¿A quién hay que llorar?

01/09/2013 - 18:26

Solo y sin avisar, tal como había llegado al pueblo, le dio por morirse en un domingo de interminable calor de sabana caribe. El cachaco de las baratijas no tenía familia, pero quienes lo conocieron acordaron no enterrarlo sin el llanto bendito de una plañidera y decidieron buscar a quien mejor ejercía el oficio: Evangelina.

Anatolio, dueño de un viejo carro de latas agonizantes, fue al otro lado del pueblo. Tocó la vieja lámina de zinc que servía de puerta al rancho:
- ¡Evangelina… Vange…!
-¿A quién hay que llorar?- preguntó ella sin preámbulo alguno.
-¡Pero, caramba!, ven un momento y hablamos– contestó Anatolio.

Recién bañada y con peineta en mano, se vino encima con las tarifas:
-De negro toda y con velillo, seis mil pesos.
-No, no Vange, no tenemos tanta plata- dijo Anatolio.
-Bueno, de falda negra y blusa moradita, con velillo, cuatro mil pesos- propuso ella.
-No Vange, tampoco. No nos queda pa´las velas y el tinto- Insistió su cliente.
-Está bien: dos mil pesos, de blanco toda y sin velillo ni na’.

Fue adentro cogió una toalla y se embarcó. Apenas logró divisar la romería entonó un lamento premonitorio de lo que sería ese funeral:
-¡Ayyyyy Cacha, Dios mío!
-Espera Vange, espera que no hemos llegado- Interrumpió Anatolio y ella respondió:
-Bueno, pero avísame pa’ llegar ensalzada…

Entraron a la casa y como si fuera su madre la allí postrada, abrió los brazos, se arrodilló y con la fuerza de sus prestigiosos pulmones gritó:
-¡Ayyyy Cacha de mi vida y mi devoción, no te vayas Cacha, noooo! Ay, ¿quién me va a traer ahora las sandalias colorá de Venezuela? ¡Ay Dios mío me muero!

El sol de mediodía abrazaba el funeral acompasado por el desgarrador escándalo de Evangelina. La pasión que trasmitía hacía del oficio un ritual que a pesar de los años cautivaba a los presentes. Ya poseída por el dolor ajeno, tomó aire y volcó la carga de su pena:
-¡Ay Dios mío Cacha qué muerte tan sorpresiva! Igual le pasó a mi sobrino Rogelio que se lo llevó un viento, Cacha.

Intrigado, Anatolio le preguntó:
-¿Tenía un soplo en el corazón?
-No, no. Le cayó un abanico e’ techo encima. ¡Ay, qué dolor tan grande!

Atónita la audiencia cavilaba: “Evangelina se fajó”. Desde los tiempos del ruido no se veía semejante interpretación de la nunca bien ponderada virtud de derramar lágrimas de dolor por un difunto al que ni su nombre lograron colocar en la lápida.

A su memoria llegó otro retrato cruel de las interminables jornadas de llanto:
-¡Ayyy Cacha de mi alma, la misma sonrisa tenía mi cuñado Encarnación cuando lo mataron con arma blanca!
-¿Vange… lo apuñalaron?- volvió a indagar Anatolio.
-No mijo…¡Lo atropelló un camión repartidor de leche!

Llegaron por fin a la última morada del homenajeado difunto que gracias a Evangelina no gozaba aún del descanso eterno. En la cima de su exhibición, quiso rematar la célebre faena mientras bajaban el ataúd. Tomó la toalla, borró la tragedia de su rostro, acomodó su legendario vestido de duelo y con súbita inspiración mercantil le dijo a Anatolio:
-Dame mil pesos más y me privo.


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