El Doctor Regular

19/04/2015 - 11:51

El Doctor Regular debía su apodo a la respuesta inalterable que acostumbraba dar a quienes le indagaban sobre su vida reciente; preguntas que tácitamente se referían a sus pacientes.

Era cuentero de profesión y médico por substracción de materia, pero en ambos casos, titulado. Algo similar a lo del viejo amigo Miguel Cabrera Castilla quien siempre sostuvo que era cantante de profesión y abogado de “hobby”.

No era el Doctor Regular lo más brillante de la ciencia médica, pero sí el único médico decidido a dejar sus años en aquel apartado lugar atascado en los tiempos del ruido. Consciente de eso y para atenuar un poco la injerencia que sus manos pudieran tener en algún infortunado deceso, solía acompañar a sus pacientes en el viaje eterno a la única tierra prometida que tenemos garantizada: el cementerio.

En una de esas marchas fúnebres, algún conocido le preguntó: -Doctor Regular, ¿esta vez quién fue?

Él, con la parsimoniosa resignación que le imprimía a sus dictámenes médicos, dijo: -Hombre, un muchacho lleno de vida... todo un roble, pero se le complicó un ‘uñero’ y... ¡se me fue, se me escapó!

Esa sería la frase que lo inmortalizaría. En ella atribuía a la mala suerte la fatalidad de sus errores; tanto, que hasta el acta de defunción tenía un espacio reservado para la lapidaria respuesta.

-¿Qué lo trae hoy por acá, Doctor Regular?- Le preguntaron otra vez a los pocos días en la entrada de su cita recurrente.  -Sí, qué vaina... una mujer, 25 años, toda una vida por vivir, pero se le infectó una picadura e’ mosquito y... ¡se me fue, se me escapó!

Lo cierto es que el confinamiento lo había condenado a lidiar con la aspirina, el menticol y el ‘vipvavorú’ cuanta enfermedad circulaba en su pueblo por más grave que fuese. Y con relativa razón, pues su último congreso médico tuvo por objeto discutir la efectividad del mareol en los viajes terrestres de larga extensión, y la aplicación del agua e’panela para la irritación del hígado en los bebedores habituales.

El último difunto de que se tenga noticias no alcanzó a ser atendido por el ilustre galeno, pero, para desgracia de ambos, fue él quien le indujo la partida, pues el occiso no alcanzó a entrar a su consultorio: iba por una pomada para chichones y al ver que sería el “Doctor Regular” quien lo atendería, su corazón decidió no prolongarle la agonía venidera.

-Estaba entrado en años pero era un hombre entero y sano. Caramba pero, por Dios, ¡no era para tanto!  Bueno, este sí que… ¡se me escapó, se me fue!-  dijo. 

La llegada del primer médico rural dio fin a la fatal hegemonía del Doctor Regular. Ese día estuvo por última vez en su cementerio. “Suyo” porque la mitad de las tumbas le pertenecían a su noble pero desorientado oficio.

Sentado frente al panorama desolador de su tragedia, escuchó la cada vez más inoportuna pregunta: -Docto, ¿cómo le ha ido?

Antes de responder solicitó ampliar la curiosidad: -¿En estos días o en la vida?

-En estos días, Docto.

-Pues...en estos días, bien.

-¿Y en la vida?

Entonces no tuvo más que el aliento y la melancolía para recurrir una vez más a su célebre respuesta, con el vaivén de la relatividad en su mano derecha: 

-bueno, ahí… como te venía diciendo... ¡regular!

Fue tanta la trascendencia del Doctor Regular en el génesis de la muerte natural que luego de su deceso sus coterráneos le harían un busto en la entrada del cementerio cuyo epígrafe decía: “aquí yace quien dio vida a este sacro lugar”.

 

 


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