Cartagena de indias - Colombia
Sábado 25 Marzo de 2017

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Duelo

En enero le regalé a mi madre el libro "el manejo del duelo" del medico oncólogo y escritor Santiago Rojas Posada. Este experto en el manejo del dolor producto de la pérdida de seres queridos, es especialista en cuidados paliativos oncológicos. Su terapia se centra en tres ejes esenciales como son los cuidados paliativos, la calidad de vida del enfermo, y la atención a los allegados o familiares de la persona que parte. No lo he leído aun, solo hojeado. Envidio esa entereza de mi madre que, a pocos días de la muerte de mi hermano, en enero de este año, estaba metida de lleno en las ideas alentadoras del doctor Rojas.
Ella puede devorar este libro, una revista, el periódico completo y gran parte de la biblia en un día. La lectura ha sido su bastión, y estoy seguro que el enfoque de este especialista en el manejo del duelo, la está ayudando a tolerar la pérdida de su hijo, mi hermano.
Aún la muerte de mi padre en agosto del 2015 estaba reciente, cuando debíamos afrontar una nueva realidad, la partida de otro ser querido en el año bisiesto que acaba de comenzar.
Tampoco hemos terminado de digerir la pérdida de otro de mis hermanos hace 12 años, sorprendido por un accidente cerebrovascular el cual dejó un gran vacío en mi familia. Vacío que parece no llenarse jamás.
Mi padre, El Santo, así le decían sus hermanos, mis tíos, porque tenía la extraña capacidad, según mi abuela Esther, de estar en una casa y en otra al mismo tiempo. Una tía le decía a otra que era imposible que mi padre estuviera en casa de la abuela, porque acababa de verlo entrar a la suya. Ese padre y mis dos hermanos que ya no están, sentaron las bases, los pilares de mi formación. Mi padre era la práctica, mis hermanos las teorías y las tesis. Me mostraron un mundo de libros para y por leer: el horizonte del conocimiento.
Creo que un espíritu de autodidacta, una vocación con ganas de aprender algo siempre, me acompaña gracias a ellos tres. Aún pongo en practica la técnica de mis hermanos para la lectura, o la investigación y ese ha sido, quizás, junto con un humor desopilante, su mayor legado. Cómo olvidar los chistes o las bromas de cada uno de ellos?. Yo me resisto a hacerlo y gracias a ciertos métodos he aprendido a recordarlos.
Ha sido Alan Wolfet, otro educador del duelo, que me ha permitido ver la forma en que debo pensar en estas tres personas que ya no estarán a nuestro lado.
Wolfet dice que si queremos sanar, no podemos andar por los bordes exteriores de nuestro dolor. "En su lugar, tenemos que viajar a lo largo del dolor mismo, por sus caminos a veces arados, hasta llegar a su centro en bruto".
"Todos nos afligimos cuando un ser querido muere, pero si vamos a curar, también hay que llorar", expresa Wolfet.
Es quizá porque nuestra sociedad no se permite el dolor que no superamos nuestras heridas, las heridas de nuestros muertos, los que hoy lamentablemente abundan a la vuelta de la esquina, por decirlo de alguna manera, en una sociedad que honra la violencia.
Digo superar en término figurado porque de acuerdo con Wolfet, tenemos una
necesidad de duelo que nos obliga a abrazar el dolor de nuestra pérdida, "algo que, naturalmente, no queremos hacer. Es más fácil evitar, reprimir o negar el dolor de la pérdida que hacer frente a ella, sin embargo, es enfrentando nuestro dolor que aprendamos a reconciliarnos con él".
Y es que de acuerdo a la tesis central de este enfoque, la gente no "supera" el dolor.
Dice que la "reconciliación" es un término que le parece más apropiado para lo que se produce, cuando el doliente trabaja para integrar "la nueva realidad de avanzar en la vida sin la presencia física de la persona que murió".
Entonces debemos, reconocer la realidad de la muerte, abrazar el dolor de la pérdida, y sobretodo recordar a la persona que murió, ya que se trata de valiosos recuerdos, sueños que reflejan la importancia de la relación que hubo, del legado que dejan. Lamentablemente la sociedad en que vivimos nos insta a que olvidemos sin dejar drenar el dolor, cuando te dicen "sigue adelante y olvida".
Resulta entonces que es en la reconciliación con el dolor agudo, que habrá lugar a un renovado sentido de significado y propósito. "Su sentimiento de pérdida no va a desaparecer por completo, sin embargo, se ablandará, y la esperanza de una vida continua emergerá con compromisos para el futuro, al darse cuenta de que la persona que murió nunca será olvidada".
La clave está en no olvidar a las personas que se van de nuestras vidas, porque son la memoria familiar pero sobre todo la social y la histórica, en suma.

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Ernesto Taborda Herrera, Comunicador Social-Periodista de la Universidad Los Libertadores. Periodista en Periódico El Universal (Cartagena de Indias- Colombia)