Acumulación de la riqueza

Elogio de la piratería: paréntesis anticapitalista contra la industria editorial

05/11/2018 - 15:49

Últimamente, como es natural y como debe ser, en Colombia la gente se está quejando de que el IVA de los libros es demasiado alto (18%) y tienen toda la razón. Por supuesto, esto no es un problema solo en Colombia. Los libros son caros en casi todas partes. En España, por ejemplo, el IVA a los libros es del 4%, pero nadie piensa que sean baratos. El problema es doble: los libros son caros y además los salarios son muy bajos.

Dejando de lado el problema de los salarios, la razón por la que los libros son demasiado caros para el bolsillo promedio no es el IVA, que sí es muy alto y hay que bajarlo, sino la industria editorial. En esta industria hay dos bestias terribles: los grandes grupos editoriales comerciales, tipo Random House o Planeta, por mencionar dos cualesquiera, y los grandes editores y distribuidores de publicaciones académicas, como Springer o Wiley. También están las editoriales académicas, las universitarias, que o son esclavas de estos grupos o están relegadas a unas pocas bibliotecas para estudiantes.

Sea como sea, la lógica que impera en estas organizaciones que identificamos como “el sector editorial” es la lógica del mercado, la lógica capitalista. Hablo de una realidad tan objetiva como el racismo o la trata de personas, aunque tal vez pertenezca a otro espacio moral. O tal vez no. La lógica del mercado es la lógica de la acumulación de la riqueza. No se vende para vivir, sino para acumular dinero y poder. Es verdad que todos en alguna medida queremos –y necesitamos– acumular, pero a la acumulación de los pobres y proletarios le llamamos “ahorro”, mientras que a la de los ricos le llamamos “éxito”.

Pues bien, en este mercado editorial, los autores ceden los derechos sobre sus obras –los venden, para hablar claro– a cambio de una remuneración que normalmente se calculará como un porcentaje sobre el total de las ventas. Desde que un autor firma un contrato con una editorial, tanto él como su libro se convierten en un producto en el mercado: hay que “producirlo”, aunque en realidad quieren decir “reproducirlo”, publicitarlo, venderlo y sacarle beneficio. En últimas: a las editoriales no les interesa qué dice el libro que están vendiendo, sino cuántos libros pueden vender. El negocio de las editoriales no es el conocimiento, ni siquiera la información. Y no podría ser de otra manera, porque el conocimiento, como la literatura, no es un negocio, sino una producción cultural. La cultura, de hecho, es muy mal negocio para el vendedor: por eso el capital tiene que tergiversar y perratear la cultura, para convertirla en una mierda que se pueda vender a gran escala. La literatura, como toda producción cultural, solo es un negocio cuando el capital la corrompe.

Personalmente, me parece ridículo que un trabajo que se realiza una sola vez –escribir un libro– se pague de acuerdo al número de ventas o al número de lectores potenciales. Pero mientras los escritores y los “profesionales” de la cultura sigan creyéndose espíritus superiores y sigan pensando que escribir no es trabajar, nunca encontrarán su verdadera dignidad, que es la que otorga el trabajo concienzudo en favor de un fin noble, y los libros seguirán siendo “lujos” para privilegiados.

La solución del problema del precio de los libros tiene que pasar, antes que por la reducción de impuestos, por la creación de nuevos sistemas de publicación no capitalistas. La solución no está en el gobierno, ni siquiera en las editoriales, que son generalmente monstruos multinacionales, sino en los autores que venden sus cuerpos. Sí, han leído bien: sus cuerpos. Porque no tenemos otra cosa que vender. Siempre es el cuerpo lo que se vende y siempre es prostitución el malvender. Aunque el trabajo merece, por su naturaleza, ser remunerado, es mejor regalarlo que malvenderlo. Porque en el regalo se expresa la dignidad del trabajo que la industria editorial no quiere reconocer. Son los autores quienes tienen que liberar al libro. Para no ir más lejos ni agobiarlos –como dice Sabina– con mi antología, voy a dar un ejemplo, un muy buen ejemplo de cómo se libera al libro de la opresión del mercado.

Mi amigo Josef Amón Mitrani, que en buena medida ha inspirado las líneas precedentes, acaba de publicar una novela en la que llevaba 9 años trabajando: Cosas normales. No les voy a hacer una reseña ni les voy a decir que es un gran libro, ni que Josef es un gran escritor. Pero cuanto más les guste a ustedes la novela y cuantas más personas la lean, tanto más duro y certero será el golpe para la industria editorial. Son golpes pequeños, sí, porque al final solo somos humanos, pero ya sabemos lo que duele una aguja en la espina dorsal. Amón ha publicado su novela de manera gratuita en PDF (pueden bajársela aquí) y nos anima a imprimirla, anotarla, emborronarla y todo lo que queramos hacer con ella. Es un regalo a la literatura colombiana y, visto en perspectiva, un regalo a la humanidad.

La industria, el mercado y el capital no hacen regalos porque en su lógica regalar es algo irracional. Publicar un libro de manera gratuita es un acto de radical oposición a esta lógica. Y esta oposición no solo libera al autor de la servidumbre del mercadeo, sino que libera al lector del moralismo que prohíbe la piratería. Por eso los animo a perseverar en el pirateo de libros, porque piratear es rebelarse contra el perrateo de la industria. El conocimiento y la cultura son libres y tienen que poder ser compartidos libremente. Cualquier autor decente, aunque tenga un contrato con una editorial que no le permite decirlo, está de acuerdo conmigo, y todos reconocerán que ganan más dinero por la publicidad que por los libros, porque los libros son muy mal negocio.


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