Cita con el dolor

16/11/2011 - 17:35

La genialidad de la cuentería popular, acrecentada por el fragor de las fiestas novembrinas, me ha traído noticias del Doctor Regular, un médico al que le pertenecía la mitad del cementerio de un pueblo de la Costa atascado en el tiempo y resignado a las curaciones con aspirina y “vipvaporú”.

El Doctor Regular debía su apodo a la infaltable respuesta con la que daba el diagnóstico de sus pacientes una vez pasaban por sus manos: -¡está regular! Pues bien, en esta ocasión su extrema sinceridad no sólo acabó con un paciente sino con la poca intuición que le quedaba.

Un hombre viejo, doblegado por el dolor, desahuciado por las hierbas y sin otra opción que el Doctor Regular, visitó al desacreditado médico para conocer la causa de su mal.

Al verle el rostro y la curvatura de su cuerpo el Doctor Regular le dijo: -No me diga más, lo suyo es un dolor de cabeza repartido por todo el cuerpo, ¿o no?

“Por fin mi redención”, creyó el paciente. El médico continuó: -¿Le arranca en el turumito del occipital, le pasa por el caracol del oído y se le hospeda unos días en la nuca?

-Exacto- dijo el hombre. –¿Y después se le va pa’l borde del omoplato, le baja por la ‘canaleta’ de la espalda y le juega ping-pong del riñón derecho al riñón izquierdo?

-Sí señor, así es- decía el hombre impresionado. –¿Y luego se le incrusta en la “jabonera” del cóccix, le hace una morisqueta en la faldilla de la nalga izquierda, le hormiguea por el fémur y se le encajona en la chocozuela de la rodilla derecha?

Este es un sabio, pensó aquél hombre y sólo atinó a decir: -Nadie lo había explicado mejor, doctor. El Doctor Regular, impresionado también con la certeza del diagnóstico, dijo en voz baja: -Bendito sea Dios…

Con el ego fortalecido, alzó la mirada, arrugó la frente y siguió: -Bueno, y finalmente, ¿el dolor en cuestión le camina por la “batata”, le patea los tobillos y le baja los latidos del corazón al dedo “gordo” del pié?

-¡Sí, sí docto, eso es, qué precisión la suya… eso es!, dijo el paciente emocionado. Acto seguido, el Doctor Regular echó la silla para atrás, se puso de pié, metió las manos en sus bolsillos, miró al pobre hombre, arrugó la boca y sin vergüenza alguna en el momento más sublime de su ejercicio profesional, le dijo:- carajo compa!... ¿y qué será lo que tenemos?


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