Oscuridad mediante

12/07/2017 - 13:12

I

Ahora que estoy sobrio dudo. La cara de Iris se me antoja difusa, inacabada. La estuve esperando anoche, aunque sabía que no iba a llegar, mucho menos que se le ocurriría llamarme.
Recuerdo que antes de caer en el sueño, estuve leyendo Un pez en el hielo, extraordinario cuento de Piglia. Y recordé cuando encontré a Iris por casualidad, hará ya seis años y medio, en Crepes & Waffles. Aún no sé quién de nosotros dos entró primero al lugar. Yo llevaba encima unas ocho cervezas, tenía una cita con Karin, acabábamos de mudarnos juntos y parecía que la vida iba a sostenerse de esa manera durante un buen tiempo.
Nos citamos en el primer piso del centro comercial Caribe Plaza. Karin caminaba con ese andar estudiado de quien algún día quiso ser reina de belleza. Por su hermosura y altura sin duda habría podido serlo. Apenas la vi con sus altos tacones blancos, admití la fortuna de tenerla en mi vida y tuve que reprimir las ganas de arrancarle el ceñido pantalón y la blusa escarlata, aunque se lo dije al oído. Ella rió, cómplice.
Fuimos a comprar algunos arreglos menores para nuestro recién estrenado hogar. Recuerdo que paseamos como un matrimonio de jóvenes. Compramos un juego de séis copas de vino, un par de cerraduras nuevas para los dos dormitorios y puede que alguna cortina.
Después subimos al segundo piso para cenar. Karin quería un crepe Stroganoff. Yo notaba como el efecto de las cervezas empezaba a menguar. Me pedí una más, junto con la comida.
A mitad de la charla, mientras conversábamos sobre las aburridas circunstancias laborales de ambos, vi a Iris. Puede que la sincronicidad soterrada a todas las cosas me haya llevado a sentarme justo en frente de la silla en la que ella departía con un hombre de pelo blanco.
No lo podía creer. Luego de más de tres años sin saber nada de Iris y allí estaba, a unos cinco pasos de nuestra mesa.
Primero atribuí la visión al efecto de las cervezas. Veía su risa ensayada, la que ponía cuando estaba incómoda y que sólo yo conocía. Pero allí estaba. Vestía un pantalón holgado, blusa aguamarina ajustada, con escote, el cabello suelto negrísimo como sus ojos imperiosos, escamoteados apenas por unas gafas azules.
Descarté que fuera una mujer parecida. Llevaba puestos los aretes grandes que acostumbraba ostentar y que casi siempre eran del color de sus amplias pulseras. Era ella. Karin se dio cuenta de que algo me sucedía. La parsimonia con que yo había llegado se había tornado en emoción. Acaricié las manos de Karin, quien se había sentado (maldita la gracia) justo dándole la espalda a Iris. Traté de recuperar la apostura, pero seguí observando a Iris, cuya mirada se sabía auscultada por la mía, pese a que nunca me observó directamente.
Por tanto creo que ella llevaba ya un tiempo en el restaurante. Lo pude comprobar, acaso, porque ellos estaban comiendo el postre. El sujeto me pareció un soldadito con ínfulas de marine en su día libre. Claro, era mayor que yo, lo cual estaba muy bien para Iris, cuya risa forzada seguía clamando notoriedad. “Sí, chica, puede que sí, puede que seas muy feliz”, pensé y me reí para mis adentros.
Para estar completamente seguro de que no era una de mis fabricaciones literarias, saqué mi teléfono móvil y con la excusa de tomar una foto a Karin, le hice varias fotos a Iris. No había duda.
Los movimientos de Iris eran cada vez menos naturales. Su sonrisa perfecta de foto de revista odontológica me anunció que no debía acercarme.
Terminé de comer obviando un poco su presencia.
Karin estaba ligeramente intranquila, me pidió un café. “No pasa nada, cariño”, le dije. Desde la ruptura con Iris no me había sentido tan bien, ni tan correspondido, con alguien como con Karin.
Creo que en el fondo me gustó que nos encontrásemos con ella.
Iris se puso de pie. Su acompañante ya había pagado la cena y apuraba un vaso de agua. Él no se veía muy contento, parecía que escuchaba a su pareja con desdén o estaba ocupado con otros pensamientos menos felices. Antes de salir Iris miró de reojo la espalda de Karin que estaba sentada muy erguida. Aún hoy me da curiosidad saber qué habrá pensado en ese momento. Salieron del restaurante.

II

Me gusta pensar en Karin. Sus largos vestidos. Su voz de niña. Fuimos felices, no cabe duda. Abrió a mis sentidos una puerta que jamás ha vuelto a cerrarse, tampoco la ha eclipsado su partida o la mía. Nuestro tiempo lo recuerdo como una joya que se vuelve a brillar con el aliento y un paño fino.
Se puede ser feliz y aún así ser desesperadamente ingrato.
El día que llegó, luego de encontrar a Iris, traía el signo de la desventura. Iris fue a buscarme a la sala de redacción del viejo periódico donde yo trabajaba, con tan buena o mala suerte que no me encontró.
Aquella tarde yo había salido pronto, buscando la pista de un director de teatro al que quería entrevistar. Por eso me sorprendió cuando mi amiga Verónica me llamó para decirme que Iris estaba allí, saludando a los demás periodistas que yo, hacía cuatro años, le había presentado.
—Mira, por aquí anda tu noviecita— dijo ella y se empezó a reír—, pero déjame decirte: nada qué ver.
Adiviné el tono celoso de Verónica.
—No sé de quién hablás— contesté.
—Juancho dijo que esa pela’ita está mal de cintura y que no se compara conmigo—dijo Verónica con aire satisfecho—. Lo único que tiene es la juventud.
El comentario me hizo gracia porque pensé que los jóvenes nos jactamos de nuestra condición, como si fuéramos los únicos que la hubiésemos tenido.
—A mí ni me saludó, y eso que nos conocemos desde la universidad. A Wilson le dijo que se volvía mañana para Buenos Aires.
Entonces era clarísimo: Iris había querido un encuentro conmigo. Era su forma de ser, a veces invasiva, proclive a la sorpresa ventajosa. Estratega al fin y al cabo.
Ha sido la última vez que alguna amiga me ha hablado de Iris. Esa tarde me tomé un Gin Tonic amargo con Suárez, a quien fui a visitar a la Calle del Espíritu Santo, donde él vivía pensionado en la casona de Bruno, un artista plástico francés que a pesar de vivir hacía más de una década en Colombia se rehusaba a hablar una sola palabra en español. Su idioma era la última trinchera que le quedaba.
Esperé con Suárez hasta que se cumplió el horario laboral de Karin. No quería llegar a nuestro apartamento antes que ella, siempre lo consideré más suyo que mío, y así fue a la larga.
Fui un extranjero en su territorio y desde que me largué me ha negado la vuelta.
Tomé un taxi en la calle de la Medialuna. Estuve pronto en los brazos de Karin. La abracé como si de ello dependiera toda la vida disponible. Preparamos unos espaguetis con jamón, champiñones y queso parmesano. Ella había comprado vino tinto de rioja. Lo bebimos en nuestro balcón. Escuchamos nuestras canciones. “En la posada del fracaso donde no hay consuelo ni ascensor, el desamparo y la humedad comparten colchón...”. Oscuridad mediante. Tenía esos detalles que terminaban en la alcoba, eran un sinónimo del consuelo, un huracán contra el desaliento. No lo sabía, pero yo era lo más feliz que se podía ser.
Dormí abrazado a sus nalgas perfectas.
Ahora que estoy sobrio puedo entrever claramente que la espera que he soñado no ha sido por Iris, sino por Karin.
Es a ella a la que estuve esperando la noche infinita que dura un sueño.


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