Cartagena de indias - Colombia
Lunes 11 Diciembre de 2017

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Docencia para después de la guerra

Quienes saben más de paz (y de conflicto) en nuestro país son los educadores.

Son ellos quienes están en mitad del torbellino de una vida cercada. Son quienes conocen la tragedia y los rostros de ambos bandos.

Los educadores no son tontos. Saben que este modelo de educación impuesto lo que trajo fue la guerra a nuestros predios. Un modelo de educación adecuado para las élites, que forma el carácter para la ventaja y la imposición de unos sobre otros.

La clave del éxito de alguien es que tuvo un buen profesor. Pero ¿el éxito en qué? y ¿por qué medios? Conocemos a muchos profesionales que son ejemplo de lo que surge de una educación para la competencia y que le da prioridad al hecho de conseguir todo a costa de lo que sea. Profesionales capaces de “cartelizar” todo aquello que toquen (hasta la misma educación) y dispuestos a subirse a cualquier “carrusel”.

No es por generalizar pero es un modelo que no favoreció la diferenciación individual y la solidaridad, sino que impuso la entronización de caudillos y robusteció las ideas para el agrupamiento de los “seguidores”.

Un modelo hecho a la perfección para el contagio emocional de las ideas sectarias, o para la unanimidad de opiniones y ­­--en el peor de los casos-- para el pensamiento dualista y la tolerancia de los prejuicios.

Como dijo Winston Churchill: “El problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes”. 

Un país con una educación para la competencia descarnada será víctima (de nuevo) de los liderazgos enfermizos que conducen a la intolerancia y la guerra.

A todos nos toca pagar un precio por ese modelo pero es a los educadores a quienes les toca el más alto precio pues son ellos quienes, insertos en dicho modelo, terminan neurotizados. Empezando porque les toca aplicar esa forma autoritaria de evaluación que es el número.

Se forman así profesionales con la más alta inteligencia, pero para el litigio y para la contienda. Se impone así un estado “darwiniano” de cosas en el país que diseña el escenario para que persista la lucha de unos contra otros, y prevalezca la ley natural de que el pez grande se traga al más pequeño.

Por eso la universidad no es sinónimo de educación, pues prevalece en sus paredes un proceso de reproducción simbólica. Es producción en serie (igual que en el fordismo) de “funcionarios” (u operarios) del saber para una sociedad inmersa en el consumismo.

Es decir: todos tenemos que “saber lo mismo” para “ser profesionales” e ingresar a un nicho laboral. Todos debemos alcanzar unos objetivos parecidos para “ser” alguien. Quien no aprende un manojo de conocimientos (bastante limitados, por cierto) se queda sin “ser” profesional. Hay que apropiarse de un saber, un saber que es a la larga el instrumento de una elite.

Con este modelo viejo hay un divorcio entre formación y humanismo. Por ello se necesita una educación para la paz, pero más, una transformación de la educación que aborde temas de fondo, que prepare a nuevos seres para el sector productivo pero que al tiempo los prepare para la convivencia.

Nos toca a todos. Sobre todo porque la educación en Colombia nunca ha sido correspondida con una continuidad política y económica y por ello está separada de muchos aspectos de trascendencia del país. Un ejemplo es el hecho de que ad portas de la paz aún no hay una propuesta clara.

El escenario del posconflicto lo exige. Y sería una educación que involucre a víctimas y a victimarios, pero al tiempo que tenga una altísima inteligencia con el fin de librar las ambivalencias.

Un país con una educación capaz de resolver los problemas de desarrollo y de gobernabilidad, además de los conflictos más acérrimos.

Una educación que fomente las regiones apartadas en las que se dé un equilibrio de libertades que no se perturben entre sí.

La suerte futura del país depende de reorientar hacia la educación recursos que hasta ahora se habían dedicado a la beligerancia.

Y esa solución tiene que ser abordada por el Estado con la misma urgencia y la misma dedicación que ha tenido siempre frente la guerra.

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Imagen de juancarlosguardela

Periodista y cronista. Comunicador social y documentalista. Docente universitario. Magister en Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana.

Últimos comentarios

Está en la promesa.

Un buen pastor

Lectura exquisita para un viaje a la conciencia.

La sombra es cosa seria

Excelente texto muchachón...quiere decir que escribir es una razón excelsa, una exquisita dedicación...para seguir vivos.

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