Medianoche en París

10/09/2011 - 15:48

Imagen tras imagen, la última película de Woody Allen, es una declaración de amor a París. Un homenaje a la fantasía que despierta en algunas mentes saber que fue la ciudad escogida por los artistas más representativos de las artes y las letras de todos los tiempos para crear.
Dalí, Picasso, Hemingway, T.S. Eliot, Fitzgerald, Buñuel… recorrieron sus calles, hicieron suya la vida nocturna de París, transformaron la pérfida bohemia y la inmortalizaron en sus obras. Esos grandes llegaron a ella atraídos por la nostalgia del pasado, de la Belle Époque, así como el protagonista de Midnight in París, Gil Pender (Owen Wilson), fantasea con seguir los pasos de sus ídolos, mudarse a un apartamento con buhardilla en París, caminar en la lluvia y dedicarse a escribir bajo el influjo de la atmosfera de esa ciudad.
Es sólo un sueño que su inconsciente consigue hacer realidad.
Perdido y medio borracho, Gil termina montado en un auto que lo transporta a los años 20, los locos 20. Sin entender realmente cómo, termina de fiesta con Scott Fitzgerald y su esposa Zelma, escucha a Cole Porter cantando en vivo, le pide consejo a Hemingway y este lo contacta con Gertrude Stein, la poetisa amiga, mecenas y crítico de los más grandes pintores de esa generación, y se enamora de una hermosa amante anónima de Picasso, Andrea (Marion Cotillard).
Ella le revela su fascinación por la Belle Époque de Gauguin, Cézanne, Van Gogh… y en otro giro de la historia terminan transportados a esos años dorados de finales del siglo XIX, donde sus personajes fantasean con haber vivido en el Renacimiento…
Gil descubre lo obvio, ese constante anhelo por el pasado y la apatía generalizada por el presente ha hecho parte de todas las generaciones y aun así no fue impedimento para que las mentes más inspiradas produjeran sus mejores obras.
Su fantasía nocturna empieza a revelar su banal realidad y lo impulsa sin pretenderlo a hacer cambios en su vida.
Midnight in París tiene un final flojo en el que se pierde el ritmo romántico y nostálgico que traía pero todo se le perdona a Woody Allen porque solo él podía recrear la fantasía máxima de coincidir en París con esos personajes, desvincularlos un poco de las obras que los volvieron eternos y mostrar sus rasgos humanos: la personalidad explosiva de Hemingway, la mente fantástica de Dalí, la desbordada pasión de Picasso que permeaba en todo su trabajo, la inestabilidad emocional de Zelma Fitzgerald y el amor incondicional de su marido Scott.
Humanos imperfectos con sueños y debilidades que miraban con reverencia el pasado mientras construían su presente y se convertían en los ídolos de futuras generaciones.
También se le perdona haber metido a la fuerza a un personaje interpretado por Carla Bruni, se ve nerviosa, fuera de lugar; sin la espontaneidad y fluidez de las otras caracterizaciones.
Muy diferente de la interpretación de la esnobista prometida de Gil, Inéz, personificada por Rachel McAdams, y su familia, quienes reflejan sin posturas ni sobreactuaciones esa otra parte del mundo que ven en París una postal turística más que el epicentro eterno de la cultura.
Dicen que Nueva York es la capital del mundo, no lo sé. Tal vez el estilo de vida universalizado por Estados Unidos así lo impuso, pero París tiene una sensibilidad especial que atrajo a los artistas de diferentes nacionalidades, de diferentes corrientes, de diferentes generaciones a través de la historia. Todas esas almas complejas encontraron allí un terreno fértil para la producción creativa.
La Ciudad Luz es la principal protagonista de la película y queda de manifiesto desde sus primeros minutos en los que una cámara solitaria recorre la ciudad desocupada.
No son sus habitantes los que hacen la ciudad, no son los parisinos ni sus visitantes ilustrados o superficiales, es la ciudad en sí con su magnetismo. Ella, París, la que se ha mantenido inmutable e inspiradora ante la fuerza de cambio más poderosa: La imaginación.
***
Valga aclarar que no conozco París. Tal vez mi percepción de ella está nublada por mi fantasía personal de volver en el tiempo a los sesentas y coincidir con Gabriel García Márquez, Julio Cortazar y Mario Vargas Llosa en algún café de mala muerte o, sin irme tan lejos, poder espiar alguna de las tertulias que tuvieron Gabo, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón y sus amigos en La Cueva en Barranquilla, antes de que fueran los que son hoy, la fantasía de un pasado idealizado.


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