Cartagena de indias - Colombia
Domingo 30 Abril de 2017

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Garbo y congoja del sombrero vueltiao

Texto y fotos: Juan Carlos Guardela Vásquez

1.

Creo que todos los habitantes de Pueblecito, corregimiento de San Antonio de Palmito, Sucre, son artesanos. Lo digo porque si tuviéramos bien afinados los oídos escucharíamos, en mitad de su plaza, el runrún afelpado de cientos de manos metidas en la labor frenética del tejido del sombrero vueltiao. No hay tejedores más rápidos a lo largo de toda la sabana de los zenúes. Y para demostrarlo, más de 500 indígenas tejen el sombrero vueltiao más grande del mundo. Lo han dicho a los cuatro vientos: tendrá doce metros de ancho y tres de altura. Lo han dicho a todos los periodistas que han llegado a Pueblecito: se hará con seis mil metros de caña flecha. Lo han repetido hasta el cansancio por las cadenas nacionales de radio: unos mil quinientos metros de hilo de nylon serán usados en la costura.

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Una verdadera hipérbole, y es que no hay nada en estas tierras tórridas como la eficaz hipérbole. La exageración nos hace excepcionales. En la forma o en el fondo, en lo variable o lo intenso, en lo pequeño o lo inmenso. La exuberancia nos redobla, es la mejor manera de dejar de ser inéditos. Nos reafirma y al tiempo nos vincula con los otros.

Lo tejen, digo, de seis a seis sentados en sillas plásticas en la plaza, que realmente es una cancha de microfútbol a la que colocaron un parasol de sacos para que el sol no los golpeara tanto.

En cada jornada encienden, sobre una tarima, el equipo de sonido de la escuela pública. Esta mañana todos tejen concentrados mientras oyen la Coral de Beethoven en la emisora zenú que transmite desde San Andrés de Sotavento.

A un lado de todos, de pie y coordinando cada detalle, están dos líderes de la organización de tejedores: Nariño Almanza y Erik Manuel Bruno, ambos con sombreros vueltiaos. Almanza, enérgico y regordete, mide trenzas, rectifica pintas. Bruno, quien no tiene el fenotipo de indígena zenú, al contrario: tez blanca, ojos café y abultada cara sabanera; ensarta artesanías con alfileres en una red de pesca abierta en toda la plaza. “Con este sombrero nos van a valorar más nuestras artesanías. La idea es que en muchos países reconozcan este trabajo”, dice Almanza, pero Bruno lo supera en ingenuidad: “Fue un gol que le metimos a Tuchín. San Antonio de Palmito se va a dar a conocer más”. Lo dice porque Tuchín, en Córdoba, es el pueblo que ganó la disputa de ser cuna del sombrero vueltiao.

Luego de un rato la voz de Carlos Vives canta Lirio rojo. Aunque se mecen mientras tejen, ninguno se desconcentra, ni siquiera los niños.

2.

Al sombrero vueltiao le ocurre lo que a casi todas las artesanías de Colombia: los intermediarios son los que se quedan con las ganancias. Es difícil que alguien haga algo para cambiar las cosas, incluso las entidades encargadas de promoverlas durante décadas han estimulado esa plusvalía.

“Así son los percances del mercado y así seguirá siendo–– reprochó Almanza––, un sombrero de estos, el quinciano, por ejemplo, cuesta de 15 mil a 20 mil pesos en la zona y es vendido en más de 600 mil en Bogotá y otras ciudades. Algunos como el 19 y el 27, que son más finos, llegan a costar en EEUU 800 dólares”.

Lo que hace que esta plusvalía se asemeje a la mano del Diablo es el hecho de que, contrario a la ganancia final, los indígenas de la zona reciben 600 pesos por cada metro de trenza tejida.

Para hacer un sombrero completo basta una trenza de cinco metros. Muchos indígenas trenzan sólo dos días a la semana. El asunto es que el transporte en moto taxi vale el doble de lo que ganan. Además, el trabajo tiene que ser por turnos para que los restantes tejedores de otras veredas tengan también la posibilidad de tejer en el proyecto.

Los nombres de 15, 19 o 27 provienen no del número de vueltas que tiene un sombrero, sino del número de hebras con las que se trenza una tira, por ello un número alto de hebras le imprime mayor calidad al producto terminado.

La idea de hacer el sombrero vueltiao más grande del mundo la tuvo Denis Jaraba, una profesora de San Antonio de Palmito. Sólo bastó contarlo a algunos de los líderes para obtener apoyo. De inmediato al proyecto se le sumó el alcalde del municipio, quien lo incluyó en el Plan de Desarrollo, y de paso la Gobernación del departamento.

El riesgo de construir un objeto tan grande es que colapse sobre sí mismo, por eso Jaraba se asesoró de un arquitecto. Como si se tratara de la más increíble de las medidas, durante semanas calcularon con fórmulas matemáticas el equilibrio entre el peso y el volumen, entre la dimensión de las trenzas blancas y negras, entre el alero y el cabezal, así como entre la sombra y la claridad.

Jaraba llega cada mañana a Pueblecito con sus agrimensores en un Corsa blanco que parquea en la plaza. En cambio la fiscal, el tesorero y todos los vocales de la red de artesanos que teje el proyecto, llegan cada día a pie o en moto taxi desde veredas lejanas.

“Con este proyecto ponemos nuestro granito de arena para mejorar la calidad de vida de los artesanos. La idea es que se tenga la osadía para algo grande. Nos ganaremos el Guinness World Records”, al pronunciar la frase en inglés Almanza contempla con curiosidad el rostro de Jaraba.

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3.

El procedimiento es dispendioso. El cultivo de la palma demora tres años. Corte, raspadura, tintura, tejido y costura, demoran meses, casi un año. Se empieza por cortar las hojas, de las que se obtienen unas pencas lisas que se asolean por tres días.

Las blancas se cocinan con cogollos de caña agria, naranja agria y limón. Esto las deja tiernas. Entonces se dejan de nuevo al sol.

Las pigmentadas se tinturan en el fango de una ciénaga ubicada a 10 kilómetros a pie, espeso barro que traen en pesados barreños. En ese fango demoran tres días las pencas. Luego se lavan y son puestas al sol dos días para volverlas a meter en el barro una vez más por 72 horas. Se lavan y se colocan, otra vez, al sol. Ya secas se ponen a hervir con bija, una planta rojiza. Se repite el proceso de hervido.

Ya secas, tanto tinturadas como blancas demoran una noche a la luz de la luna. Los artesanos insisten en la importancia de ese baño de luz de luna porque se ponen tiernas. Después de todo esto viene el tejido, la labor más ardua.

Trenzar es una actividad meditativa y profunda. Acaso repleta de amor y de espera. Si por un instante se pierde la atención se arruinaría el proceso. No es de obediente naturaleza y no es una labor mecánica, como creemos. Debes tener la disposición de encontrar significado en las tareas ordinarias, encontrar el vínculo, el valor y la belleza en las cosas sencillas; en vez de exigirle a todo un drama cósmico, un entretenimiento sin par o una intensidad extraordinaria.

Para apreciar mejor al sombrero vueltiao no debes mirarlo en su dinámica de apoteosis. Tejer un vueltiao es como el acto de descascarar el arroz para los monjes zen.

La trenza zenú no es macramé. Exige una comprensión distinta, es un entrecruzado de la realidad. Contrario a lo que piensan muchos una trenza zenú no es un tejido múltiple sino multiforme. Tiene distintas profundidades y capas, algo que no puede entenderse con la simple mecánica del telar. Por eso se hace a mano, más que a mano se hace a dedo. Cada dedo tiene una danza perteneciente a un orden profundo.

Aquel que piense construir una máquina para el tejido del sombrero vueltiao fallará en su intento, tendrá un tejido burdo que se quebrará, un pellejo sin vida.

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4.

Es posible que el sombrero haya sido instrumento ritual en la jerarquía y los credos mágicos-religiosos de los zenúes. Desde Norteamérica hasta la Patagonia el tejido es sagrado para los indígenas. Cronistas describen al tejido como forma de escritura, tal como pasó con los quipus entre los incas. A través de un tejido enviaban razones, sacaban cuentas, contaban noticias del reino.

Según la iconografía precolombina los tejidos definían los mitos de la Creación; la tejedora podía, en su labor, modificar sucesos (epidemias, guerras, inundaciones). Se detallaban sacramentos, maneras de adivinar y el arte de curar.

Fue usado por Alejandro Durán y los Gaiteros de San Jacinto, Carlos Lleras Restrepo se lo puso en su campaña por la costa en 1966, acaso fue el primero que le halló su potencial simbólico. Se le vio a Katharine Hepburn en una película. García Márquez lo ha lucido en muchas ocasiones. El “Happy” Lora lo usó en el ring cuando se coronó campeón mundial gallo en 1985. Lo lució Juan Pablo II y, hace poco, Elena de Borbón. Es proverbial el que Bill Clinton guardó en la Casa Blanca. Lo llevan con orgullo deportistas y reinas. Se le ve en entregas de premios Grammy Latinos y se impuso como patrimonio cultural de la nación mediante la Ley 908.

Visitó todos los confines. Subió todos los escaños. Tiene su reinado, su feria y su festival nacionales. El símbolo de Colombia no es la orquídea, el cóndor, el café o el Carnaval de Barranquilla; es esta prenda indígena. Un atavío que concede al que se lo pone una cercanía con la música. Enciende otro tipo de inteligencia, la del cuerpo. Aunque sea suntuosa vistosidad no se trata de una escena de jactancia, es algo más; otorga la investidura del garbo.

Pero hoy es añadido a una vestimenta de muchachitos de ciudad con gafas Police, camiseta, pantalones camuflados y poncho, o como insignia de rico. Hace parte del kit de lo colombiano impuesto por las élites en donde lo costeño sólo es asumido en su aspecto rudimentario acompañado de pulseritas plásticas. Detrás de esa pantallería hay creencias e imágenes que se entronizan en metáforas modernas, fardos ideológicos que sirvieron (y sirven) para la exclusión social y étnica.

¿Es el sombrero el fortalecimiento de una identidad étnica o la integración de estos indígenas a un compendio de “lo nacional” que termina mancillándolos?

La riqueza de nuestra legislación cultural, esa que nos ayuda a comprender al otro y que se basa en nuestras diferencias, ha vigorizado precisamente las diferencias económicas y de clase. Tanto que hasta en la finura del sombrero existe un rasgo o clave clasista.

Por otro lado, prevalecen los imaginarios criollos y mestizos que pisotean el legado de nuestros indígenas. Discursos y creencias higienistas sobre lo limpio. En todas las épocas estas ideas estigmatizantes establecieron una visión moderna, autoritaria y etnocida contra indígenas y negros instaurándose como discurso, política y hasta programa de desarrollo aunando de paso lo pestilente a estas etnias. La suciedad entendida como una construcción cultural fue permeada por procesos de diferenciación y polarización social o etnoclasista.

Así mataron su lengua. Fue una higiene bien realizada. Había que eliminar de los modos públicos de expresión al multilingüismo y la multiculturalidad. La lengua de los zenúes (como muchas otras) fue equiparada a la excrecencia. Entonces les quedó un español de apócopes y barbarismos: Trasantegeyerote: anteayer. Maizmirillo: maíz amarillo. Jurgate el choto: hurgarte el trasero. Morro: romo. Me embalsé: me excedí. Lajatofo: la fotografía. Azúa: azul. Bejuco: teléfono. Calabacito alumbrador: bombillo. Zarapa: comida. Flaviar: burlar.

Los zenúes fueron expropiados en todas las épocas desde la Colonia. Pero fue mayor cuando se detectó el petróleo en el territorio o creció la figura del terrateniente. Siempre se buscó formas de legitimar el robo.

En los 70 esa lucha se ligó a los movimientos sociales indígenas y a la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos bajo la línea Armenia, pero benefició a los terratenientes que dejaban invadir pedregales que luego el Estado se vio obligado a comprar.

Luego de la Constituyente, muchas tierras se benefician con garantías de inalienabilidad, inembargabilidad e imprescriptibilidad a favor de los resguardos, pero un buen porcentaje aún está en el limbo.

La región ha tenido presencia paramilitar durante décadas y varios de sus dirigentes hoy son investigados por parapolítica. Hay macroproyectos al lado de un modelo económico con ganadería extensiva, latifundio y concentración de tenencia de la tierra, pero con altos niveles de pobreza. En estas circunstancias de violencia, empobrecimiento, inversión económica y ubicación geoestratégica, resisten en sus propias leyes.

Pero la mala semilla germinó. Son ya legendarias las vivezas de algunos caciques y capitanes que han sacado provecho al pueblo zenú, como Antonio Martínez Hernández y Pedro Pestana, quienes robaron millones de regalías a través de una Empresa Solidaria de Salud (ESS) que aún funciona. Hoy son reos ausentes, se esconden en veredas y mandan sobre la población.

El cacique José Miguel Clemente purga pena por parapolítica en Corozal. Fue impuesto varias veces por hombres armados y tuvo la desfachatez de robarle a cientos de niños indígenas miles de pares de zapatos enviados por el gobierno. Sin embargo todos consideran que fue una víctima del sistema.

Hay diputados, concejales y capitanes por todos lados pero el panorama no cambia. Lo único que cambia son las buenas costumbres de esta gente que tenía una larga tradición de convivencia.

Hay cupos universitarios especiales para los indígenas en la Universidad Nacional de Colombia y en todas las universidades privadas del Caribe. Pero prestigiosas familias de la región compran esos cupos por 200 mil pesos arrebatándoles la oportunidad a los jóvenes indígenas. No es raro ver algunos estudiantes que aseguraron sus cupos aunque tengan ojos castaños, barbillas y narices estilizadas, que no serían capaces de asegurar que son de alguna etnia.

Lo mismo ocurre con la exoneración del servicio militar. Todo porque los capitanes expiden certificados de etnia a quienes no son zenúes.

Se sabe de empleos a indígenas generados por algunos municipios de Sucre y Córdoba. Pero éstos (y la paga) tienen que ser compartidos con otros indígenas. A parte de eso tienen que pagar mensualmente al capitán que consiguió el “contrato”.

Una mujer de unos cincuenta años me llama desde la puerta de su rancho, con sigilo, para que nadie en la plaza se dé cuenta. Dice que su nombre es Santa Isabel Beltrán y que cariñosamente le dicen Checha. Tiene las manos callosas y llenas de tintura. Me lleva a su sala y saca de un armario una trenza. La lleva a mis ojos para que la detalle. Bajando la voz, como si me estuviera diciendo el más grande secreto de los zenúes, dice: “Es una trenza 32. Ya nadie aquí hace este trenzado. Yo solita la hago y me demoro cinco semanas en hacer medio metrico. Estoy preparándome para entregarle un sombrero al Presidente cuando venga”.

Contemplo la pieza de unos 10 centímetros de largo. Es tupida y fina, con cierto toque brillante y de una tersura impresionante. Parece una tela. Entiendo entonces que tejer un sombrero de 32 pares es una labor titánica.

“Este sombrero es tan fino que se puede guardar en un bolsillo sin que pierda la forma. Como un pañuelo. Se lo estoy enseñando a todas las niñas de la comunidad”.

En sus ojos se ve. Checha trata de recordar relatos de sus ancestros. Pero no puede. Acaso relatos de grandes reinos perdidos, vastas migraciones, guerras seculares y largas en las que los hombres eran ayudados por la brisa, el río, las aves. Reyes que guiaban a sus gentes en las travesías y que si morían era porque, en algún momento de sus copiosas vidas, habían ofendido a los dioses. Reyes de verdad, jueces justos, consejeros y oficiantes de ceremonias perdidas.

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6.

A un lado de Pueblecito, en la vereda Palmar Brillante, el alguacil Faustino Segundo Ferias, de 76 años, cuida del cepo.

La cárcel es una choza de palma y caña flecha. Al lado de ella, en un monte, Faustino machetea achiotes. Me sonríe y se le ve, de lejos, la forma como tiene anclada su sangre de indio.

Abre el candado de la cárcel. Hay un hombre de unos 20 años con un pie en el cepo. De inmediato el hombre empieza a quejarse de las picaduras de mosquitos en las noches. Faustino responde que tiene que aguantarse, que un castigo es un castigo.

La cárcel es fresca pero imagino la incomodidad por los mosquitos y la humedad de la tierra en la que está sentado el preso. A un lado hay una mesa y dos bancas grandes semejando un tribunal. “Esta cárcel la construyó la comunidad porque Pedro Pestana iba a purgar su pena con la ley zenú. Pero la justicia de los blancos no lo dejó. Así que allí quedó el cepo. Como ve, está arregladito. Tiene fama. Acá vienen a purgar pena presos de los 19 cabildos”. Hace un calor infernal.

Según Faustino la cárcel es a la vez un tribunal en donde es presentado el acusado, ante el cabildo, junto al capitán y un grupo de alguaciles. Entre todos deliberan las penas. Los familiares del acusado están presentes para defenderlo y arreglar las cosas con los demandantes. Se trata sólo de delitos menores porque agresiones y homicidios son ventilados por la ley blanca.

Colgado de un clavo un folder curtido contiene algunos papeles en donde, según Faustino, está escrita la ley zenú. A esas anotaciones recurren cuando el cabildo en pleno tiene algún desacuerdo en cuanto a las penas que tiene que imponer.

Faustino cuenta un incidente donde tuvo que demostrar arrojo: un hombre se fue con mujer e hijo a raspar palma a Antioquia. A los veinte días regresó solo. De inmediato, una voz maledicente regó el chisme de que había enterrado vivos a su mujer y su hijo. “Vinieron los paracos a llevárselo. Casi lo matan. Pero los del cabildo nos metimos y exigimos que nos dejaran aplicar nuestra ley”.

Al hombre le hicieron un juicio y lo pusieron al cepo antes de entregarlo a los paracos. Pero cuando iban 9 días llegaron vivos la mujer y el hijo. De esta manera la ley zenú salvó a un inocente.

Faustino Segundo Ferias cuenta que tiempo atrás se hablaba de caciques dignos de encomio como Pedro Gerónimo Dignas y Eusebio Feria, y de muchos otros de los cuales se olvidaron sus nombres. Nunca traicionaron a su pueblo y protegieron la ley. Se sabe que en 1955, Jerónimo Linaza hizo una marcha a pie hasta Bogotá para que las élites se enteraran de la problemática de expropiación de los indígenas. Pero no fue escuchado. “El hombre vino con el corazón roto, y así se refugió en su tierrita hasta que murió al poco tiempo”. Otro hombre de arrojo fue el caciques Tiburcio Clemente y la peleadora Rosa Martínez Polo, recia mujer de quien se supo fue una de las últimas en hablar la lengua zenú, hoy extinta.

Faustino muestra absoluta discreción, no explica por qué el hombre está en el cepo. Cierra la cárcel y me lleva a recorrer Palmar Brillante. En cada casa todos trenzan ensimismados. Pero en una esquina, y sin que se dé cuenta Faustino, unos niños me dicen que el del cepo le había levantado la mano a su madre.

7.

En una casa de San Antonio de Palmito encuentro a varios hombres que me hablan sobre las costumbres de los indígenas. Varios de ellos cuentan sus experiencias en la zona desde hace años. Dicen que a las indias no hay que “echarles el cuento”. “Por mucho que gaste palabras, nada que te lo dan. Por mucho que te pongas romántico. Hay que agarrarlas de la mano y llevarlas al arroyo, o al oscurito del camino, o a las palmas, sin decirle nada”.

Llegan otros hombres, con más caras de indios que de otra cosa (según el Dane, sólo el 10,4% de la población de Córdoba y Sucre se reconoce como indígena). Gozan contando cómo en los entierros ellos robaban la comida ofrendada a los indios muertos. Hablan con sarcasmos de sus bailes, de sus maneras del amor y su temor a las armas de fuego.

“Ya no hay zungas. Yo ya no me como a las chinotas porque ahora ya les salen pelos”, reniega uno.

Los imitan en su inocencia y pobreza y repiten, con burla, su español tasajeado. Narran cómo se les bebían el guarapo y el ñeque y cómo se llevaban sus mujeres aunque ellos, siempre, los atendían con tersa generosidad ofreciéndoles sus hamacas y conversas.

8.

A los niños, para que sean buenos “colombianitos”, les obligan a raparse como soldaditos. Tienen cabezas lisas en vez de largas cabelleras como sus ancestros. Es el discurso patriótico lo que les han embutido a sus cabezas. Claro, la escuela los hace prosperar, los transforma y les prepara las cabezas.

“Ahí van los chinos”, dicen los “civilizados” al verles llegar con sus cabezas rapadas al centro de San Antonio de Palmito. “Ahí van los chinos. Ahí van los zungos”.

Y ellos les responden, con una inteligente ironía: “Ahí están los libres en la esquina. Ahí van a estar la vida entera”.

9.

La madrugada del primer lunes de cada mes, un bus intermunicipal, a la orilla de la carretera en distintos pueblitos de la zona indígena, recoge el mayor número posible de muchachas indígenas mayores de 18 años que decidieron, de una vez por todas, trabajar como muchachas del servicio en la capital. Llevan el equipaje en bolsitas plásticas. Con risotadas y algarabías se acomodan en el automotor que demora 24 horas en llegar a Bogotá. Van convencidas de buscar sus destinos. Van a empeñar su libertad por tres comidas diarias y una cama al lado de los perros de la casa de quien será su matrona.

A pocos kilómetros, en un salón de la Alcaldía de San Antonio de Palmito, se exhibe para cualquier visitante el gran sombrero vueltiao que fue noticia. Como pesa tanto resultó un gran ovillo desgarbado al que tienen que colocar sobre una estructura de hierro, cosa que complica su transporte. Aun así lo han exhibido en distintos parques durante las festividades de algún municipio de la región. Pero la mayor parte del tiempo yace, como un gigante dormido, en los patios de la Alcaldía, donde el sol y la lluvia lo mancillan.

Se trata de un exvoto del abandono, pues no alcanzó el dinero para exhibirlo en las grandes ciudades de la costa ni para traer a los jurados desde el exterior, y se le quedó debiendo dinero a los tejedores zenúes.

Sin embargo, la profesora Jaraba convenció de nuevo a la población y a la Alcaldía de un proyecto, al cual —de nuevo— califica de “sin precedentes”. Su excentricidad obtuvo, de nuevo, el apoyo económico de la Gobernación del departamento y del Ministerio de Cultura. Se trata de un proyecto para que los indígenas, en su trenza milenaria (lo único que les queda), tejan palabras en inglés.

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Periodista y cronista. Comunicador social y documentalista. Docente universitario. Magister en Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana.

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