Un mes sin ti

23/06/2018 - 09:57

Dice mi abuelo que cuando una persona muere y el día de su partida llueve, es porque el cielo se está abriendo para recibir a una persona amada, querida y especial. Ese 24 de mayo, horas antes de su despedida definitiva, cayó el aguacero más fuerte de los últimos meses. Los rayos eran incesantes y el agua no paraba. Era como si la fiesta en el cielo estuviera recibiendo a la mujer más bendita sobre la faz de la tierra. Pero no se equivocaban. 

Mi “tieishon” como solía decirle, una mujer sonriente, con ganas de vivir y, sobre todo, con un carisma arrollador fue víctima de Cáncer, una enfermedad devastadora desde todo punto de vista que no sólo afecta a quien lo padece sino que se extiende dolorosamente a su familia y amigos. Que no discrimina edad, raza, ni estrato socio-económico.

En julio de 2015 nos dan la noticia de lo que nadie esperó. Ese fue el descubrimiento de una serie de negligencias médicas, que en ella, comenzaron un año antes cuando la trataban como Hemorroides y, en lugar de mejorar, empeoraba. Así inició la ruta de visitas a médicos, exámenes, quimioterapias, radioterapias, operaciones y transfusiones de sangre. Sin embargo, las fallas no se hicieron esperar. Las fallas de su oncólogo tratante. 

¿Injusta? Tal vez si, porque el Cáncer es una enfermedad que llega para quedarse, pero el éxito de la recuperación, dicen los expertos, radica en el tratamiento óptimo y minucioso en la detección y en el seguimiento. Pero aquí no hubo ni lo uno, ni lo otro. 

En sus últimos días y cumpliendo su voluntad, la llevamos del hospital a la casa. Al llegar lo primero que dijo fue: “Gracias Dios mío”. Y sin saber, esas fueron sus últimas palabras coherentes. Lo que vino después, ya no tiene sentido contarlo. Unos días nublados, llenos de tristeza e impotencia. 

El 23 de mayo, finalmente, vi cómo se fue. Aunque yo no sabia si veía o no, ella dirigió su mirada hacia la puerta, nos miramos fijamente, respiró y se fue. Sentí cómo toda una vida se iba con ella, experiencias vividas, las más bellas. Y yo, mientras tanto, le pedía perdón por tantas cosas que quedaron por hacer y decir. 

Todavía no creía que mi tía, mi tieishon, se había ido. La tía alcahueta. A la que le daba mis abrazos y mis besos con tanto cariño, a la que visitaba en Araújo y Segovia y que me recibía con el amor intacto. Mis más profundos secretos se fueron con ella. Y hoy sólo tengo que decirle gracias por tanto. Gracias porque con su partida nos has enseñado a ser fuertes, a ver la vida con alegría y a dejar de quejarnos por tantas cosas minúsculas. 

Hoy, un mes después, aún tengo los zapatos llenos de barro. Mi mente le llama flojera o falta de tiempo, pero la verdad es que mi corazón le llama ausencia de ti, Dina Pantoja Velásquez. 


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