¿Lo mataste Carme?

12/03/2014 - 09:52

Detuvo su carro justo frente a la iglesia y señalándola dijo: - aquí es!   Todos nos miramos y él prosiguió: - es la única parte donde no venden ñeque en Hatonuevo.

Entonces recordó que algún día, o más bien una noche, su padre, médico de profesión, caminaba solitario con algo de ñeque en las venas, y decidió seguir de cerca, sin que lo notara, a su compadre Carmelo que perseguía con escopeta en mano a un conejo furtivo.

En la huida, el conejo entró a los predios de la eternidad, mejor conocidos como cementerios, y su cazador, sin darse cuenta, ya se hallaba de tumba en tumba tratando de ver en la penumbra al animal. Mientras tanto, detrás, muy sigiloso, el padre de Cabrera presenciaba la cacería.

Carmelo divisó al conejo y disparó…. Y detrás del eco de la pólvora, una voz de ultratumba le preguntó:  -¿lo mataste Carme?

Ocho días con sus noches estuvo hospitalizado el pobre Carmelo, reponiéndose de semejante crisis nerviosa, y otros tantos días se necesitaron para saber en dónde había caído la escopeta luego del carrerón en el cementerio.

Aún enmudecido, sin poder explicar la procedencia de aquella voz, Carmelo recibió en el hospital la visita de su compadre…. El mismísimo Doctor Cabrera.

- ¿Qué te pasa Carme? – le preguntó como si nada. 

Carmelo por fin habló: -Tengo como un frío por fuera y un calor por dentro.

El diagnóstico no podía ser otro: “aparición de espanto”. La fórmula: calmantes en cantidades industriales y un consejito de pueblo: ¿cómo se le ocurre matar en un cementerio?

Carmelo volvió a su casa. Pero al igual que los males, no hay secreto que dure cien años. Al cabo de un tiempo, durante una verbena, el prestigioso Doctor Cabrera, seguramente de muy buena intención, quiso tranquilizar a su amigo revelándole el secreto. Se acercó por detrás mientras su compadre bailaba y le repitió el terrorífico susurro: -¿lo mataste Carme?

Dicen que fueron por lo menos tres sillas y dos mesas las que Carmelo desbarató antes de darle alcance al doctor Cabrera para castigarle con varios puñetazos la ‘mamadera de gallo’. Y dicen que pasaron años para que le perdonara aquella ocurrencia, seguramente estimulada por la ancestral malicia indígena del ñeque.


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