Cartagena de indias - Colombia
Jueves 08 Diciembre de 2016

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Aisell y el derecho a soñar

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Unos días antes de que nos acogiera en su casa, Aisell María recibió una noticia que fortaleció sus deseos de convertirse en abogada y de mantenerse soltera y libre, en vez de conformar una nueva familia, como hacen casi todos los jóvenes de su pueblo.
En medio del sepelio de la abuela de una compañera de estudios, se enteró de que una de sus paisanas adolescentes se había escapado, en semanas anteriores, con un hombre que podría ser su padre, pero hace poco regresó a casa dispuesta a interponer una denuncia por maltrato físico conyugal.
Para tales efectos, se presentó a la inspección de Policía, pero, al parecer, después de un tiempo significativamente largo esperando a que la atendieran, se aburrió y decidió dejar las cosas como estaban.
“Nadie le paró bolas en la inspección”, relata Aisell, y de paso recalca que desea ingresar a una facultad de Derecho para graduarse como abogada y trabajar en contra de “tantas injusticias y tanto maltrato que veo en este pueblo: los padres castigan duro a los niños y a las mujeres, pero algunas mujeres también golpean a los maridos cada vez que pueden”.
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Sus palabras son determinantes, pero, a simple vista, podría creerse que no piensa en tales cuestionamientos. La razón: sus pequeños ojos siempre están mirando hacia abajo, mientras estira los brazos y los entrelaza en forma de letra V, como si estuviera sosteniendo alguna pieza delicada que jamás debería tocar el suelo. Aún así, afirma que no se considera una persona tímida.
“Lo que pasa es que cuando estoy preocupada, me pongo así. Ahora mismo, mi papá no tiene trabajo y hay muchas dificultadas económicas en mi casa. Mi mamá tampoco trabaja, porque tiene que ocuparse de nosotros”, dice señalando a Daniel y a Neilsha, sus hermanos menores, quienes, a juzgar por la viveza con que recorren el corto perímetro de la casa, parecen estar muy lejos de la mesura que se percibe en el bajo tono de voz que utiliza Aisell para comunicar sus pensamientos.
Aisell María Moreno Zapateiro nació hace 13 años en la Calle del Puerto, del corregimiento de Pasacaballos, de donde también son nativos sus padres, Eusebio Moreno Pérez y Eva María Zapateiro Flórez, aunque esta última exhibe el fenotipo de los naturales de los departamentos de Sucre y Córdoba: ojos color miel, piel cobriza y cabellos lacios. Es decir, dista demasiado de la etnia afrodescendiente que abunda en Pasacaballos.
El nombre de Eusebio Moreno remite, en el acto, a los tiempos en que el béisbol era tal vez la pasión deportiva más incontenible que existía en la Cartagena de mediados y finales del siglo XX, pues se trata de uno de los beisbolistas amateur más aplaudidos que dio la llamada Ciudad Heroica en aquellos tiempos.
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“Es mi tío”, se apresura a explicar el padre de Aisell, y de inmediato se relaciona con Tomás Moreno, un hermano del primero, quien tiene un hijo homónimo que en la actualidad se desempeña en la dirigencia deportiva de Cartagena. Con todo, no resulta tan fácil asociar la figura delgada y, en apariencia, frágil de Aisell con el deporte de las manillas y los bates.
La niña es delgada y de piernas gruesas, pero sus brazos no parecen tener la fortaleza que se necesita para cargar un bate y expulsar una pelota del diamante de juego. Sin embargo, el ser la guardiana de la primera base del equipo de sóftbol femenino de la Institución Educativa José María Córdoba, de Pasacaballos, indica que su presencia en la novena es de una importancia ineludible.
“La seño Berta dice que me tiene mucha confianza, porque soy una de las más veteranas y de las que mejor hemos acogido sus enseñanzas”, afirma refiriéndose a la profesora Berta Bravo Reyes, docente encargada del área de Educación Física y responsable del equipo que se está convirtiendo en el orgullo del plantel.
El José María Córdoba se erige al inicio de la Calle del Puerto, una arteria destapada en donde la mayoría de las viviendas son de ladrillos o blockes y, en muchos casos, remodeladas con buen gusto, tal como la casa en donde viven Aisell y su familia, en cuyo frente cuelga un aviso que la ofrece en venta.
El interior de la vivienda podría considerarse un buen ejemplo del mal aprovechamiento de los espacios, pues, aunque el terreno sobre el cual se levanta es bastante amplio, la sala es demasiado pequeña y las recámaras están separadas por un callejón angosto que remata en la puerta que conduce hacia el patio.
La terraza también es pequeña, pero la fachada, remodelada con columnas de estilo dórico, produce buena impresión, sobre todo por la acertada combinación de los colores azul celeste, blanco y amarillo intenso. Desde ahí, Aisell saluda a algunos de los vecinos que permanecen en las puertas de sus casas o sentados a la sombra de los almendros.
Pese a que llevan un considerable tiempo viéndola cruzar de la casa al colegio o al estadio, a lo mejor ninguno de ellos sabe que el nombre de Aisell fue un homenaje que su padre le hizo a una amiga homónima nativa de San Andrés Islas. “Es que hicimos un trato —cuenta Eusebio—: el primero que tuviera un hijo lo bautizaría con el nombre del otro.”
Eva María, la madre, no solo puso su grano de arena en el segundo nombre de Aisell sino también en la piel cobriza que anuncia que la niña podría ser una hermosa mujer, de buena estatura y sonrisa luminosa.
“Esa muchacha es muy emprendedora —afirma Eva—, pero no le gusta hacer oficios en la casa. En cambio, en el colegio y en el equipo es una buena líder. También pertenece a un grupo de la iglesia católica del pueblo, que se llama ‘Renacer en Cristo’. Pero en la casa pasa viendo televisión o hablando por celular”.
Esto último lo dice en bajo tono, como una especie de indulgencia para los tres hijos, “porque la verdad es que nunca quise que ellos pasaran por las cosas que pasé yo. A mí, desde muy pequeña, me tocaba hacer oficio desde que me levantaba hasta que me acostaba. Iba al colegio y todo, pero cuando volvía a casa era a seguir trabajando, y me acostaba bien cansada, pero para levantarme temprano y seguir en el mismo ajetreo”.
Cuando escuchamos lo referente a la apatía de Aisell por los oficios domésticos, le apuntamos en broma que creemos saber de dónde surgen sus pretensiones de nunca casarse ni tener hijos, ni conformar hogares. Pero ella —sonrisa permanente, dientes descuidados— se defiende acotando que lo que desea es ser una profesional del Derecho, ganar dinero, ayudar a sus padres y seguir estudiando las carreras que más se ajusten a sus aspiraciones venideras. “Los niños y los hogares de otras personas me parecen bonitos, pero a mí no me interesa hacer eso”, reafirma.
Confiesa que no le gustan los libros, por lo cual se sorprende cuando le anotamos que para convertirse en una excelente jurista, fiel con sus ilusiones, debe leer e investigar en abundancia. Entonces, echa mano de una respuesta que podría ser la justificación, más o menos adecuada, para sus aspiraciones profesionales:
“Lo que pasa es que yo veo mucha televisión, sobre todo los noticieros en donde muestran la violencia en los hogares, contra los niños y las mujeres. Y me parece bien que los periodistas lo hagan, para que la gente sepa que esas cosas existen. De ahí me vienen las ganas de ser abogada, para defender a las víctimas y para enseñar a mis amigas a que sean independientes y no quieran siempre estar arrimadas a un hombre por necesidad”.
Sus declaraciones hacen pensar que ha presenciado algunos episodios violentos en el seno de su familia, pero mueve la cabeza en forma negativa y repite que las escenas violentas que la conmueven siempre tienen lugar entre sus vecinos, sobre todo en las zonas más pobres de Pasacaballos.
“En el colegio siempre estoy oyendo historias de mis compañeros que han visto peleas entre sus padres y hermanos. Algunos van con el cuerpo marcado, porque en la casa les dieron un golpe”, dice susurrante y sin abandonar la figura de letra V que acostumbra a formar con sus brazos.
Por último, sonríe mientras nos acompaña a la terraza y nos cuenta que, a parte del sóftbol y la televisión, le encantan la música y el baile. Lo suyo, según dice, son las baladas y las canciones vallenatas. Y de verdad que no cuesta trabajo imaginarla danzando con ese cuerpo de brisa y arena que le regaló el universo.

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Rubén Darío Álvarez es periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla y redactor de planta del diario El Universal. Ha publicado tres libros: “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, “Crónicas de la región más invisible” y “La fuga del esplendor: conversación con la música cartagenera de los años 80”. Es uno de los conductores del programa “Música del patio”, que se transmite todos los domingos por la emisora UDC Radio, 99.5 FM, de 8 a 10 de la mañana.