Cartagena de indias - Colombia
Viernes 09 Diciembre de 2016

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Senderos de ñeque

 

«¡ESTOS INDIOS ENSUCIAN hasta la mierda!».

La voz del iracundo venía del otro lado de la puerta. José de los Santos, escondido con su prole en el bohío, lo vio por entre las hendijas montado en el caballo. Tenía la candela en una mano y en la otra el enorme machete. Oyó cómo la rula abrió tajos en la madera y destrozó los huevos que guindaban de un totumo en el quicio. Oyó la gritería como si arrearan ganado. Sintió encenderse la palma de la techumbre. Oyó entonces los disparos y el pánico. Los indios cuando oyen disparos se desmayan; es un terror que les despepita los ojos y que tienen encajado hace siglos debajo de la piel. Los niños corrían de un lado a otro. Aullaban. Se orinaban. Los de la policía montada (los de la Popol) mocharon los gallineros y los tambos, degollaron al perro, echaron cagajón en el agua y antes de largarse dijeron que volverían. Tan pronto como se fueron trataron entre todos de apagar la quemazón con tierra, con barro. Luego pasaron sesenta años. José de los Santos palpa la madera del portón con las manos envejecidas y me muestra la cicatriz producto del machetazo que le dieron esa madrugada. Observo sus detalles. A lo largo del tiempo las paredes han sido pintadas pero el portón nunca. Veo que se trata del vestigio de una ira antigua que se mantiene intacta.

«Ya se han muerto todos los padrinos de mi casa», dice mientras me agarra del brazo y me guía hacia dentro de la fábrica de alcohol. Me explica que bautizar una casa es una olvidada costumbre de su pueblo zenú. Me habla de los años en que por esos montes hacían platos de vecino cuando cobijaban los bohíos. Mataban cerdos, gallinas y animales de monte. Se daban su ahitera de ron ñeque y llegaban los vecinos a ayudar a empalmar. Entonces se nombraban a los padrinos para bautizar cada uno de los horcones, que eran vestidos de la mejor manera con papel celofán, y los padrinos les ofrecían (a los horcones y a los invitados) la mayor cantidad de licor y viandas. Los hacían partícipes de la fiesta, les hablaban a esos postes centrales de la casa. Era un juego, pero también una peculiar celebración en honor de la tierra y al albergue.

«Una casa bautizada resiste muchos añales», asegura mientras espanta jejenes que no ve. Y entiendo que se trataba de una puesta en escena que influía en lo subterráneo, una geológica unción no sólo con el fin de dar vigor al asentamiento sino de perpetuar la hermandad. Conjeturo que es algo más que simples rudimentos de festejo y que tiene más que ver con la magia que con otra cosa.

Por todos lados se extiende un olor azucarado y primitivo.

***

La ciudad cuadriculada extendió su carácter conventual y jerárquico; recinto del orden. Se le llamó villa pero fue vana Arcadia, estancia del tedio. Su antípoda es la vereda, el caserío; los parajes brujos. Espacios mestizos sin fronteras sobre antiguos senderos indígenas por donde escaparon los negros, ámbitos de la superstición. Se les llamó (se les llama aún) el monte.

José de los Santos Morales ha vivido 105 años en el monte. Se ha movido en un pequeño espacio a un lado de la única calle de la vereda Bomba. Está bastante sordo y casi ciego. Su bohío tiene tres divisiones: un cuarto con camas de viento, una cocina –arriba un zarzo lleno de ajonjolí– y atrás, escondida de los curiosos, una fábrica de ñeque.

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José de los Santos y sus bisnietos junto al alambique. Foto: Juan Carlos Guardela.

 

«Mi papá decía que la hicieron por el año 1880, pero creo que mis abuelos ya la encontraron hecha».

Nos sentamos frente al alambique y el anciano suda por tanto humo en los costados. Tiene humo impregnado en la piel, ya que está ahumando desde hace un siglo. Los bisnietos lo abruman. El alambique no quiere hervir. Le da rabia y regaña a la leña.

Poco a poco voy entendiendo a José de los Santos. Percibo que para él yo tengo también que ahumarme, meterme en su espeso túnel de tiempo. Los ojos se acostumbran. Entonces mete más leña al fogón. Luego de un rato, el alambique empieza a temblar y a emitir sonidos sordos, como si tuviera un animal mencerrado. De inmediato hay vapor por todos lados. El olor dulzón se eleva y me abraza. Creo que el olor camina por el sendero hasta la entrada del bohío, atraviesa dos o tres cuadras y llega a la plaza. Sube las cercas de caña, cruza solares y se mezcla con los olores dulzones de las otras fábricas de ron escondidas en los ranchos vecinos. Allí espera para incrustarse en la nariz del que llega. Es el mismo olor que sentí a la entrada del pueblo. Ahora lo siento en toda su intensidad y le veo su rostro solemne de 105 años.

De la cabeza del alambique sale un largo tubo que, a un metro y medio, adquiere la forma de una espiral que se zambulle en un tanque con agua para refrigerar los vapores. Poco a poco el licor va saliendo por la rústica punta de cobre y cae sobre un pedazo de algodón, encima de un embudo en la boca de un tanquecito de plástico. El tanquecito demora treinta minutos en llenarse. Así que esperamos en silencio ante una hilera interminable de tarritos blancos.

Veo que, como muchas de las labores del campo ––los partos, la cosecha, la cacería y la pesca––, ésta también es una actividad de espera. Aquí lo inmediato produce desaliento. Es la esperanza la que se incrementa.

José de los Santos tiene una expresión intensa que le gobierna la cara y produce una sensación de armonía en todo lo que nos rodea.

***

Para llegar a Bomba tienes que recorrer en moto unos veinte kilómetros desde San Antonio de Palmito, que a su vez está a cuarenta kilómetros de Sincelejo. Es la antigua tierra zenú, regida por cabildos de autoridad tradicional en resguardos entre Sucre y Córdoba. Antes, el recorrido se hacía en mulo o en burro (a dos tabacos, decían); ahora, en mototaxi, se hace en algo más de 45 minutos.

Antes ninguno habría imaginado un teléfono a mitad del camino, ahora hay ventas de minutos a celular y gasolina por litros en cada recodo con sombra para abastecer a las motocicletas que recorren la zona. La mejor modernidad es la que ayuda sin atosigar.

Las calles están despejadas, no hay barro. El pequeño Bomba está ataviado porque es el último día del año. Algo que queda de la vieja tradición es que en la plaza entierran un poste inmenso en el que convergen cadenetas de colores que salen de todas las casas.  Acaso una metáfora de la convivencia, de hacer que todas las cosas confluyan en el centro de la plaza. Los habitantes se afanan en que cada fachada esté pintada y elegante.

Un grupo de niñas barre la inmensa plaza con escobas de palito. En toda la plaza se oye el ruido de una chicharra. Bomba sería un pesebre si no fuera porque un hombre descamisado y con una palma en llamas le quita los pelos a un cerdo acabado de sacrificar.

En algunos parajes, mujeres de hermosos ojos se esconden de la mirada del advenedizo. Noto que todos se dicen "primo". Yo también resulté ser primo de todos. Tienen una burda cordialidad contagiosa. El fenotipo ha cambiado y ya no se puede diferenciar al indio del libre por su rostro. Es más, muchos indios no se creen indios. O muchos no saben su origen o a muchos ya no les interesa. Según el censo de 2005, sólo el 10,4% de la población en Colombia se reconoce como indígena.

Hay más viejos que jóvenes. El último que murió en el pueblo tenía 108 años y era Francisco Morales, hermano de José de los Santos. Jose, como le dicen todos, no duda en revelarse la dieta que le da longevidad de su linaje a todo aquel que se la pida: «Buena vitualla, bastante carne y verdura. Tranquilidad, sobre todo tranquilidad y, eso sí,  ñeque; no mucho, porque todo en exceso es malo». Todo, incluso la tranquilidad de la que habla, se puede cultivar en cien metros a la redonda.

La gente en la zona dice que en cada casa de Bomba hay una fábrica de ñeque. Es una exageración, pero sí son unas quince las que funcionan en medio de las treinta casas de la vereda. «Más allá, en el monte, hay más», dice José de los Santos.

Se acercan las fiestas del 20 enero en Sincelejo, las de Sampués, las de San Antonio de Palmito y las de unos veinte pueblos a lo largo de la sabana así que las fábricas trabajan todo el día. El goteo del alcohol es constante. Ese ron se junta con el de las otras fábricas de Guaimí, Media Sombra, Pueblecito, Buena Vista y quién sabe cuántos más hasta convertirse en un torrente. «Mire, que yo sepa, nunca se ha dado abasto de ron para tanto bebedor. Siempre falta», ironizó  José de los Santos. Se refiere a los sedientos fandangueros de todos los confines.

Cada madrugada, un pequeñito y destartalado bus, en el que caben unas diez personas, sale de la zona cargado de incontables bidones de ñeque junto a unos cuantos pasajeros apretujados. Nadie los descubre.

***

La historia del Caribe es la historia del ron. En 1493, Colón, en su segundo viaje, trajo a las Antillas desde las Canarias los primeros canutos de caña de azúcar. Los pobladores  del Caribe hicieron con el guarapo de caña una bebida feroz a la que llamaron tafia. Luego descubrieron que el almíbar combinado con agua y expuesto al sol se fermentaba, convirtiéndose en un alcohol que, al ser ingerido, ocasionaba efectos en el comportamiento.

Los piratas en sus incursiones llevaron ese alcohol por todo el Caribe. En 1630 los colonos ingleses iniciaron su elaboración en cantidades considerables. Lo llamaron killdevil (matadiablo) o rumbellion (gran tumulto), que era el nombre de las fiestas piratas. Ya en 1667 se le llamó rum, quizá por la última sílaba del nombre científico de la caña de azúcar: Saccharum officinarum. Desde aquel tiempo y hasta 1970, los marineros británicos recibieron raciones de ron como complemento de su paga.

El ron se exportó a Europa y se convirtió en moneda de cambio en los siglos XVII y XVIII. Con el tiempo un 20% de la producción de América se enviaba a África para intercambiarlo por esclavos, oro y marfil.

En 1774 se inició en Colombia la refundación de cientos de poblaciones situadas en el Caribe colombiano. Antonio de la Torre y Miranda puso nombres de santos españoles a la mayoría de las poblaciones indígenas, fomentó la cría de animales, sementeras y mejoró las técnicas en los cultivos de algodón y maíz; de paso, prohibió la elaboración del ron en todo el territorio al fundar una fábrica real en Corozal. Así, los miles de fabricantes se convirtieron en ilegales y buscaron sitios ocultos con agua potable para los alambiques y continuar con la producción. De esta manera, los indígenas de San Andrés de Sotavento aprendieron la técnica.

Con la extinción de la renta de licores en 1810, vinieron intentos de prohibición a lo largo de décadas, hasta que se reguló en el primer tercio del siglo XX.

En el Caribe colombiano, su velada fabricación le impuso su nombre de animal que se esconde: ñeque. Habita cuevas difíciles de encontrar porque crea bajo tierra intrincados laberintos con infinitas entradas, por eso cazarlo es toda una disciplina. «Es un animal parecido al conejo pero más sabroso», dice José de los Santos.

Otros nombres fueron tapatuza (tapa de tuza), llama azul (por el color de la llama cuando se enciende), chirrinchi (en La Guajira), curuzu, gasinque y vichengue. Sin embargo, a pesar de las prohibiciones en todo el continente la producción ilegal se extendió hasta el cono sur. Se sabe también que desde la Mosquitia hasta la Patagonia distintas culturas creían que el ron tendía un puente entre los vivos y los muertos.

En la actualidad hay fábricas de ron ñeque en Betulia, Buena Vista, Majagual, Momil, Algarrobo, Media Sombra, Guaimí y en las 120 mil hectáreas que los zenúes comparten con los embera y los embera katío. Como se trata de una reserva indígena y de un patrimonio intangible, en estos tiempos no se persigue a los dueños de las fábricas como ocurrió a lo largo del siglo XX, cuando cada festejo en el Caribe colombiano tenía su ron prohibido revirando ante los rones de élite. Pero hoy el consumo aumenta y más por fuera de las zonas indígenas.

Hubo fábricas clandestinas en el Bolívar Grande, en Magdalena, Cesar y La Guajira. Con esas fábricas, algunas familias crearon fortunas que luego invirtieron en la ganadería. Acaso sea éste el primer lavado de activos. Y la razón es sencilla y José de los Santos la resume en una sola frase: «Ajá, nunca se va a dejar de beber». El consumo de licor en Colombia ha sido colosal en toda su historia, tanto que la primera industria nacional no fue de textiles ni de ninguna otra cosa sino de aguardiente.

Hoy, todavía estas fábricas mantienen vivos sus hervores en escondidas sendas del Caribe colombiano y más cuando se asoman, de vez en cuando, las crisis de las licoreras departamentales en las que tantos políticos corruptos abrevaron.

***

Hay sitios que no son sitios. Lugares destituidos de identidad aunque estén repletos de ilusorio consumismo: cadenas de comida, centros comerciales, McDonald’s, Carrefoures, Blockbusters. Frutos idénticos de urbes genéricas. Vacíos aun cuando algunos siembran en ellos sus raíces. En cambio, hay sitios con intensa diversidad que narran historias y muestran raíces rutilantes, pese a que sus extensiones son chozas, cercas, agüitas que corren, clorofilas asoleadas. José de los Santos creció en su patio. Ahí tuvo a tres mujeres. La última es Juliana Guevara, de la misma etnia y de Tuchín, unos treinta años menor que él y quien le ayuda en esta época del año. Ambos son seres básicos que producen su propia manutención. A pocos metros están la cerca con los animales, el agua en albercas, así como sembrados de ñame yuca y hortalizas y atrás, los espíritus del monte. «No ha cambiado en nada», dice al referirse a que puede tejer y destejer ese espacio en su memoria ahora que ve muy poco.

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La última mujer de José de los Santos es Juliana Guevara, de la misma etnia y de Tuchín, unos treinta años menor que él y quien le ayuda en esta época del año. Aquí nos muestra el "ron de cabeza". Foto: Juan Carlos Guardela.

 

Juliana destapa un tanque de 12 latas que hierve. Es el mosto con la levadura y es como si le hubieran echado una carga de 100 Alka-Seltzeres. La espuma trata de alcanzar el borde, rumorea, respira.

Sentado en un taburete frente a su alambique, puede adivinar con sus ojos cegatones los movimientos de la calle. En los años cuarenta desde ese mismo ángulo, vio pasar a las guerrillas liberales de Mariano Sandón y de Julio Guerra. Luego los sindicatos agrícolas, la gente de la lucha por la tierra y tantas otras reivindicaciones. Supo del nacimiento de la guerrilla que en menos de treinta años se instaló desde esos terruños hasta el Nudo de Paramillo. Entonces vinieron los mafiosos con sus algarabías, y hasta hace muy poco pasaron los paras («los mochacabezas»). Todos desfilaron con sus fardos por el frente de su casa en Bomba. Pero también vio pasar al baile y al juapirreo, esa gritería del goce. Vio bailar a Pola Bertel y María Polvo, a Teresa Popana y Paula Vitola, a Simonita Martínez y María Barilla. Hermosas e insurrectas bailadoras que fundaron el alma del fandango. José de los Santos no tuvo que levantarse del frente de su alambique para ver pasar esa historia entera con todos sus rostros.

 
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Es el mosto con la levadura y es como si le hubieran echado una carga de 100 Alka-Seltzeres. Foto: Juan Carlos Guardela.
 
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Por cada doce latas salen dieciséis «ganchos» (tanques) de cuatro litros. Son 64 litros en total, lo que es un gran rendimiento. El goteo del alcohol es constante. Ese ron se junta con el de las otras fábricas de Guaimí, Media Sombra, Pueblecito, Buena Vista y quién sabe cuántos más hasta convertirse en un torrente. Foto: Juan Carlos Guardela.
 

Es extraño, pero casi no tiene mundo en la cabeza. Esa pequeña patria no va más allá de las veredas Las Huertas, Media Sombra, Los Castillos, Pueblo Nuevo, Buena Ventura, Guaimí y de la ciudad de Sincelejo, donde siempre lo encarcelaron por ñequero.

«A Gaitán lo mataron en El Cerrito, corregimiento de Sincelejo», dice con absoluta seguridad.

Lo corrigen los hijos, los nietos, los vecinos y, la mujer que han hecho ronda para oir lo que le dice al visitante. Pero insiste en que fue ahí donde murió el líder, a unos cinco kilómetros de su casa. «Y se formó la quemazón. Fueron los de la Popol. Los mismos que venían a ponerme preso. Los mismos que mataron a Domingo».

Juliana explica que para José de los Santos todos los muertos se llaman Domingo, porque Domingo se llamó su sobrino muerto en la época de la Violencia, en el 51. Algo se quebró en su memoria la remota mañana en que a este lo tirotearon en una acequia.

Incluso para él se llamaron Domingo todos los indios y los libres asesinados en los parajes cercanos hasta hace poco por los paramilitares liderados por el desaparecido Rodrigo Mercado Pelufo, alias «Cadena», quien pasó de ser carnicero del barrio La Campiña de Sincelejo a maleante temido, y de ahí a enigmático líder de las AUC.

«Cadena» mató a tantos Domingos como pudo, impuso capitanes y caciques indígenas para percibir los recursos de las regalías. Hizo y deshizo, se alió con casi todos los políticos de la región y no había recursos del departamento del que no percibiera un porcentaje. Nadie votaba por los demás, sólo por quien «Cadena» ordenaba.

***

La guardia creada en los cincuenta para perseguir a los dueños de las fábricas de ñeque siempre entraba en la madrugada. Aplastaban el alambique, tiraban a la tierra el mosto y se llevaban los bidones de alcohol para bebérselo. Con tanto licor por controlar en la zona, los policías terminaban alcoholizados y en contrabandistas de ron. José de los Santos estuvo dieciocho veces en la cárcel nacional de Sincelejo por fabricación ilegal de alcohol. Pero siempre retornaba y restauraba la fábrica de manera precipitada. Escondía en el monte damajuanas, bidones, alambiques y tuberías de cobre, esperando esos momentos.

Y claro, lo sucio viene de afuera y de aquellos que son distintos. Muchos recuerdan cómo el obispo de Sincelejo se refería al ñeque en los sesenta. «Basta con olerlo para que sea uno castigado, eso es ron de indios», sentenciaba su reverencia, proverbial bebedor de whisky, quien tenía bajo sus órdenes a párrocos famosos por ser trasegadores del famoso ron clandestino, como el cura Villa, el cura Gallo y el cura Héctor, por cierto, únicos favorecedores de las comunidades de Majagual, Betulia y Sampués, y de tantas todavía apartadas de todo progreso.

El ñeque sigue siendo el hermano de los desposeídos y demostró con su permanencia en los playones del Caribe que es fácil hallar argucias para enfrentar (o mejor interpelar) al Estado que lo proscribe aprovechando las rendijas de las leyes.

A José de los Santos le arde que la gente diga que él fabrica licor adulterado. «No es metílico sino etílico. Esto es ron sano. Emborracha, no mata. Y es uno de los mejores del mundo».

Nunca ha probado champaña, bourbon o vodka. Desconoce los nombres Dom Pérignon, Absenta y Buchanan´s, pero en sus ojos hay una profunda afectación que hace pensar que no le cuadran esas palabras para su producto.

En la zona es famoso su ron. Por eso lo detallo como catador impostado. Es impecable y de un olor suave. Al principio se le siente la remota caricia de la caña, se percibe su carácter montuno, no es muy fuerte pero tampoco es muy manso. No atarea demasiado las papilas cuando pasa por el gaznate. No ofende. Entonces sube al pecho. Es como el saludo fraternal de un tigre. Uno imagina cómo se disuelve en la sangre, reconoce su camino en el cuerpo. Pero, insisto, no agobia. No hacer arder el estómago. Da tregua y, claro, luego enajena.

Algunos aseguran que con gotas amargas, jugo y conchas secas de naranja se obtiene una bebida que imita con exactitud el cuerpo del whisky. Los hombres se cuentan hazañas priápicas por su efecto en el organismo cuando es combinado con hierbas como el toronjil y la albahaca, pues dicen que semejante alquimia produce una erección de cinco horas.

***

José de los Santos no muestra mezquindad con su sabiduría. Transmite lo poquito que sabe, entrega la receta exacta de la contra, un bebedizo a base de ñeque que sirve para curar mordeduras de serpientes. Después de asolear el ñeque, se macera en él corteza de capitana, hierba de raíz de chivo, corteza de zorro y guanabanito. Muchos beben la contra, que puede usarse tanto para picaduras de insectos ponzoñosos como para mordeduras de serpientes. Las cortezas y las hierbas lo hacen más dócil y le otorgan el característico color pajizo del añejado.

A unas cinco casas de allí, un hombre joven ya me había mostrado la hinchazón del calcañar que le dejó el ataque de un patoco, una peligrosa serpiente capaz de saltar y azotar el rostro de sus víctimas. La cura se la hizo José de los Santos: lo puso a tomar la contra un día entero mientras abrían la herida y succionaban el veneno. El hombre pudo resistir hasta que le inocularon el suero antiofídico en el hospital regional de Sincelejo.

Pero también ­­—con la más increíble demostración de generosidad— me entrega la receta de su ron. «De mi ron —insiste—, porque algunos echan al mosto sal de amoníaco en la melaza». Desde hace mucho, José de los Santos impuso en la población que se preparara el licor con azúcar y levadura. Dice que el ron debe hacerse con limpieza, que hay que lavar los recipientes después de cada tanda de destilación, pues según él lo que da guayabo es el sedimento del mosto. «También hay gente que descuida el filtrado, y eso que le meten carne salada y plomo de batería para sacarle el cobre, es mentira».

«Ponga atención que no se lo repito. Esto se fabrica así desde hace añales: doce latas de agua limpia (limpia), cincuenta kilos de azúcar, una libra de levadura. Se revuelve hasta que deslía todo. Tápelo bien. Que ninguna mosquita se le pare. Entonces eso dura ocho días hirviendo con la levadura. Si no deja de hervir, no lo cocine. Cuando deje de burbujear, lo cocina en el alambique. Bote el primer chorrito. Eso limpia el cobre. Recoja lo que sale después. Casi media botella. Ese es el “ron de cabeza”. “Eso no se toma, tiene un 80% de alcohol”, me decía mi papá. Eso parte el hígado. Mata. No deje que nadie lo tome. Lo reserva. Empieza a hervir y a salir por el resorte el ron. Fíjese que lo filtre bien. Luego repita el proceso cuatro veces más. Dele candela el día entero. Cuando termine la jornada, se combina el “ron de cabeza” que reservó con el que sigue saliendo. Listo. La pea es brava».

Por cada doce latas salen dieciséis «ganchos» (tanques) de cuatro litros. Son 64 litros en total, lo que es un gran rendimiento.

Por último me hace una advertencia, porque es que José de los Santos cree que ando buscando la receta para meterme a fabricar:

«Júreme por Dios y por su madre que nunca va a experimentar con el ron. El ron es sagrado».

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Periodista y cronista. Comunicador social y documentalista. Docente universitario. Magister en Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana.

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