Ficciones

02/04/2018 - 22:28

Soy un escritor de minorías. Pero de minorías interesadas, o que al menos lo están por unos minutos tras leer lo que escribo. La pregunta frecuente es si lo que cuento ocurrió. No hay una línea, lo decía Gabo pero lo suscribo, que no tenga asidero en la realidad. Es la única manera de que las cosas estén vivas, que tengan alma.

Escribo para conocerme. Me expongo. Me exhibo. Me leen bien o mal, no importa. Pienso en Rebeca. A menudo. Pienso en ella y me olvido de que soy un obseso cuyo pasatiempo es fijarme ficciones que protagoniza mi ex mujer. Hoy justamente me decía que no he hecho el luto como es debido. Ya lo dije: soy un obseso. Pienso demasiado en mujeres. A todas digo que no soy sentimental, pero lo cierto es que ocupan gran parte de mi tiempo mental, ocupan mis intervalos de aburrimiento, mi frivolidad pero también mi arte, si se tiene en cuenta que el lenguaje es un acto poético. Me interrumpen los sueños por la noche. Me habitan.

Adriana es una chica lista, generosa, condescendiente. Tiene el cabello negro, corto, pero no tanto; tiene curvas, es sinuosa. Ha sido una mujer singular. Se nota que ha vivido. Incluso me ha contado que tuvo un novio español cuyo oficio es el porno. Es un poco bajita, pero tiene lo suyo. Tiene ánimo, es fuerte, está aprendiendo a soltar. ¿Y quién no? Para Adriana soy un tipo que no ha necesitado de grandes artificios. No me he esforzado en que seamos amigos. Y al parecer, me ha dicho, los hombres le escriben mensajes colmados de tonterías pueriles, de manera que no es mérito mío, sino que hay peores pobres diablos. De vez en cuando, no lo soy yo, se le atraviesa un buen tipo.

A Fera la vi por última vez en mi casa. Vino a despedirse de mí. Yo lo sabía. Y en el fondo lo quería también, quizá más que ella. Había venido a verme con él pretexto de pasar a saludarme a mí y a mi hijo que estaba también de visita. Antes de eso no había visto a Fera en una semana. Ella había estado el fin de semana pasado con su novio, ambos habían planeado hace muchos meses el viaje. Fera es alta, dura, unas piernas macizas, unos pómulos recios, el pelo de leona, los ojos parecen en sí mismos una forma atávica de la expresión femenina. Estuve saliendo con Fera unos dos meses. Nos veíamos al mediodía, durante nuestras horas de almuerzo, en un punto medio entre su trabajo y el mío. Supongo que el romance no resistió una dosis de realidad, además le dejé muy claro que no había oportunidades de romanticismo real. Fera me gustaba de veras. Olía muy bien. Se veía muy bien desnuda. Mejor que vestida. Y eso no es poco.

Pero estoy pensando mucho, reitero, en Rebeca. Y es una estupidez. Ella tiene muchas arandelas, algunas extremadamente encantadoras. Rebeca tiene un rostro para morirse y recusar. Su trasero es significativo, bello, bien formado; parece altiva, sin embargo basta acercarse para reconocer su timidez. Rebeca vive tremendamente lejos. Nuestra comunicación se surte por mi fuego hacia ella, y de su parte hacia mí por amistad añeja y la posibilidad de que yo pueda ayudarle a encontrar trabajo. "Eso no es imposible, cariño". Se lo digo en serio. Pero sé que no le convienen los empleos en esta Cartagena donde los calores de todos los infiernos se han quedado a vivir desde siempre y para siempre. No, Rebeca. Cualquier lugar es mejor. Rebeca tiene un cuerpo muy bello. Dice que está algo gruesa. Tengo que verla, si es que la veo. Dice que vendrá, no lo creo. La razón acierta, pero la intuición no falla.

Por mi parte ya estoy algo viejo para enmarañarme con tres mujeres que no son mi mujer. Sin embargo, lo contrario es ser asocial. Además mi interés por ellas no es simplemente sexual, que también, pero no lo es todo. Es una grandilocuencia intolerable pensar que puedo ayudarles en algo, pretender salvarlas o enseñarles. No, me basta con acompañarlas, ser testigo así sea indirectamente de sus vidas. Quererlas en silencio, pero sin cursilerias. Sin quejas, sin lloriquear. Puede que eso no les desagrade del todo.


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