Viaje a Nabusímake, el pueblo sagrado de los arhuacos

06 de octubre de 2013 03:03 PM

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La noche se viene encima cuando el campero bordea, cauteloso, los últimos precipicios en el camino hacia Nabusímake, el pueblo sagrado de los arhuacos, en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Gélver Zapata, el conductor, enciende las luces plenas del Land Cruiser de doble tracción mientras maniobra con habilidad sobre los baches. A través del panorámico salpicado de barro se ve la carretera flanqueada por abismos y barrancos. Más parece el lecho de un río, a juzgar por las piedras y las irregularidades del terreno. Una cadena de picos montañosos se siluetea en el horizonte, sobre el cielo plomizo, y se diluye en la lejanía.

El ramal, que se desprende de la carretera entre Valledupar y Caracolí, luce más deteriorado a medida que se adentra en el monte. Al cruzar por Pueblo Bello, en la entrada a la Sierra, es mitad pavimento y mitad huecos.

Luego desaparece el pavimento. Solo queda esa tierra que se torna gredosa con el menor aguacero y se apelmaza en las llantas de los camperos y en los pies desnudos de los indígenas que suben y bajan con sus mochilas a la espalda.

En las cuestas más difíciles se ven cintas de cemento por las que apenas caben las llantas de los camperos, pero sin las cuales –dice Gélver Zapata– sería imposible hacer este recorrido. Sin embargo, los líderes arhuacos prefieren que el camino permanezca así. No es difícil visualizar lo que ocurriría si se pavimentan los casi 80 kilómetros hasta Valledupar. Las hordas de turistas dominicales no tardarían en arrasar con el monte. Llegarían a hacer fogatas, a emborracharse y a defecar en la orilla de los riachuelos y ríos de aguas cristalinas que bajan de la montaña. Ahora solo suben algunos turistas a tomar fotos, a husmear por el centro ceremonial y unos pocos a fumar marihuana.

Dentro del campero nos zangoloteamos con furia, además del chofer, dos periodistas, un camarógrafo y su asistente, y una funcionaria de la oficina de comunicaciones de Usaid, una agencia internacional de cooperación que apoya proyectos de comunidades indígenas y afro.

El objetivo del viaje era, inicialmente, cubrir una reunión entre los mamos, o guías espirituales de los arhuacos –máximas autoridades de este pueblo indígena– y el viceministro de Defensa, Jorge Bedoya.
Los mamos le querían plantear al viceministro las razones por las cuales han arreciado sus reclamos para que el Gobierno Nacional les devuelva el cerro que los indígenas llaman Inarwa, y que en la cartografía oficial figura como Alguacil.

En el cerro hay una base militar y antenas (480 según los indígenas; 20, según el Ministerio de Defensa) de empresas públicas y privadas. Esta situación –dicen los arhuacos– genera deterioro ambiental y les afecta sus tradiciones.

La reunión se iba a llevar a cabo en Nabusímake. El ministerio canceló la cita a última hora; de todos modos, los periodistas decidimos subir a la Sierra a escuchar las razones de los líderes espirituales del pueblo arhuaco.

Gélver Zapata detiene el campero al llegar a una bifurcación. Zapata, cuyo nombre indígena es Duanawé Maku, es la persona encargada por los mamos para gestionar en Valledupar todo lo relacionado con las reclamaciones por el cerro Inarwa. Tiene 40 años, viste de jean, camiseta y gorra beisbolera. Igual que a muchos arhuacos, a Zapata le gusta el vallenato y viaja con una buena provisión de música en una memoria digital.

Zapata señala hacia el ramal. Solo se ven algunos metros, pues la oscuridad se traga el camino. Y luego apunta con el índice hacia un punto luminoso en lo alto de la montaña.

– Ese es el cerro Inarwa… Por allí se sube. A pie son como tres horas –dice.

Cuenta que cuando construyeron las instalaciones militares, el Gobierno desenterró una ofrenda en oro de la punta del cerro y nunca más supieron de ella.

Unos veinte minutos después, el Land Cruiser cruza sobre el lecho de un río, en medio de un bosque, y desemboca en un potrero trillado por las llantas de los camperos. De pronto aparece, en medio de la noche, la fachada blanca de la primera casa del valle de Nabusímake. En realidad –lo vi al otro día– eran tres chozas de bahareque y techo de paja.

Además de las tradicionales, de barro, caña brava, paja, hornilla de leña y piso de tierra, en Nabusímake existen casas de ladrillo y eternit, baldosa, estufa a gas y habitaciones separadas. Estas últimas son habitadas por indígenas que visten como blancos. Son ex alumnos de los misioneros capuchinos que permanecieron en Nabusímake entre 1916 y 1982.

A la mañana siguiente los mamos nos reciben a la orilla de un río, bajo un bosquecito de guayabos. Antes de hablar del cerro Inarwa quieren saber quiénes son los visitantes y cuáles son las intenciones del viaje.

Los mamos posponen la reunión para el mediodía. Hacia las 12:30 regresamos al bosquecito. Esta vez vienen unos cuarenta indígenas. Llevan trajes blancos tejidos por ellos mismos y gorros del mismo color, que simbolizan la nieve perpetua de las cumbres más altas de la Sierra Nevada. Algunos calzan botas, pero la mayoría usa sandalias rústicas, fabricadas con suela de llanta y tiras de cuero.

Los hombres forman un círculo alrededor de las tres piedras donde se sientan los invitados. Todos llevan poporo, el calabacito donde guardan polvo de conchas marinas para mezclar con el hayo (hoja de coca), que mambean todo el tiempo.

Durante esta y las otras dos reuniones que sostuvimos con los mamos y con Gélver Zapata, los líderes arhuacos resaltan que el cerro Inarwa es el lugar donde los guías espirituales han hecho, durante muchas generaciones, los rituales y pagamentos para favorecer el manejo de los tiempos de cultivo, los pisos térmicos y la fertilidad y rendimiento de las semillas que le proporcionan el alimento al pueblo arhuaco.

Mientras el mamo Juan Ramos Crespo habla en su idioma, el secretario del cabildo, Sebastián Ramos, escucha, a veces con los ojos cerrados, y luego traduce la palabra del guía espiritual. De todas maneras, el discurso no resulta de fácil compresión para alguien externo a la comunidad, debido a las metáforas que utiliza.

Dentro de la compleja cosmogonía de este pueblo milenario, la Sierra Nevada es un organismo vivo, similar al cuerpo humano. Aquí los ríos y arroyos representan las venas y arterias. De ese modo, todo lo que existe en la Sierra está conectado de tal forma que lo que ocurre en una parte del territorio, afecta al resto.

Por esa razón, los indígenas le atribuyen a la falta de rituales en el cerro Inarwa, los desórdenes sociales y las enfermedades que afectan a los indígenas de la Sierra Nevada. Dicen que durante muchos años no les fue permitido pisar las faldas del cerro porque, además, estaban sembradas de minas debido a la presencia de grupos guerrilleros.

En los últimos años, los mamos suben al cerro. Pero solo hasta el límite de las seis hectáreas custodiadas por el Ejército. En la tradición arhuaca, el lugar de pagamento está justo en la punta del cerro, donde hay instalaciones militares.

Por eso, la intención de los indígenas –explica el mamo a través de su intérprete- es “recuperar” el cerro para el uso ritual que les enseñaron sus ancestros. Ese fue la última orientación que les hizo el mamo Francisco, un líder muy reconocido que murió el año pasado.

Pero como los indígenas entienden que esta es una lucha ante los tribunales y que la cosmogonía poco puede ante las leyes, el cabildo (órgano de gobierno del resguardo) dispone de un arsenal jurídico, recopilado en un documento de 34 páginas, que ya presentaron ante las Naciones Unidas, la Corte Constitucional y el Ministerio del Interior. Zapata dice que están dispuestos a llevar el caso ante un tribunal internacional, en caso de que no logren respuestas satisfactorias en el país.

En el documento los arhuacos hacen un recuento de los hechos que consideran atropellos contra su cultura y que, incluso, representan una amenaza para su existencia como etnia. Mencionan la instalación de la misión Capuchina, a la que acusan de haber prohibido sus tradiciones y sus rituales; y la expropiación, a mediados del siglo pasado, de las tierras más fértiles del resguardo, en la parte baja de la sierra. Esto –dicen los mamos– los obligó a refugiarse en lo alto de las montañas.

Sobre el conflicto por el cerro Inarwa, señalan: “En 1962 el gobierno impuso la construcción de una torre de televisión en el cerro Alguacil, nuestro sitio sagrado. Allí se estableció una base del Ejército para imponernos a los indígenas la obra. También se construyó una carretera en territorio indígena que abrió el camino a la colonización masiva y hasta hoy es un perjuicio al territorio indígena”.

El cerro es considerado por el Ministerio de Defensa como un “punto de gran importancia táctica y estratégica para la seguridad y defensa del país. Por un lado, permite las comunicaciones para la coordinación de sobrevuelos de aeronaves y operaciones militares para la seguridad nacional, además de facilitar señal para televisión, radio y telefonía celular, entre otros servicios”.

Aunque no figura en el documento, el mamo Juan Ramos Crespo pide que se investigue la violación de la esposa de un mamo y otros supuestos atropellos por parte de miembros del Ejército, y se establezca el paradero y se les devuelva una figura de oro, de forma humana, que –aseguran– estaba enterrada en el lugar donde se construyó la base militar.

– Era de este tamaño –dice Gélver Zapata poniendo las palmas de las manos a la altura del ombligo y de la barbilla–. Mi mamá la vio cuando la empacaron en una caja de madera y se la llevaron.

Días después, en Bogotá, el viceministro del Interior, Aníbal Fernández de Soto, quien se ha reunido en varias ocasiones con los arhuacos y ha logrado importantes acuerdos sobre temas vitales para ese pueblo, mostró su sorpresa, porque en ninguna de las citas los arhuacos le habían mencionado ni los atropellos de los militares ni la ofrenda de oro.

De todos modos, el viceministro Fernández de Soto asegura que el gobierno está dispuesto a dialogar sobre todos los temas y que ya está listo un borrador de decreto presidencial que crea la mesa interministerial de trabajo para los cuatro pueblos indígenas de la Sierra, arhuacos, koguis, wiwas y kankuamos.

En ese espacio se van a tratar temas como la minería, la protección de las fuentes de agua, ampliación del resguardo, la consulta previa para la autopista llamada Ruta del Sol, la identificación y protección de sitios sagrados (hay 16 reconocidos) y la construcción de otros siete pueblos al pie de la Sierra –para completar 16–, que conforman un cordón ambiental.

Sobre la estatuilla de oro, el Ministerio de Defensa asegura que no tiene ninguna información. Lo que sí tiene en sus archivos es copia de la escritura 104 de 1965, en la cual se le otorga la propiedad del cerro El Alguacil al entonces Ministerio de Guerra.

Ahora, ante las reclamaciones, el Ministerio de Defensa asegura que los mamos pueden subir al cerro a realizar sus rituales sagrados, pero con el acompañamiento de la tropa, asunto que no les llama mucho la atención a los indígenas, que realizan sus ofrendas en un ambiente de misticismo y, generalmente, en secreto.

Esa actitud pacífica ha acompañado siempre a los arhuacos. Quizá la única vez que perdieron la paciencia fue en 1982, cuando se tomaron las instalaciones de la Misión Capuchina y expulsaron a los sacerdotes de su territorio.

Con todo esto es inevitable preguntarle al guía espiritual de Nabusímake: ¿Han pensado en tomarse el cerro? El mamo Juan Ramos Crespo dice que ahora la lucha es mediante las leyes. Pero que será el desarrollo de los acontecimientos y las consultas que todas las noches les hacen a los espíritus, los que determinen qué pasos debe dar el pueblo arhuaco para cumplir con lo que ellos denominan “la defensa del territorio”.

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