Colombia. Juan Quintero Herrera

Colombia y sus velos. ¡A quitarlos, por favor!

07/03/2018 - 09:44

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El 11 de marzo los colombianos elegirán a sus nuevos gobernantes (senadores y representantes).  ¿Nuevos?

En un país donde no se necesitan dictaduras para que el poder se perpetúe algunos pensarán que la democracia existe, y que podemos escoger a nuestros gobernantes.  Y eso parece que es lo que promulga el juego democrático en dicho país, pero lo cierto es que las maquinarias del poder continúan con más de lo mismo, a tal punto que, y no más que por una situación de salud, el caudillo conservador Roberto Gerlein tuvo que dejar su poltrona en el Senado. Desde 1964 estaba en el ejercicio político, religiéndose una y otra vez. Y dejó su poltrona pero colocará, seguramente, en ella al que quiera.

Y como él, en Colombia se cuentan por muchos los senadores y representantes vigentes que ya tienen seguras sus curules en las próximas elecciones.   

No es misterio que muchos de estos consiguen su objetivo con votos producto de amenazas de muerte y de intimidación, pero también producto de la obligación; de aquella que dicta el ejercicio político de que cada líder dependiendo su grado, tiene que entregar 10, 50, 100 votos y hasta más para mantener su puesto político. Es sabido que muchos de esos puestos en los que los asignan sus jefes son innecesarios y que desangran el erario a favor de los amarres de votos para las próximas elecciones.

Pues bien, esta práctica se ha consolidado con la coyuntura de la “pauperización” (usando la palabra del ex ministro Fernando Londoño Hoyos) de la sociedad colombiana, y para eso no hemos necesitado convertirnos en Venezuela, país que el ex ministro Londoño Hoyos y su séquito no se cansan de poner como ejemplo triste de lo que sería el futuro de Colombia si eligiera a Gustavo Petro como su próximo presidente.  Para todos los que repiten como loro el mismo discurso no están viendo más allá de sus narices, se han negado a aceptar la realidad y defienden sus propios intereses, y a los demás que se los coma el tigre. Sus propios intereses que muchas veces no pasan de lo poco, de lo paupérrimo (y sigo con la palabra de Londoño y del candidato Duque) que pueden ser sus pertenencias ante las estratosféricas pertenencias de quienes hipócritamente hablan de una pauperización que ellos mismos han gestado y perpetuado con la abismales diferencias que hay entre sus activos y pasivos en relación con los de la mayoría de los colombianos. 

Estos mismos loros repetidores ignoran (o vilmente dejan pasar como si no fuera así) que la cantidad de pobres pobres en Colombia es tanta o más que la de Venezuela; que la cifra de exiliados duplica y triplica la del vecino, que la de desaparecidos y finiquitados por intereses oscuros es absurdamente superior a la de la patria de Bolívar.  También ignoran, o se niegan a ver lo evidente, que muchos de sus connacionales se mueren de hambre, pero eso sí, estos loros con voz estentórea defienden la abundancia de alimentos que hay en su país, y es verdad: no falta la harina, tampoco la leche ni el aceite en los estantes de los supermercados ni en las plazas ni los puertos de los caudillos.

Y sí, escribí caudillo, ya que esta palabra se ha viralizado en Colombia para referirse a lo que es Petro y la figura que pretende consolidar si llega a ser presidente.  Para los que lo ignoran, los caudillos actualmente son otros. Las tres acepciones de la RAE son las siguientes: 1. m. Jefe absoluto de un ejército. 2. m. Hombre que encabeza algún grupo, comunidad o cuerpo. 3. m. Dictador político.  A Petro puede encajarle la segunda, teniendo en cuenta su liderazgo en el movimiento Colombia Humana, pero a los dueños de las ciudades y departamentos de Colombia; aquellos que son dueños de equipos de fútbol, medios de comunicación, cadenas de supermercados, miles de hectáreas de tierra, y que además, directa o indirectamente, tienen el control del poder político, con concejales, diputados, ediles, senadores, representantes, hasta alcaldes y gobernadores,  a todos estos se les puede encajar en cualquiera de las acepciones.  Caudillos son y pretenden serlo por siempre, de padres a hijos pasando la teta pública.  Solo hay que revisar la simonía y el nepotismo del poder en Colombia; permean todas las instancias y todo está amarrado tiempos ha. Desde presidentes que sus padres y abuelos fueron presidentes, pasando por ministros y congresistas que colocan en un cargo determinado a un familiar, y así en orden de jerarquías se reparten los cargos departamentales donde se busca mantener la tradición. Y muchos de estos clanes hoy, ad portas de las elecciones del Congreso, se benefician de la contienda que se ha armado entre los candidatos presidenciales.  Intencionalmente o no las elecciones del 27 de mayo están sirviendo como cortina de humo, como la fachada de los innombrables que hacen sus triquiñuelas habituales para continuar en su dictadura de “democracia perfecta”.  Bajo este velo librarán la batalla que los afianzará en el poder y si salen victoriosos, maniatarán si quieren al próximo gobernante de Colombia, porque es sabido que no hay presidente que pueda gobernar si no es apoyado por el legislativo. Así, con una estructura de siniestros personajes en el Congreso, se librará la batalla final, la que nunca han perdido los mismos por más que hayan sido protagonistas Gaitán, Galán, Pizarro Leóngomez y el último que  emocionó a muchos: Mockus: el profesor universitario que pecó de sincero en la desleal competencia por el poder presidencial.

Por esta motivación de continuación, con un presidente alcahueta y miembro del mismo engranaje, no faltarán, si es preciso, las alianzas más traídas de los pelos. Todos contra uno será el plan de acción, si es necesario, para derribar al candidato progresista al que le han declarado una guerra sin ley. Desprestigios van y vienen donde se le acusa de izquierdista arribista que usa zapatos de 400 dólares, pero que habla de igualdad, de guerrillero camuflado de demócrata, de aliado de las FARC, del máximo líder de una de las invenciones más ramplonas y simplistas: el Castrochavismo. Es decir, un movimiento que se nutre ideológicamente de la Cuba de Castro y de la Venezuela de Chávez, y que pretende replicar la situación actual venezolana en Colombia.

Lo anterior es un velo que el mismo Petro, poco a poco, se ha propuesto develar con verdades irrefutables sobre la economía colombiana; verdades con las que señala una realidad contraria, al recalcar que los últimos gobiernos, desde Andrés Pastrana (y esto ya cumple 20 años) son los que han promovido una economía extractivista (de carbón y petróleo) como la de Venezuela, aquel país que hoy tanto critican los antipetristas.

Y siguiendo con las hipocresías, los caudillos políticos y los cortos de cabeza de sus seguidores repiten en diferentes espacios públicos, y también en el ágora de las redes sociales, que el candidato opositor instaurará un gobierno populista, que a punta de regalos y subsidios comprará la conciencia de sus electores.  Y también denuncian el mal de la expropiación.  Sobre lo primero, es por lo menos cínico que estos denunciantes sean los mismos que pagan caravanas que vienen de otras ciudades y pueblos, y que sean los mismos que entregan mercados a los asistentes de sus eventos. 

Lo segundo se le puede entender a los latifundistas que Petro piensa arrinconar con impuestos si no ponen a producir sus tierras, aunque no ha hablado de expropiar. Pero que tengan miedo de esto y hablen de expropiación algunos “clasemedieros” que más han sido expropiados por políticas bancarias de quien es tal vez el mayor caudillo de Colombia, Carlos Sarmiento Angulo, y de los bancos que bien pertenecen a los mismos con las mismas, es una muestra de lo que expone Hernando Gómez Buendía cuando  escribe que “ Petro vendría a encarnar la versión “contestataria”, pero aquí choca con otra “ley” comprobada de la ciencia política: cuando la clase media siente que viene la revolución, vira masivamente a la derecha - el que tiene una casa o una casita no le jala al socialismo”.

Para cerrar estas reflexiones, inocente sería creer en un salvador, en un libertador. Gustavo Petro no es una solución total. Errores ha cometido y cometerá, pero haciendo las sumas y las restas, por más campañas de desprestigio que existan en su contra (el mal de las basuras en Bogotá durante su mandato, su pasado en el M19 y sus supuestos vínculos con la guerrilla, etc., etc.) es el candidato que se ha salido del lugar común de los otros candidatos que parece repiten cual grabadora en mano el mismo discurso de la prosperidad de la industria y de una economía galopante, que prometen por encima pero que no meten la mano en la llaga; que hablan de solucionar la pobreza, de atacar la corrupción, de enfrentar el crimen y brindar seguridad, pero sin ninguna profundidad, y sin atacar ninguno estamento del sistema imperante. En este orden de ideas Gustavo Petro propone romper el statu quo y acabar con el “establecimiento” vil del poder. Se propone seguir quitando los velos que no dejan ver a una sociedad colombiana engañada y resignada. Ahora la decisión está del lado de los colombianos: quitar los velos o no. 

P. D.

Las campañas políticas se dan en la calle, en las plazas, en los parques, en las universidades, en los hogares, pero también en la gran plaza de las redes sociales. Facebook y Twitter son tal vez las dos con más poder de persuasión. Demostrado ha quedado esto en diferentes debates políticos donde videos, audios, memes y textos (sean verdaderos o no… ¡qué escurridiza es la verdad!) se han virilizado a favor o en contra de unos y otros.  Hoy hay que sumar la fuerza descomunal de WhatsApp (aplicación de la familia Facebook) donde abundan mensajes que quién sabe de dónde salieron o quién los creó, pero ahí están y se reenvían, y de pronto nos llegan a nuestro celular, y si nos gustan los reenviamos. Y suma y sigue. Así llega el vídeo de un chico que se cree analista político y juzga la denuncia que Gustavo Petro hace sobre la desigualdad en Colombia. El chico justifica que Inglaterra es un país desigual y con esto sugiere que se contradiga la retórica de este candidato. Así también llega un audio de una llorosa mujer que vive en una ciudad fronteriza con Venezuela, y que arrienda cuartos, pero que llora porque se ha enterado que el éxodo de venezolanos (que son sus clientes) a Colombia se da para que estos puedan registrarse como colombianos y así ser una fuerza electoral a favor del candidato progresista. O por citar solo uno más, un vídeo en el que aparece Petro en un rito supuestamente satánico y anticristiano con una líder wayúu. Ya se le olvida a los tartufos que incontables candidatos y ex mandatarios han pactado con una y otra comunidad religiosa. Santos y Uribe son verbigracia de esto. Pero bueno, en el país del Sagrado Corazón cuestionar las creencias religiosas de los candidatos sirve como estrategia para persuadir a los cortos de cabeza.

¡Por Dios, cuánta babosería y manipulación ramplona nos llega! Es verdad, deben estimularse los buenos debates y la réplica, pero también deben atacarse con vehemencia, tanto en el ágora de las redes sociales y las aplicaciones como en el espacio público, todos aquellos mensajes infundados y simplistas. La razón no es de poco valor: el futuro de Colombia ya es presente y lo decidimos todos nosotros. Para esto debemos sacar los velos.


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