La gente se ríe

12/08/2013 - 21:03

Esa historia de borrachos, de cuando una noche empecé a beber en la despedida de soltero de un amigo y nos fuimos a un bar de putas, allá corrieron ríos de ron y recuerdo a duras penas el show de la rubia en la barra que restregó las tetas en la cara del próximo esposo y luego lo bañó en cerveza, después de varias anécdotas de mis amigos y de yo burlarme de ellos (yo nunca fui de pagar putas), amanecí tirado en el bulevar de Buenavista que mis amigos grabaron y subieron a Youtube, pero no contentos seguimos tomando y terminé esa noche con una amiga enfermera, de la que no recuerdo el nombre, en un motel.

Recuerdo que la dejé en la casa y regresando me quedé dormido manejando.

Bajaba por la carrera 46 y pasando la Autónoma la 47 desaparecía en diagonal y era doble vía, decidí tomarla y justo ahí me quedé dormido, segundos después me despertó el bordillo.
La llanta delantera de mi lado golpeo con fuerza el bordillo contrario de la calle, la dañé junto con el rin en aquella madrugada barranquillera y sin pensar mucho lo que hice fue llamar a mis amigos, que llegaron con una botella de whisky y entre risas cambiamos la llanta, nos tomamos fotos y hasta las subimos a Facebook.

Y la gente se ríe del cuento, seguramente algunos de esos amigos también, como probablemente nos reímos todos al ver la gente feliz en la publicidad de cerveza, o del imaginado glamour de los comerciales de whisky o de las lindas mujeres que salen en las de aguardiente.

Se ríe el gobierno cuando tiene el monopolio del trago para financiar la salud, nos reímos todos y lo dejan de hacer cuando en el colmo de la hipocresía señalamos a cualquiera, que prácticamente empujado por nuestra sociedad, se llena de licor hasta casi quedar ciego, se sube a un carro y en la mas lógica de las consecuencias asesina a cualquiera que se le atraviese.

Y por eso yo me dejo de reír, porque ese bordillo pudo ser cualquiera, porque ese bordillo pudo ser otro carro, un camión o una pared, porque en vez de un cuento pudo ser una tragedia, patrocinada por una sociedad que fabrica sus propios muertos y que a la hora de recogerlos se indigna como si no fuera ella la propia culpable.

Cuando en realidad deberíamos avergonzarnos


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