Cartagena de indias - Colombia
Viernes 23 Junio de 2017

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A la deriva

Espacio digital para dejar constancia de la casualidad. «A la deriva» es un Blog de crónica de viaje, opinión y cuento.

Tú tan tranquila

—Ellos no están molestos por tener arcadas y haber llenado el piso con su cena, o no del todo—se acomoda su chaqueta de jeans María Piedad—, lo que les ha molestado fue lo que dijiste.

—El que habla pierde— dice Tina, sentada en uno de los cuatro sillones rojos. Revisa entre sus cosas, busca un cigarrillo de marihuana que esté, de milagro, en el fondo de su bolso.
—¿De qué demonios hablas? Roberto y Daniela te escucharon perfectamente—apunta María Piedad, mirando el jardín afantasmado, al fondo la ría se funde, apenas alumbrada, con el negro cielo.
—Bueno, pero una dice todo tipo de tonterías cuando está elevada—se acomoda sus gafas de sol, se quita el sombrero Tina—. Además, que les den por el culo a ambos. Para empezar no debieron decir que sí.

Se te ha vuelto costumbre

Los escuchas atentamente, detallando sus intenciones, tu pelo cobrizo recogido, pero en el pasillo, en nuestro momento, como casi siempre, miraste con todos tus sentidos hacia el corredor, se te ha vuelto costumbre cruzarte conmigo.

No me quedan sino unas cuantas formas,
la sombra de unos soles.
Soñé que despertaba para escribir nuestra historia,
el reflejo aún era nítido, el sueño claro y yo esbozaba esa vida en paralelo,
había dos testigos,
y la libreta en que escribía se dejaba pintar de palabras azules que nunca más recordaré.

He despertado sin una miserable línea escrita.
Conduje hacia tus ojos pequeños,
los tuyos apenas me miraron.
Intentabas seguir con la charla que sostenía, con desesperación, aquel chico árabe.

Últimamente tienes un séquito de muchachos que sólo miran hacia los dioses,

Solamente una fábrica

Es la caricia que no dimos y que vibra en el fondo de una frustración. Un eclipse de frío, una marejada de adioses. Es el tiempo.

Nada me gustaría más que tener tiempo de sobra para migrar hacia tu humanidad suave, hacia tus rojos santuarios.

He sabido lo que es el trabajo en una fábrica silente, la elegía de un planeta de creaciones inútiles.

No vivo un segundo sin alunizar entre los templos que otros construyeron.
Me he entregado a la deriva de unos brazos que han sabido besar y que han hecho que pierda la cuenta de mis recuerdos.

El vaivén ha cobrado lo que no hicimos, ha recorrido la piel de los trapecistas que éramos.

Nos abrió la puerta de una desventura que no lo era tanto.

No es una chica

Tenía puestas unas gafas de sol más oscuras que su conciencia. No quería que nadie viese que había llorado de felicidad.

Tenía puestas unas gafas de sol más oscuras que su conciencia.
No quería que nadie viese que había llorado de felicidad
llevando a su hijo al jardín.

Salió a fumar un cigarrillo
con los lentes aún puestos.
Revisaba sus mensajes,
eliminaba la mayoría.

Es una mujer delgada,
segura,
muy lejos de la chica incierta que sonreía como tonta para agradar hasta a la gente del correo.
No sé absolutamente nada de ella.
Tan sólo reconozco su nombre de tres palabras: Anna Maria Möller.

Nada admite, aunque nos hemos saludado.

El color del tiempo

A ellas las he visto posando sobre las blancas arenas del mediterráneo, acompañadas de amigas cuyas miradas son menos ingenuas.

Pregunto quiénes son los cabrones que abren las piernas de las dulces modelos que apenas nos miran.
Quiénes les rompen el corazón con mentiras abyectas.

A ellas las he visto posando sobre las blancas arenas del mediterráneo,
acompañadas de amigas cuyas miradas son menos ingenuas.

Quiénes son los miserables que ocupan el lugar de los que somos por defecto más contemplativos, más antiguos, y por ello menos inocentes.

Serán chicos de sus edades o corruptos mayores.
El azar cómplice las entrega en primeras experiencias irrelevantes, pero indelebles.

La calidez

— Deberías enamorarte, Fran. — Sí, me gustaría— dijo Fran, reprimiendo un suspiro—. ¿Pero de quién? — Pues de mí— apuntó Johana. Se habían conocido trabajando en la vieja revista que únicamente leían los jubilados cuyo principal objetivo era morir con honesta dignidad. Nunca se vieron como una pareja.

— Deberías enamorarte, Fran.
— Sí, me gustaría— dijo Fran, reprimiendo un suspiro—. ¿Pero de quién?
— Pues de mí— apuntó Johana.
Se habían conocido trabajando en la vieja revista que únicamente leían los jubilados cuyo principal objetivo era morir con honesta dignidad.
Nunca se vieron como una pareja.

La rueda de la fortuna

El desmoronamiento de un anciano; la fatalidad aliviante de las relaciones que se terminan; el detonador del acabose que está implícito en un acto creativo. Circunstancias que más o menos se descubren o localizan en la vida como cotidianas marcas de lo inevitable. Quirog creyó una tarde, hará ya cuatro años, dilucidar esta frágil impermanencia en el acto simple de servir una copa de vino. Lo recuerda. Cree que fue un domingo. Había llegado muy temprano al piso doce, mucho antes de que llegaran los otros dos invitados de Paula. El mediodía arremolinaba, en las afueras de la bahía, la arena ingrávida que tienen las ciudades costeras. Se había propuesto como una reunión privada, de cuatro personas, pero Alber Quirog, hombre tabernario y encanecido prematuramente, había llegado una hora y media antes, buscando la paciencia sexual de su anfitriona y quizá adivinando una caricia que ella había querido darle la noche anterior.

El desmoronamiento de un anciano; la fatalidad aliviante de las relaciones que se terminan; el detonador del acabose que está implícito en un acto creativo. Circunstancias que más o menos se descubren o localizan en la vida como cotidianas marcas de lo inevitable. Quirog creyó una tarde, hará ya cuatro años, dilucidar esta frágil impermanencia en el acto simple de servir una copa de vino. Lo recuerda. Cree que fue un domingo. Había llegado muy temprano al piso doce, mucho antes de que llegaran los otros dos invitados de Paula.

Veneno de toro

Javier del Toro fue el nombre mentado. No sé si existe, ni si se llama como he escuchado de sus labios. Se han conocido, me ha dicho, con traviesa mueca, en un festival de cine. Se besaron el primer día de algún estreno, entre turistas vestidos de blanco lino que usan sombreros más por moda que por necesidad. Todo esto me lo ha dicho con un tono natural, implacable, y yo me he ofuscado. Mi madre lo ha notado antes que yo, pero prefirió callar. A ese hombre creo haberlo visto en las pupilas de ella, en su herencia de blanca africana. Me vino una vez el reflejo de este tipo con una foto que Violante me envió. Aparecía ella mirando la cámara, vestía una blusa amarilla, mas había un ligero trasnocho en sus párpados. Aún no sé por qué me causa tanto desasosiego enterarme de estas cosas, mi buena memoria, otro veneno.

Javier del Toro fue el nombre mentado. No sé si existe, ni si se llama como he escuchado de sus labios. Se han conocido, me ha dicho, con traviesa mueca, en un festival de cine. Se besaron el primer día de algún estreno, entre turistas vestidos de blanco lino que usan sombreros más por moda que por necesidad. Todo esto me lo ha dicho con un tono natural, implacable, y yo me he ofuscado. Mi madre lo ha notado antes que yo, pero prefirió callar. A ese hombre creo haberlo visto en las pupilas de ella, en su herencia de blanca africana.

La casa del molino

Cansados como estaban, y llevando al pequeño ajustado en un asiento sobre un carrito de dos ruedas, decidieron parar un momento el recorrido a Loccum, y amamantar al chico que ya estaba bastante incómodo, puede que por el frío y la posición fija. Las bicicletas las pusieron junto a dos árboles de pino. Aunque Beate y Klaus estaban un poco exhaustos se encontraban de buen ánimo, el ejercicio cardiovascular seguro. Todos hablan de sus bondades.

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Cansados como estaban, y llevando al pequeño ajustado en un asiento sobre un carrito de dos ruedas, decidieron parar un momento el recorrido a Loccum, y amamantar al chico que ya estaba bastante incómodo, puede que por el frío y la posición fija. Las bicicletas las pusieron junto a dos árboles de pino. Aunque Beate y Klaus estaban un poco exhaustos se encontraban de buen ánimo, el ejercicio cardiovascular seguro. Todos hablan de sus bondades.

Angelika

El arte repite a la vida misma. Toda obra reproduce el comportamiento humano, nos aproxima a lo que somos. Angelika va conjeturando estas frases mientras se acerca a las puertas de cristal del cine.

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El arte repite a la vida misma. Toda obra reproduce el comportamiento humano, nos aproxima a lo que somos. Angelika va conjeturando estas frases mientras se acerca a las puertas de cristal del cine.

Dentro están unas cuarenta personas haciendo fila para comprar las entradas, miran en tres grandes pantallas, emplazadas encima de las taquillas, los avances de las películas de la semana. Otros suspiran comprando comida y refrescos, o esperando a algún ausente.

Otro invierno

El número once amenazaba en el reloj. Casi era la hora. Svenja Löw miraba su reloj de pulsera mientras avanzaba, respetando los límites de velocidad, por la ciudad de Leese. El auto, sin complicaciones, cruzaba las avenidas plagadas de semáforos en verde, las luces febriles parecían haberse puesto de acuerdo para que llegara a la hora acordada al funeral.

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El número once amenazaba en el reloj. Casi era la hora. Svenja Löw miraba su reloj de pulsera mientras avanzaba, respetando los límites de velocidad, por la ciudad de Leese. El auto, sin complicaciones, cruzaba las avenidas plagadas de semáforos en verde, las luces febriles parecían haberse puesto de acuerdo para que llegara a la hora acordada al funeral.

Después de que te fuiste

Antes de decirle a la chica lo que se volvería una especie de atrevimiento lúdico, Juan Manuel sostuvo la idea como quien sostiene un arma cargada. Se le había ocurrido la frase al ver a aquella mujer en ciernes por sexta vez consecutiva dentro del bus que cada tarde tomaba a casa. Era como si alguien se la hubiera susurrado al oído.

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Imagen de apsinuco

Periodista y escritor colombiano.