Más allá de la vida

27/01/2011 - 23:38

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A la larga y prolífica experiencia cinematográfica de Clint Eastwood se suma una nueva producción, Hereafter (Más allá de la vida), una historia medio exotérica sobre la vida después de la vida.

No es una película de fantasmas que regresan a atormentar a los vivos, Clint es un tipo muy serio (y medio intimidante) para ponerse en esas.
Es una historia sobre la muerte como parte de la vida y la manera en que tres personajes la enfrentan: Una mujer que sobrevive a un tsunami, un niño que pierde a su hermano gemelo y un psíquico que se reúsa a vivir de los muertos.
Tres universos complejos y perfectamente estructurados sostienen toda la narración y se desarrollan independientemente a través de la película.
La trama, como en casi todas las producciones de Eastwood, es lenta. Durante mucho tiempo parece que no fuera a llegar a ninguna parte, de repente, cuando el cuerpo ya no encuentra una posición cómoda en la butaca, todo empieza a encajar y llega el desenlace predecible.
En el caso de Hereafter, Eastwood utiliza a los personajes para tejer milimétricamente una historia que va más allá de lo que nos depara el más allá. La muerte es una excusa, es la atmosfera que une y rodea a los personajes para hablar en realidad sobre la búsqueda del amor incondicional, de la soledad, de la superación y de todas las acciones que se pueden emprender para aceptar los giros bruscos que da la vida.
Matt Damon interpreta a George Lonegan, un psíquico que tiene la habilidad de comunicarse con los muertos. No es algo que elije o le guste a hacer. Es algo con lo que tiene que convivir y que le entorpece cualquier intento de interacción.
Es un personaje introvertido y solitario que sólo anhela el contacto, las más sutiles muestras de interés o de afecto pueden transmitirle más información de la que en realidad quiere tener de una persona.
¿Cómo vivir con un “don” que le permite conocer a fondo a alguien pero que le cierra las puertas para construir una intimidad?
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Del otro lado del mundo, una periodista (Cécile De France) está de vacaciones cuando sucede el tsunami. En una secuencia de escenas (donde se ve la mano del productor Steven Spielberg) una ola gigante arrasa con la isla dejando a su paso muerte y destrucción.
La cámara sigue la lucha de la mujer contra la fuerza del mar, la arrastra, la voltea, la sumerge y finalmente la golpea contra una estructura y se desvanece en el agua. Una cámara subjetiva nos muestra siluetas difusas en sepia mientras unos hombres intentan revivir a la mujer.
La experiencia la deja marcada y tuerce de alguna forma el camino ascendente que llevaba su carrera profesional y su relación sentimental.
La curiosidad y la frustración al ver que no puede seguir son su vida tal cual era la llevan a investigar más sobre lo que le sucedió y termina publicando un libro sobre el tema.
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En Londres, dos gemelos, Marcus y Jason, sólo se tienen el uno al otro, uno es extrovertido y el otro reservado y melancólico. La madre alcohólica nunca está. Los niños se empeñan en seguir con ella y ayudarla a dejar la adicción cuando uno de ellos, Jason, muere repentinamente.
Marcus se niega a la pérdida de su hermano y se empeña en encontrar la forma de comunicarse con él. La tristeza, la soledad y la vulnerabilidad que trasmite Franckie McLaren, el niño que interpreta a los gemelos, lo convierten en un personaje inolvidable.
Son tres historias que se necesitan entre sí para encontrar su camino.
Termina la película y permanece la premisa obvia: La muerte no es el final, para los que quedan es sólo un punto de giro.
No es necesario un final estremecedor y sorprendente para que una película deje una impronta. A veces, como en la vida, los mejores finales son justo lo que esperamos que suceda y eso no hace la experiencia menos extraordinaria.


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