Por encima de todo

17/07/2018 - 10:49

El 10 de agosto de 1954 un destello entre el barro perturbó el cromo de una tarde improductiva. Marcela fue la primera que notó aquel resplandor dorado. Le pareció una moneda a Flavia. En mitad de la lluvia imprecisa pero constante, las amigas se acercaron. Flavia alzó el objeto, limpiándolo con las gotas que caían de las ramas de un guayacán florecido. Se trataba de un anillo de matrimonio, delicadamente diseñado, exhuberante en su sencillez. Tenía grabadas tres palabras: This above all. Las mujeres, todavía solteras, se preguntaron de qué manera esa joya había llegado a estancarse en aquella cuneta del parque Antonia Santos, en donde acostumbraban caminar luego de la comida de mediodía. Fantasearon, pero ninguna se lo dijo a la otra, con el hombre que había elegido ese aro sin piedras decorativas.

Recrudeció la precipitación. El cielo de Bucaramanga, además de encapotado, se había poblado de relámpagos. Se instalaba en el ambiente un olor frugal como de piña quemada. Flavia y Marcela corrieron a casa, cubriéndose las cabezas con sus chaquetas, dando pasos rápidos, pero cortos, por temor a resbalarse. Se sentían festivas. Algo tan simple como una sortija (no sabían, y no supieron nunca, si era de mujer o de hombre) había cambiado su ánima, las había conmovido, les había dado esperanza. Marcela pensó que todo aquello era una señal atmosférica, el indicio definitivo de que su novio le pediría contraer nupcias en breve. Creyó, por su parte, Flavia, que la frase en inglés se parecía mucho a un poema de Garcilaso de la Vega que había leído recién; se divirtió pisando los charcos de agua estancada como lo había hecho quince años antes en otra tarde remota, alejando el pensamiento de quedarse con el anillo, pese a que sentía que le pertenecía.

Dos pisos y veintisiete escalones arriba del viejo edificio en el que vivía Marcela, el par de amigas encontró refugio. Se secaron el agua llovida. Ambas parecían pasadas por sopa fría. Flavia puso a hervir la tetera. Tomaron café con bizcochos de arándano. Marcela llevaba todo el tiempo el aro de oro en su bolsillo. A Flavia le desagradó el olor a vinagre de la cocina de su amiga. No demoró en salir a colación la sortija: ¿qué harían con la joya, quién debía quedársela, cuál de las dos tenía más méritos para conservarla? Pasó por sus cabezas vender la sortija y dividir el dinero en partes iguales. Flavia propuso informar el hallazgo con carteleras en el barrio, acaso el dueño o la dueña aparecían. Pero desecharon la idea porque cualquiera podía atribuirse su propiedad.

Como se hacía tarde, Marcela le dijo a Flavia que lo mejor era que se quedara a dormir en su apartamento. Flavia asintió de buena gana. Se conocían desde chicas. Y había un detalle que las hermanaba: ninguna tenía padre; la una por abandono, y la otra por un aneurisma díscolo y a destiempo. La muerte puede juntar más que la vida.

Durmieron en camas separadas. Flavia fue la primera en caer profunda. Marcela, dueña de casa, lavó la ropa de ambas y ordenó la cocina antes de tenderse en el lecho. Soñó Marcela con un hombre alto, moreno, cuyo pelo empezaba a ser escaso, delgado mas no atlético; el hombre, profesor de idiomas, había conocido a una norteaméricana que había llegado al país como parte de los Cuerpos de Paz. Se habían enamorado a primera vista en un autobús, citándose para el sábado siguiente. Él había llegado tarde, luego de escabullirse de una cita previa. Las semanas pasaron y nada pudo separarlos. Ni siquiera el hecho de que él vivía ya con otra mujer. Fueron amantes durante 16 meses. Él le pidió matrimonio de rodillas, sosteniendo el estuche de la joya en la sala de la casa de ella. Era una mujer grácil, ojos de aceituna, anchas las caderas, y el pelo rizado y negro. Le contestó que no quería tanto drama en su vida. Lo siguiente que había sucedido se intuía. El sueño de Marcela, indeterminado en tiempo y singularmente lleno de detalles, culminaba con aquel hombre pasmado de rabia arrojando el anillo lo más lejos que pudo. Despertó a las 3:28 de la madrugada Marcela, con la respiración levemente agitada. Se sirvió un vaso de agua, tratando de no olvidar los detalles. Redactó un pequeño párrafo, y no pudo dormir más.

En la habitación contigua, Flavia también soñaba pero con un hombre negro que hablaba muy poco. Hijo único, hábil en los negocios. Había conocido, luego de un accidente menor, a una enfermera, alta y simpática, que le había curado su tobillo izquierdo. El negro quedó fulminado por la belleza de la enfermera, una mujer risueña y tan segura de sí misma que sin duda era el trofeo todavía no alcanzado por ninguno de los médicos y residentes de la clínica. Pero el hombre de negocios había insistido más allá del cansancio. La abrumó con flores, dedicatorias, chocolates que llegaban a la recepción de la clínica, entre la envidia de las demás enfermeras y médicos, y los suspiros de los pacientes y del personal de servicio. La mujer, mucho más por condescendencia que por amor, había aceptado una única invitación a cenar. Fueron al mejor restaurante de la ciudad. Tocaba un grupo de boleros. Él le prometió todo cuanto era posible prometer; la enfermera acabaría rendida ante tanto derroche. Si bien el negro tenía algunas maneras ordinarias, lo compensaba su animosidad, su carácter férreo y empeño. Un hombre así, se dijo ella, puede conseguir lo que quiere, nada le está vetado. La enfermera acabó casándose con él luego de dos años atiborrados de regalos que no necesitaba, y que ella empezaba a considerar no más que basura, cuyo anillo había sido el culmen de su declaración. Mas la unión estaba condenada al fracaso porque no es suficiente la voluntad, o no siempre. El destino había hecho que la enfermera se reuniera por casualidad con un antiguo amigo de niñez, con los resultados previsibles. La mujer se fugó de la casa de cuatro pisos que el negro había comprado para ella, una noche de septiembre en un taxi que justo pasaba por el parque Antonia Santos, en donde ella arrojó la sortija, sin grado alguno de culpabilidad. Flavia se despertó a las 6:02 de la mañana, impresionada, pero segura de que su inconsciente le había mandado un mensaje clarísimo.

Cuando despuntó el naranja del nuevo día ambas amigas eran otras. Transformadas por sus sueños, discutieron en pleno desayuno, intentando convencer a la otra de la conveniencia propia de quedarse con el aro de matrimonio. Ninguna pensó que era un designio de la mala suerte, de la mala hora. Reflexionaban unicamente en torno a la historia que precedía a la sortija, la querían como se quiere un reloj viejo y valioso de la casa de los abuelos.

La amistad sufrió una ruptura irreparable. Marcela botó la sortija a la basura, tras conservarla durante cuatro meses de renovadas discusiones con Flavia. No obstante, el anillo sí estaba destinado para una de ellas. Pero como no pudieron ponerse de acuerdo, tuvieron, ambas, una larga lista de amantes que jamás se atrevieron a regalarles uno de verdad. No puede decirse que fueron infelices del todo. Pero la amargura rondó sus vidas como sobrevuela el pájaro de la tristeza, a deshoras.


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