Cartagena de indias - Colombia
Martes 24 Enero de 2017

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Lincoln

Ya Steven Spielberg nos había mostrado los horrores de la guerra en imágenes que se quedan grabas en la memoria como la de la niña vestida de rojo, el único toque de color en la película en blanco y negro la Lista de Schindler, que camina sola en uno de los campos de concentración nazi y que luego vemos apilada entre los restos de judíos muertos.
No tiene nada que ver con la trama de la película pero a través de la deliberada inocencia y belleza de la niña Spielberg imprime de forma permanente ese sin sabor, esa impotencia de la injusticia y los estragos de la locura ideológica.
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Luego, en Salvando al soldado Ryan, Spielberg se vale de la atmosfera captada por el fotógrafo Robert Capa el día del desembarco de las tropas aliadas en Normandía, conocido históricamente como Día D, que fue el inicio de la derrota del nazismo y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Las imágenes registradas por Capa ese día están desenfocadas, algunas son borrosas y la mayoría están tomadas a ras del suelo. Capa estaba en la playa en medio de la confrontación, entre el agua, la arena mojada y las balas, sin dejar de disparar su cámara y cumpliendo a raja tabla su premisa “si tus fotos no son buenas es que no te has acercado lo suficiente”.
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Teniendo en cuenta eso, se le pueden perdonar los errores técnicos, porque le dejó a la historia las imágenes que conocemos y que Spielberg utilizó para ambientar ese momento en Salvando al Soldado Ryan. Al igual que Capa, la cámara de Spielberg está a ras del suelo, es caótica, desde ese punto de vista los soldados pasan a ser individuos muertos del terror, hombres y jóvenes que solo quieren terminar de cruzar esa playa y salvar sus vidas.
Ahora lo vuelve a hacer con Lincoln, una épica sobre los últimos días del presidente más querido por los norteamericanos, Abraham Lincoln, en uno de los periodos más difíciles de la historia de ese país, la guerra de secesión, donde se enfrentó el norte industrializado con el sur esclavista.
En los primeros minutos de Lincoln, Spielberg sitúa a el espectador en el contexto de la guerra, lo vuelve a llevar a un campo de batalla sangriento e inclemente, en el que se estima que murieron más hombres que en la guerra de Vietnam, para luego mostrar a un Lincoln afable, cercano a sus hombres, escuchando a dos soldados de la compañía de color que luchaban al lado de los soldados blancos del ejército federal y en contra de los confederados que buscaban la independencia.
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Lincoln aprovechó ese contexto para impulsar una polémica reforma a la constitución y abolir la esclavitud.
Lincoln y otros pocos hombres ilustrados e influyentes de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX tenían la concepción poco popular de que los negros eran seres humanos que debían tener igualdad de condiciones y derechos que los blancos y que la única forma de iniciar un proceso que reivindicara esa posición era haciéndole creer al pueblo, al norteamericano promedio (e ignorante), que la abolición de la esclavitud era la única forma de terminar una guerra que se había extendido por cuatro años.
Es un poco desconcertante ver a uno de los líderes más carismáticos del mundo con valores morales adelantados a su época recurrir sin inmutarse a estrategias que rayaban en la ilegalidad para impulsar una reforma que él, con toda la razón, creía necesaria, y sin perder esa aura de poder, sabiduría y pertinencia histórica que inspiraba Lincoln (o por los menos el Lincoln que nos muestra Spielberg).
Así vemos a los pioneros de los lobistas del gobierno de Lincoln intentar convencer a los senadores demócratas indecisos o débiles votar si a la enmienda a cambio de puestos de trabajo (cualquier parecido con nuestra actualidad…); al Secretario de Estado diciéndole a los lobistas que de ninguna manera se puede vincular el nombre del presidente en esas “negociaciones” y al mismo Lincoln negando en una nota llena de vacíos legales que estuviera adelantando conversaciones con delegados del sur para poner fin a la guerra, cuando sí lo estaba haciendo.
Sus hombres de confianza intentan disuadirlo: no conseguirán los votos suficientes para pasar la enmienda, si es cierto el rumor de que hay delegados del sur viajando a hacia Washington para dialogar sobre el fin de la guerra ¿Para qué abolir la esclavitud? En una escena vibrante y en la única en la que el Lincoln interpretado por Daniel Day-Lewis se altera y alza la voz, casi siempre pausada y conciliadora, les recuerda a sus subalternos que el poder investido en él como presidente de los Estados Unidos le da el derecho a guiar a el país hacia esa reforma así aún no entiendan su importancia.
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Spielberg tomó el icono que conocemos de Lincoln y junto a Daniel Day-Lewis lo moldearon, le dieron vida y voz a la imagen que todos tenemos de ese presidente gracias al Lincoln Memorial en Washington y claro, al billete de 5 dólares. ¿Quién dice ahora que Lincoln no hablaba así? ¿Qué no tenía ese andar cansado y arrastrando los pies? ¿Que, como dice Thaddeus Stevens, interpretado por Tommy Lee Jones, no era el hombre más puro de los Estados Unidos que impulsó una ley corrupta?
Al parecer la película de Spielberg es un acercamiento riguroso a la historia pero no me deja de parecer triste que el mensaje subyacente que queda luego de verla es que el fin justifica los medios, que es aceptable porque era Lincoln.
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Desde la conformación de los estados como los conocemos hoy en día, desde Estados Unidos hasta Argentina, los “padres” de la patria han visto a los ciudadanos como una masa ignorante que debe ser manipulada para su propio y futuro bienestar. Aunque los movimientos que consiguieron la independencia de los países en todo el continente Americano surgieron del “clamor popular” inspirado en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad promulgados en la Revolución Francesa, esas libertades, igualdades y fraternidad no eran equitativas (ni lo son todavía).
Había una élite que limita los alcances de esos conceptos tan amplios, unos cuantos instruidos como Lincoln y el representante Stevens logran ver su amplitud con claridad pero deben presentárselos a los demás de una forma que nos los asuste, en que no amenace su estabilidad.
El Lincoln de Spielberg utiliza anécdotas e historias, es paternalista y paciente, los diálogos con sus hombres de confianza se convierten en monólogos en los que se luce Daniel Day-Lewis; en contraste está el explosivo e irónico representante Stevens (Tommy Lee Jones), un consumado abolicionista, que se ve en la necesidad de decir delante del Congreso que la enmienda XIII no pretende igualar la raza negra a la blanca, solo hacerlos iguales ante la ley a lo que los demócratas responden furiosos –¿Qué sigue? ¿El voto para los negros? ¿El voto para las mujeres? Después del debate uno de sus colegas le reclama no haber expresado lo que en realidad piensa, que blancos y negros son iguales en todos los aspectos, a lo que Stevens le responde que hubiera dicho lo que fuera necesario para que la enmienda fuera aprobada.
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Se necesitaron casi 100 años y los esfuerzos de otros hombres igual de grandes, igual de humanistas e igual de visionarios para que las personas de color se consideraran en igualdad de derechos y condiciones pero la política sigue siendo la misma, con todos sus vericuetos y deshonestidades justificadas.

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Cinéfila por vocación, comunicadora social de profesión, especialista en periodismo de la Universidad de los Andes por terquedad, y con algunos estudios en fotografía y análisis fílmico por puro gusto y placer.
Letras de cine es una bitácora de las películas que se encuentran en cartelera, de las que no llegan a las salas de cine pero se consiguen en videos improvisados, de las que repiten en televisión los festivos y valen la pena recordar, y de los clásicos que se pueden ver una y otra vez.
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