Cien años de ruido

20/10/2011 - 09:25

“El político amateur es la verdadera maldición del país”. Esa era una de las impresiones que de la política colombiana tenía la delegación diplomática británica en nuestro país hace poco más de cien años, y que fue analizada por Marco Palacios, ex rector de la Universidad Nacional, en un libro en el que esboza un perfil de la cultura política colombiana a comienzos del siglo XX, y que se titula “La clase más ruidosa”, aludiendo a la clase política.

Los diplomáticos británicos se referían a quienes asumían la política como una oportunidad de favorecerse individualmente, ya que quienes tenían el conocimiento, la capacidad y la vocación para ejercer la política “con patriotismo”, no lo hacían, dejando así los espacios libres a los “impreparados”.

Según los ingleses, en ese entonces (1911) los colombianos “instruidos” reconocen que la política no es muy limpia en Colombia, pero “no hacen ningún esfuerzo para asegurar un mejor estado de cosas; simplemente se quedan aislados”.

En el reporte de 1922, once años después, los británicos pensaban igual: “los colombianos en general están muy lejos del estadio de patriotismo en que los intereses nacionales se colocan por encima de las ventajas personales”.

Hace más de cien años, como hoy, la política reclutaba a quienes tenían la habilidad para manejar los hilos del poder, sin la condición previa de haber demostrado su compromiso social en cualquier otra actividad, ni de saber gobernar y ayudar a gobernar, es decir, tener capacidad para resolver los problemas que impiden un mejor bienestar de la comunidad.

Pero no: cuando hoy se dice que alguien está preparado para ser alcalde o gobernador o presidente se entiende que cuenta con cierta malicia (que algunos llaman ingenuamente ‘talante político’) y, lo que es peor, que cuenta con el poder económico para practicarla, pero nadie indaga por su capacidad y menos por sus antecedentes.

Y hoy, como hace más de cien años, “la clase más ruidosa” a la que aludían los ingleses es curiosamente la más escandalosa, y no precisamente por cuidar de lo público, a pesar de ser cada vez más “instruida”. Por el contrario, pareciera que entre más estudios, más educación y más conocimiento adquiere una persona, mejor habilidad posee para sumarse a la corrupción. En otras palabras, la administración pública no es hoy una escuela para el desarrollo y la paz sino para el delito.

Pero allí no terminan las coincidencias. Obsérvese cuánta similitud hay entre nuestro presente y otro reporte de los diplomáticos ingleses en 1931 sobre los partidos políticos colombianos: “cuando llega el momento de intentar una definición de las diferencias sustantivas entre los dos partidos se vuelve muy difícil. Están las tradiciones y los clanes políticos. Algunos apellidos bien conocidos están asociados a uno u otro partido y generalmente entre las familias dirigentes cuenta primero la familia y después la política. Cuando se desciende un poco en la escala social, la adhesión a un partido depende en alto grado del interés personal, mientras que más abajo de la escala, el factor dominante es la fidelidad personal o el miedo al patrón o al jefe.”

Y sobre la clase política colombiana dijeron en 1926 que era como “una gran masa de políticos, esto es, gente que depende del gobierno para vivir y que busca estar bien con el partido del gobierno, cualquiera que este sea”.

El arraigo de esta cultura política en nuestro país se lo debemos a la excesiva permisividad con que hemos visto hacer las cosas durante más de un siglo. Por eso, para cualquier extranjero, pero no para nosotros, es fácil ver que en ese carácter del pueblo colombiano está la respuesta a otra pregunta centenaria de los británicos: “¿por qué un país que a primera vista parece ser verdadera tierra de promisión se convierte, para aquellos que viven suficientemente en él, en tierra de promesas incumplidas?”

Tanto nos hemos olvidado de corregir nuestro pasado que si alguien tuviera que hacer hoy una tarea similar sobre el perfil actual de nuestra clase política no habría que cambiar una sola letra de lo que hace más de cien años escribieron los británicos.


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