La playa lujuria

19/08/2018 - 09:20

A principio de la semana pasada hubo un momento, en la tarde, tumbado en la cama junto a mi hijo menor, cuando vino a mí el que habrá sido el error más ridículo que cometí mientras trabajaba en El Universal, el periódico local de Cartagena de Indias. Tampoco es que haya sido el único, pero sí uno de los más vergonzosos.

Para entonces, acababa yo, muy seguramente, de firmar contrato a término indefinido con aquel diario, tras una temporada de siete u ocho meses como practicante. Todavía era estudiante de periodismo de la Universidad de Cartagena, oscilaba entre los 22 y los 23 años. Pertenecía al equipo de las noticias locales, las de coyuntura. Empezaba a tener temas propios, generalmente los relacionados con las playas, el espacio público, la bahía interior y la fuerza naval. Los demás periodistas —no todos— evitaban tocar esos asuntos por acomodo personal, pero también porque el director del periódico estaba especialmente encima de todo lo que tenía que ver con lo marítimo.

Una mañana incierta llegó la información de un operativo de restitución de una franja de playa. Lo iban a hacer las autoridades de la ciudad en contra de un hotel en la zona norte. El negocio había invadido y acaparaba terreno indebido. Confirmé los datos. Hablé con representantes del distrito y con los dueños de aquel establecimiento. Era un bonito lugar. Tenía sofás y poltronas blancas situadas en la arena; caminos hechos con retablos de buena madera color vino tinto, grandes sombrillas claras temblaban según la brisa, un ambiente de música chill out con luces tenues y de neón que derivaba en fiesta de música electrónica por la noche y hasta muy entrada la madrugada.

Narré la situación, citando el contexto y los precedentes de aquel tipo de problemas que todavía hoy se suceden. Habrá sido una nota de unos 2.500 caracteres, como se habla en lenguaje de periodistas, más o menos media página de periódico. Al final del día, me fui para mi casa con la certeza de haber hecho un trabajo válido, concienzudo.

Fueron los comentarios de los lectores en la noticia publicada en Internet, del día entrante, los que primero me alertaron del equívoco de traducción que había hecho. El negocio, un lugar —hoy extinto— al que iban los niños ricos de la ciudad para pasar la resaca, o a continuar la juerga, tenía por nombre Luxury Beach. Tontamente, traduje, sin ayuda de diccionarios —creyéndome muy hábil en inglés—, ‘la playa de la lujuria’. Luego jugando con el que pensaba era el nombre del hotel lo llamé, en el título del reportaje y en el texto, ‘playa lujuria’.

La traducción correcta al español, como todos lo saben, es ‘playa de lujo’. Naturalmente fue el chiste del día, de la semana, del mes. Los colegas que iban entrando a la sala de redacción, el día del disparate lingüístico, hacían bromas. El director, en cambio, guardó silencio. El chiste duró lo que duran las anécdotas que valen la pena. Mi editor se moría de risa, aunque él tampoco pilló el error. Me jodieron mis amigos un buen tiempo con la dichosa palabra, y yo acabé por unirme a las burlas, resignado, luego de hacer una fe de erratas en la edición impresa del día siguiente, y de corregir la confusión en la web.

Aprendí entonces que no se debe subestimar a los lectores, una condición que con frecuencia cometen los principiantes en el periodismo. Me volví más riguroso con cada palabra, estructura y concepto. Pero hace una semana, tumbado, como dije, leyendo sobre las guerras campesinas de checos y alemanes durante el Renacimiento, volvió la palabra latina luxuria. Sonreí con la evocación. Después fui consciente de que la raíz en latín de las palabras lujo y lujuria es luxus (originalmente: dislocado, fuera de lo normal), que refiere a la vida extravagante, de excesos; a partir de la cual se formó luxuria. La palabra se bifurcó en dos significados: uno de opulencia y el otro de vicio en el sentido de desenfreno sexual. Dicho de otro modo, etimológicamente —al menos—, no estaba tan desacertado.

Puestos a llamar las cosas por su nombre, y a pesar de que no venga a cuento, para muchos, Cartagena es eso.


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