Neurociencias y Educación

HACIA UNA NUEVA EDUCACIÓN DESDE LAS NEUROCIENCIAS

10/03/2018 - 09:18

Colombia es un país de “Economía emergente”, así le llaman los expertos de la macro y la microeconomía. Con esa denominación se evidencia un ocultamiento de la realidad social a través de un eufemismo, que permite hacer soñar a muchos ilusos desinformados  con el progreso y el desarrollo, desconociendo una realidad de injusticia y abandono estatal.

En ese contexto mal llamado así, los derechos a la educación  y a la salud de y con calidad son muy deprimentes y e inhumanos. Igualmente, la   violencia social se ha convertido en el caldo de cultivo para excluir más a los “ninguneados” así como también lo hace la violencia política. Esta última ha consolidado unos comportamientos donde el desacuerdo con lo establecido es factor para estigmatizar y excluir, si es que no se asesina al opositor. El país se ha polarizado, convirtiendo la argumentación es cosa del pasado.

Asimismo, cabe destacar que el desempleo y los salarios que imposibilitan el ahorro como fuente de progreso y desarrollo familiar son catalizadores de inestabilidad socioeconómica. Esto es, hacer que la brecha entre pobres y ricos cada vez se amplíe más, acrecentando una aberrante desigualdad social.

Es de aclarar que, según los medios y los expertos, los indicadores económicos cada año ascienden, sí, pero para los conglomerados capitalistas que usufructúan del trabajo de una masa informe de empleados y obreros que ofrecen diariamente sus fuerzas de trabajos para que tres o cuatro familias, más los grupos multinacionales, se enriquezcan a montones sin importarles un ápice el desequilibrio social y económico que se evidencia en el país. ¿De qué vale que la economía crezca, si eso no redunda en beneficios para la sociedad? Es una pregunta socrática para generar una reflexión detenida y sin las afugias del tiempo.

Según mi percepción, pareciera que el país tuviera una maldición perenne, manifestada en comportamientos genéticos y epigenéticos  para seguir soportando estoicamente un sino trágico y consuetudinario como si no hubiese otras alternativas que guíe los pasos de esta nación adormecida. Todo se mira con el prisma de quienes por tantos años han gobernado y acumulado riqueza a costa de los “ninguneados”. Nos hemos convertido en seres insensibles a los problemas sociales, ambientales, humanos y culturales. Nos importa poco lo que le suceda al otro, después que no nos afecté directamente.

Ante ese planteamiento, creo que es conveniente analizar lo siguiente: En marzo de 2016, el Foro de Economía Mundial sacó a la luz pública un documento muy interesante titulado “Nuevas visiones para la educación”. En él  se examinó el problema de aquellas falencias, vacíos y posibles alternativas de las habilidades necesarias para los hombres y mujeres del siglo XXI. Allí se sugieren formas de corregir estos vacíos con el uso de la tecnología. Pero, en mi concepto, más allá del uso y aplicación de la tecnología, creo que es pertinente que se ponga sobre la palestra el empleo de la ciencia para el desarrollo sostenible de la sociedad a través de una "educación emergente" mediada por la creatividad, la comunicación, el pensamiento crítico, el trabajo colaborativo, la investigación, la innovación y el emprendimiento entre otras competencias y habilidades. Pues, hasta el momento hemos venido dando tumbos sin que haya una política clara que direccione los procesos de formación de las nuevas generaciones.

Luego entonces, en este contexto hablar de emplear los conocimientos existentes de las neurociencias sería una fortaleza para realizar unas transformaciones curriculares que dimensiones una educación universal sin exclusión. Sin embargo,  para los críticos más fuertes de la inversión en y para educación es una afrenta, puesto que  las diferencias y la diversidad se miran como “taras”  bien biológicas, o bien socioculturales que muy poco se puede hacer para corregir. Es decir, ser pobre, ser diferente, pensar diferente es una talanquera para progresar y desarrollar las potencialidades a través de una educación que aplique los conocimientos de las neurociencias.

De lo anterior se desprende  un convencimiento de que el país se acostumbró a sacar leyes y decretos de letra muerta, que no pasan de meras intenciones. Vemos una camada de gurúes discurrir sobre esto o aquello, porque está de moda, desconocen, in situ,  de los aportes teoréticos de estas ciencias que posibilitarían  realmente una transformación  de la educación escolar del siglo XXI. Es necesario replantear el sistema educativo que potencialice los conocimientos de la ciencias humanísticas, de la pedagogía como fuente ineludible del quehacer educativo, de las neurociencias y sus estudios más avanzados sobre el cerebro y sus funciones, las didácticas y metodologías tecnológicas que desarrollen las capacidades, habilidades, competencias de los ciudadanos de esta aldea global interconectada.   

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Edinson Pedroza Doria, profesor de Castellano y Literatura del Distrito de Cartagena de Indias en la Institución Educativa Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de Comunicación oral y escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco. Maestrante de Neuropedagogìa de la Universidad del Atlántico.

 


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