Este es otro calor

26/07/2013 - 18:27

Su hijo le comenta que seguramente esas tragedias se deben al calentamiento global, pero la madre sólo atina a decir: - estás aprendiendo mucho… menos mal que eso está bien lejos.

Ella lo tiene bien claro: el mundo llega hasta la puerta de su casa. De ahí para afuera no es problema suyo; ni siquiera el caño repleto de basura donde juegan los pelaos o la cuneta natural de aguas negras que le perfuma los pulmones.

¿Por qué? Porque el calentamiento global no es el desayuno de mañana ni la mensualidad del colegio ni la factura del agua por pagar. Mejor dicho, esa vaina del calentamiento puede esperar.

Es más, en latitudes como la nuestra, donde el calor hace parte del espíritu mismo, eso del calentamiento más bien es algo así como pelearse con alguien: “mi compadre se calentó conmigo”.

Pero si en algo ha sido útil la alarma mundial por el calentamiento de La Tierra es para comenzar a convencernos de que el planeta es una sola casa y lo que hagamos en nuestro patio, por pequeño o sencillo que parezca, se siente al otro lado del mundo.

Sólo aprendemos a golpes. Sucedió igual con otras cosas que parecían afectar sólo a “los demás”: el narcotráfico, el secuestro, el sida, el estrés, la drogadicción.

Y esa realidad ya tocó la puerta. Aunque el calor haga parte del paisaje y lo de las inundaciones sea un problema de todos los años en los pueblos ribereños, lo cierto es que, por calentamiento o lo que sea, el planeta está en plan de venganza.

Algunos pocos ejemplos a la vuelta de la esquina: los carros atrapados por la nieve en Bogotá hace unos dos años, las 10 mil hectáreas de agua perdidas en los humedales del Canal del Dique; la desaparición de playas en el sector de Marbella en Cartagena; la marea alta que se mete hasta el Centro Histórico de esa ciudad; el agua en las calles principales de municipios que hace décadas no se inundaban, y por supuesto, los ciclos cada vez más atípicos de invierno y verano.

El daño está hecho, nuestro calor no es el mismo… el planeta ya no nos reconoce como sus hijos… Y si la Luna enloquece al mar, a los animales, a los poetas, imaginemos todo lo que nos puede hacer La Tierra.


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