Un colibrí salvaje

15/04/2018 - 08:45

La ventanilla permanecía inerme, vorazmente obscura. El piloto anunció por el íntercomunicador que estábamos sobrevolándolo el Atlántico. Hacia ya casi cinco horas que estábamos en aquel armatoste desafiante al vértigo.

Los tripulantes estábamos impacientes, cada quien manejaba como mejor podía su silencio, sus monólogos mentales, sus deseos y anhelos de aterrizaje y vida y días soleados y ambientes frescos al aire libre.

Lo único que matizaba la espera de otras siete horas era una mujer de unos 40 años, aspecto provinciano, buenas tetas, cabello planchado con mechones rubios y vaqueros ceñidos que enmarcaban su manzana generosa: la perdición.

La reconocí insinuante desde que me senté en la silla 12 K. Parecía una de esas mujeres que van a Europa para ser de una vez por todas lo que en sus países subdesarrollados les prohiben.

- El piloto ha dicho que volamos a 15 mil pies de altura, es bastante obvio- dije con un tono conciliador, pero burlón.

- Parece que los obligan a dar esa información, ¿no?- preguntó mirándome el pelo revuelto.

Casi entendí nada cuando habló. Sentí una leve erección. Su voz la había provocado. Me reacomodé en el asiento. Ella volteó su rostro como desinteresada. Dijo que se llamaba Valentina, era una estudiante de finanzas. Tenía la mirada de una chica pequeña, olvidada por algún idiota desalmado, una cuarentona que se ha resignado a tener muchos amantes de ocasión, porque todos son unos cretinos. 

-Qué sería lo primero que harías al llegar al aeropuerto de Barajas, de Madrid, si supieras que vas a morir al día siguiente?- preguntó con la coquetería propia de una ninfómana.

- Probablemente me iría a un bar, conocería a una mujer guapísima y luego tendría sexo contra un sofá hasta que llegase la hora final.

Mi respuesta la hizo entreabrir sutilmente su boca pintada de escarlata. No nos dijimos una sola palabra más durante el trayecto. Yo empecé a pensar en canciones, en letras. Y al final me pedí un whisky y me quedé dormido con una chaqueta grande sobre mi pecho y piernas. Al cabo de tres horas empecé a sentir un roce decidido. Era la mano de Valentina sobre mi sexo, que no tardó en elevarse como la vela de un barco insumergible. Abrió la corredera y sacó el miembro. Las luces apagadas condescendían. Yo no hice movimiento alguno. Todos dormían. Ella empezó a masajearlo con suavidad, presionando levemente con su pulgar el glande, que para entonces despedía su irreversible savia. Apretó luego el tallo. Palpó las bolas. Jugó con los vellos, demorando la excitación. Después agachó su cabeza a la altura de mi regazo, yo levanté la chaqueta para permitirle entrar en aquella fortaleza de concupiscencias.

Alzó mi camisa y posó su lengua en mi ombligo. Mi pene lanzó sus ráfagas de semen.

- Humm- musitó, sorbiendo de a poco el líquido desparramado entre la chaqueta y mi pantalón. Fue delicada, no dejó ni una gota por fuera de su boca. Luego supe que era adicta. Incluso absorbió una parte del fluido que cayó en mis manos, como un colibrí salvaje en su indomable apetito.


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