Fin de fiesta

16/10/2018 - 01:17

Holger me ha enviado un correo electrónico. Dice, en un mal castellano, que quiere que lo acompañe a ver una banda de abueletes rockeros que tocarán este viernes en Windheim. No le he contestado aún. La verdad no tengo un sólo euro para eso. La entrada de por sí cuesta 34€. Tampoco he querido decirle que no. Supongo que mañana le escribiré, pero no se me ocurre una buena excusa.

La verdad, en este caso, resulta un poco patética, y sin embargo práctica. He enviado la mayor parte de mi dinero del mes a Colombia. Lo restante lo he invertido en cursos online que hago diariamente. También me he comprado recién un libro de Jordan Peterson. Ser sincero no sólo puede resultar incómodo para mí, sino para él porque puede que se sienta en la obligación de invitarme. Y yo estoy ya muy canoso para que me inviten, además de las copas, las entradas a los conciertos.

Hace dos años conocí a Holger gracias a mi mujer, quien a su vez se había hecho amiga de Esther, la mujer de él; intereses en común: maternidad compartida. Mi mujer me dijo que habíamos sido invitados a un Kaffeetrinken, que es como le llaman los alemanes a eso de comer bizcochos o tortas y tomar café entre las 4 y las 5 de la tarde. Dijo también que el esposo de Esther estudiaba español en la Volkshochschule, y que en general le gustaba mucho Latinoamérica, su historia y cultura. Fui un poco escéptico a la reunión, aunque dispuesto a practicar mi alemán, que por entonces no era tan malo; algunas frases hechas me sacaban de apuros. No me daba para contar una historia ni entretener a los presentes, mas me alcanzaba para responder correctamente a las preguntas y no parecer un imbécil. Así nos conocimos. Buen tipo. Me mostró algunos libros de Eduardo Galeano en alemán. Hablamos de Gabo y de Borges.

Luego fui descubriendo cómo se relacionan los alemanes con sus amigos. Primero noté cómo Holger llegaba 10 minutos antes a cualquier cita. Yo mismo empecé a ser parte de sus horarios intransigentes, separaba siempre las siete de la noche de los lunes para nuestros encuentros. Venía a mi casa. Jugábamos ajedrez, nos fumábamos un porro y bebíamos whisky o cerveza. Más o menos lo mismo hacíamos cuando iba yo a su casa. Al parecer Esther lo restringe, allí no puede fumar; me advirtió que su esposa no está de acuerdo con la yerbita de Dios.

Nos une también la música. Él es un baterista casi profesional, pertenece a un grupo local de rock/punk/metal/transgresivo y otro montón de cosas. Yo, soy mejor oyente que guitarrista. He ido incluso a escucharles ensayar. La cantante es Nadine, canta en inglés, simpática, unos 30 años, seria, espalda ancha, alemana a fin de cuentas y en toda regla. Hay otro gordo que es la guitarra líder, he olvidado su nombre. Tiene el pelo largo. Me recuerda a esos tipos que se quedaron en la moda del metal de los ochenta. El tercero es Marvin, el bajista. Buen bajista, no el mejor que yo haya escuchado, pero se aplica a veces. Pelirrojo de barba cerrada, bastante cercano a Holger; tiene dos hijos gemelos, por lo que sé. Holger me ha contado que la esposa de Marvin está esperando el tercero. El estado social de este país da para eso y más. El grupo lo cierra un muchacho que a diferencia de los otros miembros no está en la treintena. Debe tener unos 25 años o así. Se llama Daniel. Me recuerda a mi amigo Stephen por la forma de su cabeza, algo cuadrada y sin entradas. La banda se llama Admire on Edmire. Probablemente no se escribe así. En cualquier caso es un juego de palabras, casi un palíndromo. Hacen canciones propias que escriben Holger y Nadine. Aunque por la relación que tienen ellos dos, se ve que es Nadine la que lleva los pantalones en el grupo, pese a que Holger sea el mayor de todos, incluso mayor que yo. Debe tener unos 35 años.

La primera vez que los escuché fue en un piso que alquilan cerca de la estación de trenes de Minden. Es un edificio blanco semi-abandonado de cinco pisos. En el cuarto piso alguien adaptó un salón amplísimo para que los grupos toquen allí su material. El lugar es agradable. Mucho más que otros ensayaderos que conozco en Colombia. Varios de mis amigos músicos envidiarían un lugar así. Contiene todo el equipo técnico necesario y está completamente tapizado. Tiene una poltrona grande y cuatro sillas, dos neveras para las cervezas, unas banderas jamaicanas y estampados, sobre telas, de mujeres hermosas aspirando humo de colores. Los baños quedan en el sótano del edificio. Estuvimos riendo sobre nuestros gustos musicales: de entrada les dije que no me gusta nada Rage Against The Machine... Me miraron como si estuviera loco, son fanáticos de ese grupo gringo. Intuyo que por mi gusto musical puedo parecerles un poco suave, demasiado soft rock. La verdad me importa una mierda, a mí me interesa mucho más la historia de la música, lo que hay detrás de ella.

Marvin fue el primero del grupo que conocí por intermedio de Holger. Fuimos a recogerlo en su casa de Wasserstrasse, un pueblo muy cercano al mío. Estuvimos conversando sobre los hijos, la vida sedentaria y los tipos de cerveza. Luego de media hora Marvin me dijo que pretendía mudarse y que yo podría ayudarle con la mudanza, si quería, enfatizó. Respondí que sí, aunque me pareció extraño pedir tal favor a un desconocido. Lo atribuí a una forma teutona de ser. 'Marv', como lo llaman, comentó que Holger también iba a ayudarle. Luego del trabajo, aseguró, habría cervezas y grill. Puede que sí, pensé, y sonreí sin añadir nada.

El día de la mudanza fue, por decir lo menos, inusual. Holger y yo trabajamos junto con otros dos amigos de Marvin y su padrastro. Bajamos de un segundo piso su lavadora, enseres, camas y demás chécheres. Lo metimos todo a un remolque largo conectado a un tractor. Cosa curiosa. Así se muda la gente en el campo. Me pareció singular que 'Marv' no moviera un dedo para ayudar con su propia mudanza. Estuvo relajado, esperando en su nueva casa. Apenas me percaté del asunto decidí relajarme también. Te he ayudado a subir tus cosas al puto tractor, pero no voy a bajar nada si no veo que mueves una miserable caja. Llegado el momento vi que Marvin escurría el bulto nuevamente. Decía que debía hacer otras diligencias. Su mujer tenía rastas y no estaba embarazada para entonces. Tampoco era la más colaborativa. Habían pasado unas tres horas y media. Le dije a Holger que era suficiente y sin dar mayores explicaciones me fui para mi casa a darme una ducha. Él quiso quedarse.

De eso último que cuento ha pasado casi un año. Me he visto en un par de ocasiones más con Marvin y muchas más veces con Holger. Ahora me pregunto qué escribirle sobre su invitación. De una parte no quiero pasar por asocial. Podría sacar algo de mis ahorros, ir a beber un par de cervezas y probar mi idioma germánico ya mejorado. Pero lo que en verdad me gustaría sería tomarme unos whiskys y leer en casa, solo, tras haber hecho el amor. Supongo que todos nos estamos haciendo viejos.


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