#TBT: Gabriel García Márquez, entre fantasmas y espantapájaros

27/12/2018 - 11:13

Jueves, 27 de mayo de 1948

Columna Punto y Aparte

Gabriel García Márquez

El Universal

Crucificado en la mitad de la tarde está el espantapájaros. Tiene apenas la edad de una cosecha, pero su cercanía huele a frutas y a eternidad. El gesto duro, inexpresivo, ha caído desde su altura. Una serena luminosidad lo habita por dentro, transfigurándolo. Los pájaros, jubilosos han venido a rodearlo, a disfrutar de su vecindad.

Ayer, precisamente, hablaba mi vecino de columna sobre el desprestigio irremediable en que han caído los fantasmas. Algo parecido le acontece al espantapájaros. Pero su decadencia lo dignifica. Los fantasmas pasaron de moda para siempre. Nadie intentará rejuvenecerlos, pulimentar su herrumbroso prestigio.

Al espantapájaros, en cambio, le bastará con cambiar su rincón, con renovar su indumentaria, para que el hombre confíe otra vez en su buena calidad. En cada nueva cosecha los pájaros habrán recuperado su capacidad de equivocarse. Volverán a esquivar la cercanía de aquella cosa perpetua, estatuaria, que levanta sus brazos para que nadie detenga el viaje vertical del grano, o impida que la semilla suba hasta la altura de la mazorca.

Sin embargo, llega el día en que los pájaros se acostumbran a ella. Demasiado tarde para su hambre, porque el sembrador ha recogido ya sus frutos. El campo está entonces traspasado de luz y cansado, con el mismo cansancio glorioso de una recién parida.

Es aquí donde comienza el desprestigio del espantapájaros como animal de terror. Las aves descubren, bruscamente, que no hay nada que temer. Que sus brazos no están en actitud de ira sino de plegaria. Y todas las criaturas del aire se precipitan entonces, regocijadas, contra la inofensiva serenidad de aquel ente harapiento, astroso, que tiene el rostro vuelto hacia la súplica.

Desde ese día no responderá a su nombre. Cuando el fantasma quedó relegado al sitio de la leyenda estuvo más en paz con su denominación. Los hombres no lo consideraron como una cosa real, existente, que había dejado ya de cumplir su misión, sino como un producto de su propia fantasía. Los pájaros, en cambio, saben de la realidad del espantapájaros precisamente cuando esta en la plenitud de su decadencia.

No lo rebajan sino que lo enaltecen. Lo rodean, lo frutecen de trinos, lo desnudan de su pintoresca y ridícula indumentaria, para que su armadura tenga la oportunidad de volver a ser árbol.

 


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