La casa del molino

04/04/2017 - 09:36

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Cansados como estaban, y llevando al pequeño ajustado en un asiento sobre un carrito de dos ruedas, decidieron parar un momento el recorrido a Loccum, y amamantar al chico que ya estaba bastante incómodo, puede que por el frío y la posición fija. Las bicicletas las pusieron junto a dos árboles de pino. Aunque Beate y Klaus estaban un poco exhaustos se encontraban de buen ánimo, el ejercicio cardiovascular seguro. Todos hablan de sus bondades.

Mientras reposaban en el jardín de una casa desconocida, apareció una mujer de pelo muy corto que promediaba unos cuarenta años. Tenía una expresión suave, los ojos café, y hablaba pausadamente, casi musitando. Dijo que los había visto llegar desde las ventanas de su casona y le rompía el corazón que tuvieran que alimentar al pequeño sobre el cesped. Entren, dijo, por favor. Acabo de hacer chocolate.

Klaus negó con la cabeza. Muchísimas gracias, pero sólo será un momento, además acostumbramos a hacer esto siempre. Por favor, insistió la mujer. Beate apoyó a su marido, además debían volver pronto puesto que habían dejado a su abuelo solo en casa y empezaba a oscurecer en un eterno otoño alemán. La mujer de la casa movió su boca como si tratara de morder el aire. Aunque tenía buen aspecto, llevaba un pantalón verde y una camisa de flores. Volvió la espalda, dijo adiós sin mirarles.

Klaus miró a Beate con gesto extraño. Miraron por un instante la casa, tenía una fachada bonita y un molino de viento propio. Aquello les pareció muy curioso.

Habían salido de Heimsen media hora antes. Beate había sugerido el paseo en bicicleta para olvidar un poco el desasosiego que les causaba el cambio hacia la nueva paternidad. Klaus, por su parte, había llegado harto de una pelea en su trabajo con uno de sus estudiantes de latín, de manera que había decidido complacer a su esposa. Total, no eran más que 6 kilómetros, y el viejo, dueño de la casa en la que vivían, podía estar un momento solo cortando leña, como cada tarde.

Dentro de la casa con molino a la que no habían querido entrar por una suerte de desconfianza implícita, la mujer había roto su blusa de flores y se encogía en el piso con un dolor indecible. Unas pequeñas alas negras, en principio diminutas, brotaron de su espalda, cada minuto crecían hasta alcanzar la longitud de sus antebrazos. Su nariz se fue estirando hasta volverse un pico fuerte como el granito. Salió volando por la puerta de su casa que daba al jardín, y nadie, absolutamente nadie, descubriría jamás aquella transformación.

La pareja y el pequeño, tan ignorantes de todo esto, volvieron al camino de regreso pedaleando a su casa. Klaus cantaba, al fin el buen ánimo se establecía como un territorio seguro. Beate llevaba al chiquillo detrás de su bicicleta. El camino se hizo asombrosamente largo, parecía que había durado el doble. Cuando por fin se acercaban a Heimsen, entre campos de trigo recién cortado, notaron el estridente pito de una alarma jamás escuchada antes por ellos, un camión de bomberos en la calle principal, seguido de una nube espesa de humo ennegrecido, voraz. Beate se detuvo, esperó con el niño en brazos. Klaus se acercó en la bicicleta. La llamarada hería sólo con verla, era atrayente, casi violenta, e incandescente porque seguía avivándose con pequeñas explosiones suscitadas del que era su hogar. No había rastro del abuelo, pero un cuervo sobrevolaba en círculos la gran hoguera que estuvo encendida tres días y tres noches.


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