación fluvial.

Todo por cuenta del Fenómeno de El Niño que, como nunca, ha resentido la economía doméstica de los habitantes de Girardot, principal puerto del Magdalena en su paso por el departamento de Cundinamarca.

O que lo diga Luz Dary Benavides, vendedora de bebidas en la Isla del Sol, un playón del tamaño de cuatro canchas de fútbol que forma el Magdalena 15 minutos aguas arriba del puerto. En época normal, el río alcanza en ese punto hasta 20 metros de profundidad, pero hoy por cuenta del fenómeno climático se puede atravesar a pie: el caudal no llega a un metro.

“El primero de enero del año pasado aquí vendí siete canastas de cerveza, este año apenas dos. Desde el 2 de enero hasta hoy (sábado 16 de enero) tengo ocho canastas de cerveza sin vender. Esto está así hace ya varios meses”, se queja Luz Dary, una mujer curtida por los 39 grados centígrados que se sienten en la Isla del Sol.

Como ella, también por cuenta de ‘El Niño’ ha visto mermados sus ingresos Henry Gómez, un carguero de volquetas. Él dice que cuando está crecido les pagan de 22 a 25 mil pesos a dos paleros por cargar una volqueta con gravilla, arena o mixto, “pero ahora que el río está seco nos pagan solo 14 mil pesos. Hay días que solo cargamos dos volquetas, imagínese”, dice Henry mientras seca el sudor con la manga de su camisa.

A lo largo de los 15 minutos que separan al playón del embarcadero, se puede ver a pescadores artesanales tratando de sacar algo, ya no para la venta, sino para el sustento diario. Son decenas de hombres y mujeres que con cañas hechizas y anzuelos improvisados tratan de asegurar el alimento, pues las atarrayas son hoy cosas del pasado. 

SIN TURISMO

El escaso caudal del Magdalena en esta parte de su recorrido también ha afectado al comercio formal que paga arriendo, impuestos y personal. Don Luis Rodríguez es el administrador de Magdalena Tour, empresa propietaria de la ‘Barca del Capitán Rozo’, que desde 1939 presta servicios turísticos fluviales.

En una temporada normal -del 25 de diciembre al puente de Reyes-, cuenta el empresario, a la Isla del Sol llegan de 15 mil a 16 mil turistas a bañarse y hacer paseo de olla. “Este año, en el primer puente festivo hubo apenas unos 1500 visitantes”, explica.

No solo eso. Con el río también se secó el iguá, una madera que crecía en las riberas y con la que se fabricaban las canoas. “Hoy no se consigue a ningún capital, nos toca comprar canoas hechas de fibra, pero hay mucha piedra, mucho peñón, las embarcaciones se rompen, se voltean, las hélices del motor se parten, y eso hace que el turista se vaya para otro lado”, agrega el administrador de la ‘Barca del Capitán Rozo’.

A todo ello se agrega que el comercio ha tenido que cerrar puertas y recortar personal, pues la falta de agua ha encarecido la comida, las frutas y las hortalizas.

John Freddy Rodríguez Leyva, propietario del Restaurante Hayder, un emblemático parador ubicado en Flandes, municipio unido a Girardot por el puente Mariano Ospina Pérez, dice que la ola de calor ha causado “estragos”.

El sol canicular sobre Flandes hace que los termómetros marquen 39 grados centígrados, y con él ha subido el precio de los alimentos. El bulto de limón pasó de 35 mil a 135 mil pesos; la arroba de mojarra, que hace dos meses estaba en  65 mil pesos, hoy se consigue a 120 mil pesos, y alimentos que requieren de mucha agua en cultivo como el arroz, las frutas y el tomate, subieron de precio hasta en cuarenta por ciento.

“La Alcaldía nos pasó una circular anunciando sanciones si no ahorramos agua. Entonces ahora nos toca solo barrer y trapear, no lavar el piso. Los condominios no tuvieron agua en esta temporada, incluso venían a que se la vendiéramos. En este calor y sin agua los turistas no se quedaron más de dos días, se fueron a otros sitios. Nos tocó subirle al almuerzo porque todo está más caro, con menos turistas y recortando personal, pero qué más hacemos”, explica John Freddy.

Este comerciante, de 35 años, sostiene que nunca el río había estado tan seco. “En esta parte no pasa de un metro, en la mitad se ve una peña, la gente viene muy poco, porque en vez de agua hay muchas piedras y chamizos, eso nos afecta muchísimo”, insiste.

Hasta la gente del rebusque no sabe qué hacer debido a la ola de calor. Luis Alberto vive de traer en una carretilla alimentos de la plaza de mercado de Girardot para revender en barrios de Flandes. Hace unos meses hacía tres o cuatro viajes al día, hoy solo dos.

“El calor seca muy rápido la fruta y no se vende, por eso mejor traigo papa, yuca y plátano. Pero este calor hace doler la cabeza, entonces me ha tocado hacer menos viajes”, se lamenta.

La sensación no es diferente para los vendedores de pescado de la Galería, la plaza de mercado que queda en pleno centro de Girardot. Antonio Bocanegra afirma que el pescado “se ha ‘descasiado’ (sic) bastante”, y el poco que se vende allí lo traen de Bucaramanga, Cúcuta o los Llanos, “del Magdalena casi nada”.

Mientras que a Silvia Cardozo, que por años se ha ganado la vida arreglando pescado –quitar escamas, limpiarlo, secarlo y entregarlo adobado— hoy el Fenómeno de El Niño la tiene ‘quebrada’: “Arreglando pescado a veces uno se gana 8 mil, 10 mil pesos al día, pero como el Magdalena está seco, nadie trae pescado para arreglar. Nos jodimos”.

QUEDARON ENJABONADOS

Del otro lado del puente Ospina Pérez está el Hotel Girardot, La Ciudad del Sol. Su propietario, Antonio Espíndola, dice que la ocupación de habitaciones ha bajado 30 %, porque “si la gente no viene a bañarse al río, mucho menos viene a pagar hotel: es que estamos casi sin agua. Nos la cortan una o dos veces al día, la gente queda enjabonada y eso molesta al turista. Yo les explicó que no es solo aquí, sino en todo Girardot”.

Espíndola asegura que ha tenido que reducir el número de empleados porque “no hay mucho qué hacer, nos sobra personal”.

Pero la crisis no es solo en los hoteles. También han visto disminuir sus ventas los almacenes de objetos como pantalonetas, gorras, camisetas, gafas de sol y hasta los taxistas, vendedores de ‘raspao’ y –quien lo creyera— los bares, que también han tenido que aumentar el precio de la cerveza fría.

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