Yo También

22/10/2017 - 15:40

Luego de que se conocieran las muchas historias en las que actrices de Hollywood denunciaron haber sido víctimas de acoso y abuso sexual por parte del director de cine Harvey Weinstein, la activista Tarana Burke decidió promover la etiqueta #MeToo o #YoTambién en español, para que millones de mujeres pudiéramos denunciar que en algún momento de nuestras vidas también hemos padecido estas violencias.

Las historias son muchas, a mi misma me tocó enfrentar desde muy niña el horror de sentirme tocada por alguien mayor que por supuesto se aprovechaba de su condición de adulto y de la confianza que mi familia tenía en él.

No voy a extenderme en esta historia ya que aún me genera un sin sabor recordarla.

En esta ocasión quiero hablarles de otra historia, donde la protagonista también fui yo, lamentablemente, y que sería una versión criolla de lo ocurrido en Hollywood, guardando todas las proporciones.

Transcurría el año 2005, tenía 18 años. Después de culminar el bachillerato y sin poder ingresar a una Universidad todavía, me dedicaba a trabajar por temporadas en el almacén que administraba alguien de mi familia.

Uno de los clientes frecuentes de dicho almacén, era un reconocido publicista de la ciudad, a quien yo, con la espontaneidad que me caracteriza y sin pensarlo dos veces, le dije que yo quería ser periodista, y que mientras empezaba a estudiarlo formalmente, podía hacer trabajos en locución, presentación de eventos o en general, cualquier trabajo vinculado al medio que me sirviera para aprender.

Le di mis datos, con la real ilusión de poder trabajar algún día en lo que yo quería hacer por el resto de mi vida.

Una mañana de domingo, recibí una llamada a las 6 am. Era el mencionado señor. Me dijo que había un trabajo. No en nada de medios, pero trabajo al fin y al cabo. Se trataba de la «activación de marca» de unos bronceadores en el sector de La Boquilla, me dijo a cuanto pagarían el día de trabajo y me preguntó si podía.

Aunque me pareció un poco raro que todo fuera tan a las carreras, dije que sí y corriendo me levanté y me arreglé.

Llegué al sitio donde acordamos: la estación de gasolina a la entrada de Bocagrande. Allí me encontraría con él para irnos hacia La Boquilla. Pensé que al llegar ahí habrían otras mujeres como yo, ya que asumía que una activación de marca no se podía hacer con una sola persona, pero lo que me encontré fue al personaje dentro de su carro, un automóvil negro, haciéndome señas para que entrara.

Lo siguiente que pasó hace parte de los recuerdos más miedosos que conservo en mi memoria.

Me monté al carro y enseguida escuché como se activaba el sistema de bloqueo automático. Inmediatamente me asusté, mi sexto sentido me dijo que algo estaba mal.

Miré rápidamente todo y me di cuenta que no estábamos solos, al interior del vehículo había otro hombre, que no superaba los 25 años.

Quien en ese momento creía que iba a ser mi jefe , conducía a toda velocidad por la Avenida Santander. Pude darme cuenta de que su cara era la de un hombre que no había dormido en la noche anterior y  que había ingerido mucho alcohol.

— ¿Quieres? Me dijo al estirar su mano empuñando una bolsita transparente con polvo blanco en su interior.
Asumí enseguida que era droga.
— No, gracias, esas cosas no me gustan. Le dije.
— ¡Así me gustan, juiciositas! Exclamó.

¿Así me gustan? ¡Mierda! Algo estaba realmente mal ahí.

En medio de la conversación, en cuestión de segundos estábamos terminando de recorrer la Avenida Santander a la altura de Marbella. Oh sorpresa la mía cuando en vez de seguir derecho para atravesar Crespo y llegar a La Boquilla, este hombre tomó el puente de Canapote, ¿con rumbo adivinen donde?

Sí. A la zona de moteles.

No fue sino hasta que tomó la calle que conduce a los tradicionales moteles de ese sector que me di cuenta. Hasta entonces tenía la esperanza que estuviera cogiendo un atajo.

(Hoy hablo de las rutas con facilidad, en ese entonces apenas y reconocía donde estaba).

Enseguida le pregunté hacia dónde me llevaban.

— Tranquila, vamos a llegar un momentico a un sitio, me dijo.

Me empecé a alterar. Me van a violar, me dije a mi misma. Eres una estúpida, me repetía una y otra vez en mi cabeza. Este tipo no te llamó a ningún trabajo. ¡Eres una estúpida!.

Contemplaba posibilidades. ¿Trato de abrir el carro y me tiro? ¿Espero llegar y pido auxilio con los empleados del motel? ¿Me muestro tranquila y apenas pueda trato de escapar?

Todo pasó muy rápido. Aunque pensé hacer mil cosas, lo cierto es que el miedo se apoderó de mi, y en un parpadeo ya habíamos ingresado al parqueadero de la habitación del motel.

Me bajé del carro. Él también se bajó y entró enseguida a la habitación. El otro hombre se quedó en el carro.

— Entra—, me decía una y otra vez. Yo desde la puerta le gritaba que no iba a entrar y que me sacara de allí.

Él se mostraba ansioso, caminaba de un lado a otro.

— Usted me ofreció un trabajo, si me hubiera dicho que quería esto no vengo. Le dije con la mayor determinación que el miedo me permitía.

— Es que esto es un trabajo, yo te voy a pagar. Me dijo con todo el cinismo del caso.

En medio de todo, él intentaba "convencerme" y yo, sin entrar a la habitación, me asomaba para tratar de detectar algún objeto con el que pudiera defenderme en caso que él intentara obligarme a entrar por la fuerza.

Luego de varios minutos de "conversación", escuché un grito lleno de rabia.

"¡Fulano! Llamaba por el nombre al joven que estaba dentro del carro. Este al parecer no estaba enterado de la situación y sólo era un compañero de parranda que decidió acompañarlo a verse con una «amiguita» como me lo contaría minutos después.

¡Fulano... llevátela, llevátela, no la quiero ver! Gritaba con furia.

El despistado hombre, que ya estaba medio dormido por el trasnocho y el trago, salió rápidamente y preguntó qué pasaba. Le expliqué torpemente que ese señor quería que yo me acostara con él pero que yo había ido era por una oferta de trabajo.

Se le quitó la borrachera al muchacho. Entró y habló un par de cosas con su amigo (o no se qué tipo de relación tenían), e inmediatamente pidió un taxi donde nos montamos los dos (el acompañante y yo).

Una vez en el camino, el joven me contó que ellos estaban tomando y de repente su compañero de copas dijo que iba a llamar a una «amiguita», y que cuando me vio llegar pensó que era una cita amorosa (o sexual para ser más directos) consensuada.

Este muchacho, de quien no recuerdo el nombre y creo que más nunca he vuelto a ver, se comportó como un ángel en ese momento y me acompañó en el taxi y me pidió disculpas por lo ocurrido.

Afortunadamente esta no es la historia de una violación.

Me pregunto a cuántas jóvenes ilusionadas con un trabajo no habrá enredado este abusivo, que utiliza su posición para embaucar mujeres.

A los días lo vi, llegó al almacén donde trabajaba mi familiar, y me dijo muy discretamente que lo disculpara, que él no se comportaba así normalmente.

Una vez me pude graduar de comunicadora social y trabajar en medios, me lo encontré varias veces en reuniones y eventos sociales. Nunca se atrevió a mirarme a los ojos.


TAMBIEN TE PUEDE GUSTAR