Las esquinas son iguales en todos lados

24/02/2016 - 23:00

“Porque una cosa es ser varón, y otra ser hombre”.
Vida. Rubén Blades.

“¡Cójanlo, cójanlo! ¡Ratero! ¡Cójanlo! ¡Cójanlo!”.

Los gritos levantaron a una calle, de por sí animada por el habitual vallenato de los domingos por la tarde en la tienda de la esquina. El versero de turno interrumpió su alharaca ante el escándalo que se había formado en la cuadra.

En su huída, un ladronzuelo tomó la alborotada calle como ruta de escape. Debió estar bajo el efecto de alguna droga pues no vio nunca con quién se topaba o por dónde se metía. Queriendo gambetear a quien pudiese detenerlo, subió al andén. Aunque éste no era un andén cualquiera: era uno que tenía un árbol sembrado en la mitad; uno de esos que en el Caribe abundan. Vaya a uno a saber si eso lo detuvo, pero el desgraciado resbaló…

Caído, llovió sobre él una paliza tremenda. Golpes, patadas, botellazos y demás recibió el caco, sindicado de haber robado un celular. El asaltado, de víctima pasó a victimario; iracundo, también dio su ración de golpes.

“¡Está bueno, nojoda!”, vociferaba un vecino al contemplar la escena mientras seguía gritando como quien le hace fuerza al campeón cuando noquea a su oponente. En cuestión de minutos la esquina ya era un circo romano. Sin embargo, en el berenjenal surgió un protagonista inesperado.

“¡DEJENLO! ¡DEJENLO YA! ¡ES UN SER HUMANO!”, suplicó una mujer -quizá la dueña de la propiedad en cuyo frente sucedió el hecho- abogando por el maltrecho hombre.
“¡QUE NI QUE M...! ¡¿ELLOS PIENSAN EN ESO CUANDO LO ROBAN A UNO?!”, respondió uno de los envalentonados que patrocinaron la golpiza.

Un obrero de una construcción cercana arrastraba al maleante por la calle, siempre escoltado por la repentina defensora, para salvarlo de la turba. Uno de los enardecidos ya llevaba una tranca para finiquitar el acto de justicia.

La policía apareció en el lugar para ejercer autoridad. Bueno, un grupúsculo de menos de cinco uniformados que lejos de esclarecer la situación aumentó la confusión y los gritos de una comunidad que reclamaba más que resarcimiento pues ya había sangre en el asfalto de la calle: la del ladrón, quien como pudo se puso de pie apoyándose en la reja de la casa de enfrente. Cual famoso rodeado por fans, los policías cubrían al hombre para que el gentío no volviese a emprenderla contra él.

A ojos de los de verde, el individuo no fue capturado en flagrancia ni con objeto contundente alguno ni mucho menos con el cuerpo del delito. Todo lo contrario: era él el atacado, era a él a quien debían socorrer. A lomos de una motocicleta policial, el pillo fue retirado del barrio para resguardar su ya castigada humanidad. La gente, que no ocultaba su indignación, se retiraba del lugar resignada.

La calle volvía a dónde se había quedado antes del suceso. Pero el murmullo ya acompañaba a los comentarios del partido, ya era un verso más de la parranda que continuaba después del punto y coma que fue el fallido linchamiento del malhechor.

“¿Vio, doña? ¿Vio? ¿Vio que teníamos que joderlo? ¡La policía no le hizo ná!”, le gritó un vendedor de chicles a la dueña de la casa que lavaba el piso ensangrentado.
“¡No importa!”, replicó la mujer. “¡Uno no puede responder mal con mal!”.

Al escuchar la respuesta de la mujer, una señora sonrió. Quizás convencida que la humanidad no se había perdido.

Esto pasó en cualquier calle del caribe, un domingo cualquiera en una tienda de una esquina cualquiera. Mientras unos veían cualquier partido de fútbol y otros cantaban cualquier vallenato. Donde la autoridad existe a medias y la gente hace de su furia la justicia. Vivímos en la misma mierda de siempre. Quizás deberíamos vivir en un lugar mejor... O tal vez, ya nos acostumbramos.

SORBO FINAL: Ya dejó el pelero el que montó Transcaribe a la carrera. A otro le tocó cargar el muerto. Siguen la etapa pedagógica, los trancones, el desorden en las calles, el yo pa’ allá no voy. Aunque ya vemos los busetones de Transcaribe, todavía no se sabe cuándo van a empezar a cobrar, ni cuándo van a estar 100% listas las estaciones. ¿Mejorará el tránsito cuando el sistema ya entre en firme? ¿Habrá autoridad para lograr que así sea?


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