Cartagena de indias - Colombia
Domingo 21 Enero de 2018

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Ciudad inmóvil, salsa inmóvil

(...)La misma mierda con distinto mojón(...)
El Pachanga-David Sánchez Juliao

Debo empezar ofreciendo excusas al escritor cartagenero Efraín Medina Reyes, por haber tomado el nombre de Ciudad Inmóvil —el escenario en donde se desarrollan sus cuentos y novelas— para titular esta lectura, que espero sea lo más fiel posible a la discusión que intentaré plantear hoy ante ustedes.
Para quienes hayan leído los libros de Medina Reyes, resulta evidente que su tan mencionada Ciudad Inmóvil no es otra cosa que Cartagena de Indias (Colombia), un conglomerado compuesto por mucha gente esperanzada en que las cosas algún día cambien positivamente, pero también integrado por una buena cantidad de conformistas que no está dispuesta a mover un dedo para que ese deseo se materialice.
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He ahí el sentido del seudónimo que Medina utiliza en sus obras literarias para referirse a Cartagena, sobrenombre acertado por demás, pues la parálisis de la ciudad no solo se ve en sus costumbres colonialistas que aún persisten, ni en sus mal administrados entes gubernamentales, ni en los problemas de identidad que padece su gente. También se ve, como obra de la reacción en cadena, en sus manifestaciones culturales más sencillas y más de las entrañas de aquello que acostumbramos a llamar (a veces despectivamente) la masa común.
Aunque nos cueste trabajo aceptarlo, la pequeña Ciudad Inmóvil de Medina también está seriamente reflejada en el gusto por la salsa, esa música que, como buenos caribeños, acogimos desde hace cuarenta años, cuando el movimiento que la impulsó se levantó como el grito furioso de los latinos en Estados Unidos.
Y puede decirse que en ese momento no solo fue el despertar de los caribeños en el gran país del norte. También fue el orgullo de todo un orbe que empezó a asumir como un emblema, como un distintivo, ese modo de existir. Porque la salsa no solo fue música: también fue una manera de vestirse, de hablar, de caminar, de bailar y hasta de pensar.
Los cartageneros no fuimos ajenos a todo esa transformación cultural que trajo consigo el viento renovador de los timbales, los bongoes, los trombones, la clave y las inspiraciones de las ya legendarias figuras de esa gran ensalada, cuyo nombre aún no se sabe con certeza de dónde salió, aunque a todos nos gusta que se llame salsa y que se siga conociendo así por los siglos de los siglos.
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Lo malo —a mi modo de ver— es que los cartageneros parecimos habernos congelado en esa mitad de siglo que vio nacer la salsa. Nos quedamos inmóviles, como la ciudad de Medina, en la fiebre de las canciones salseras con poca letra, pero con mucha instrumentación; en el gusto por las descargas instrumentales de Ray Barreto, los Palmieri y The Cuban Jam Session; nos quedamos sembrados en el sonido de charangas como la América, la Broadway, la Típica Ideal, la Aragón, la Típica Novel y la Charanga 76; nos dormimos para siempre sobre las notas del vibráfono de Joe Cuba y su Sexteto; nos quedamos creyendo que de verdad los músicos de The Fania All Star son los mejores de la música latina; endiosamos a una cantidad de farsantes y estafadores que nada tenían que hacer en la expresión salsera, a parte de fungir como productores y empresarios, a costillas de los que sí sabían cómo se creaba la buena música.
Desde ese entonces son muy pocos los intentos que hemos emprendido por hacer que la pequeña Ciudad Inmóvil se abra sin temores hacia los nuevos sonidos que músicos veteranos y recién llegados al escenario del espectáculo latino están experimentando en otros países, como una muestra de que la cultura no puede ser estática sino dinámica, como lo es la misma vida.
Y digo que han sido pocos los intentos, porque siempre que las emisoras anuncian algún salsero dominical en cualquiera de nuestros barrios populares, la salsa que vamos a escuchar es la misma de hace cuatro décadas; siempre que algún comerciante anuncia la apertura de un nuevo estadero de salsa, los discos que se programan son los que fundaron el nacimiento del movimiento salsa en el Nueva York de los años sesenta; siempre que algún locutor anuncia la creación de un nuevo programa de salsa, en cualquiera de nuestras escasas emisoras, tengámoslo por seguro, la música será la de los mismos con las mismas.
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De manera que ya planteada la problemática del salsero cartagenero que se quedó encallado en el viejo muelle de los años sesenta, vale la pena preguntarse ¿por qué? Y el asunto es que si lo miramos bien, son varios los preguntas que van apareciendo en el camino cuando se pone en el tapete la discusión sobre el gusto por la música salsa en Cartagena.
¿Por qué, entrado el siglo XXI, seguimos escuchando la misma salsa de hace 40 años?
¿Por qué a Cartagena llegan las producciones de los nuevos músicos residentes en Nueva York, Miami y el resto de Colombia, pero no se oyen en las emisoras ni en todos los estaderos?
¿Por qué los directores de las emisoras no intercalan sus programaciones con un 50% de la salsa nueva y el porcentaje restante con la salsa vieja?
¿Por qué en ciudades como Barranquilla, Cali, Bogotá, Medellín y Buenaventura se escucha lo más nuevo de la salsa que se está haciendo en el Caribe y Estados Unidos; y todos, desde el más joven hasta el más viejo, la bailan y la cantan sin asomo de prejuicios?
¿Por qué cuando se organizan homenajes y conversatorios acerca del algún personaje de la salsa, el escogido tiene que ser algún cantante o músico de viejas calendas?
¿Será este un problema de manejo de medios masivos de comunicación o de apatía del ciudadano cartagenero, supuestamente fanático de la salsa?
Creo que a estas alturas, para nadie es un secreto que los medios masivos de comunicación pueden influir en el modo de pensar y de actuar de un ciudadano; y por ende, en el imaginario de todo un espacio urbano con más de un millón de habitantes. Y mucho más en los actuales momentos, pues nunca como ahora los seres humanos estuvimos más gobernados por el descomunal engranaje comunicacional, con todas las consecuencias que ello implica.
Y entre tantas pruebas que sustentan la afirmación anterior, me permito traer a colación el inicio de los años 70, cuando el sello Fania, que operaba en la ciudad de Nueva York, bajo la égida de un judío llamado Jerry Masucci; y de un dominicano conocido como Johnny Pacheco, se valió del arma más poderosa y convincente de que disponían los medios de comunicación en ese momento: el cine. Nuestra cosa latina, un documental de discutible calidad, pero de mucho significado para los cartageneros que en ese momento vibraban con el fenómeno de la salsa (o salsomanía, que llamaban otros), sembró en la mente de muchos de nosotros la falacia de que los mejores músicos y cantantes de la salsa eran los integrantes de The Fania All Star. Hoy, en la capital de Bolívar, se sigue creyendo esa afirmación, como si el tiempo se hubiera detenido tercamente en el Teatro Cartagena, que sirvió de escenario en ese momento para la proyección del documental.
Casi lo mismo sucedió con el Festival de la Leyenda Vallenata, que se celebra anualmente en la ciudad de Valledupar. Gran parte de su prestigio y acogida fue impulsado por famosos personajes de la política, la cultura y el periodismo nacional como Alfonso López Michelsen, Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda Samudio, Gonzalo Arango y Daniel Samper Pizano. Pero, indiscutiblemente, el golpe contundente lo dio la entonces periodista y principal gestora del festival, Consuelo Araújo Noguera, la cacica vallenata, (q.e.p.d.), quien, mediante la columna La carta vallenata, que publicaba periódicamente en el diario El Espectador de Bogotá, convenció a gran parte de Colombia, incluida la Costa Caribe, de varias falacias:
La primera: la música de acordeón que desde el siglo XIX se tocaba en todos los rincones de nuestra Costa Caribe, debía llamarse vallenato. Segunda: ritmos como el paseo, la puya, el son y el merengue dejaron de ser patrimonio de la musicalia costeña para ser invención, según la Cacica Consuelo, de los acordeonistas del Magdalena Grande. Tercera: el acordeón no llegó a Colombia por los diferentes puertos de la Costa Caribe sino únicamente Riohacha. Y cuarto: Francisco El Hombre no fue una invención de la tradición oral campesina, sino un acordeonista llamado Francisco Moscote, que había nacido en algún rincón del departamento del Magdalena.
Un producto innegable de la radio y la televisión colombianas, es aquella vieja convicción de que Cali es la capital nacional de la salsa y que sus habitantes son los mejores bailadores de ese ritmo, aunque en el resto del país subsistan otras realidades no amparadas por los medios de comunicación, que muchas veces suelen propagar lo que conviene a ciertos intereses inmediatos.
Los ejemplos de la manipulación de conciencias por parte de los medios masivos de comunicación son tantos que se necesitarían mucho papel y mucho tiempo para nombrarlos. Pero con los tres anteriormente expuestos, creo que podría quedar claro que cuando los ciudadanos somos pasivos ante el influjo del magno engranaje comunicacional suceden fenómenos complejos como el del estancamiento de la salsa en Cartagena.
Actualmente, en nuestra Ciudad Heroica, por obra y gracia de las emisoras de la banda FM (indiscutiblemente el medio de comunicación que más ha penetrado en la masa popular), todavía se cree que la palabra salsa únicamente implica el sonido de los años sesenta; y aún se desconoce que mucho más allá del ámbito radial y de los estaderos que le hacen el juego, existen propuestas como la de Juan Formell y sus Van Van, Jimmy Boch y su trombón, Irakere, Isaac Delgado, Plena Libre, Los pleneros de la 21, Spanish Harlem, Herman Olivera, Mariano Cívico, Los Nemus del Pacífico y King Bongó, entre otros que alargarían la lista, pero que merecen igual mención.
Esta invisibilización en Cartagena de lo que actualmente se está haciendo alrededor del mundo con la música afroantillana, tiene una causa cierta, y es la poca preocupación de los programadores de las emisoras por investigar más allá de sus narices. Mediante ese descuido, las estaciones radiales han extraviado el potencial didáctico que le concierne a todo medio de comunicación que se respete.
Por esa tendencia radial a imponer como moda lo que indique el facilísimo, las nuevas generaciones se acostumbraron a identificar en el sonido de los años sesenta a la verdadera salsa, sin sospechar que ella es tenazmente un ente vivo que ha evolucionado con nuevos sonidos, letras y propuestas que las emisoras de su ciudad no tienen la más mínima intención de dar a conocer y de enseñar, como corresponde a la labor cultural que se supone los locutores tienen como misión.
Mientras tanto, la mayoría de los veteranos admiradores de la salsa no dejan de encerrarse en la improductiva manía del purismo, en esa contumacia de creer que solo es salsa lo que ellos compraron y bailaron cuando apenas eran unos adolescentes. En sus discotecas personales Franky Ruiz, Ray Ruiz, Gilberto Santarrosa, Víctor Manuel, Maelo Ruiz, Jerry Rivera, y toda esa estela de buenos cantantes salseros de finales del siglo XX no tienen cabida, porque no se acepta como una variación de la música afroantillana, que, repito, como todas las manifestaciones culturales, es viva y dinámica, a pesar del medio en que se desarrolle.
Entre el atraso de la afición por la música salsa y la resistencia a aceptar tendencias nuevas —aunque no se apeguen del todo a lo tradicional— media siempre la trampa de la nostalgia, lo que es perfectamente aplicable a muchos aspectos de la vida social, económica y política de Cartagena. El afán por perpetuar las cosas tal como están, la tendencia a querer que la maquinaria social funcione como funcionaba hace 50 años, cierra las puertas a cualquier brisa nueva que obligue a pensar en un futuro concreto y en sacrificar una cantidad de iconos mentales para establecer otros a la medida de las nuevas generaciones. Así el gusto por la música salsa en Cartagena.
No obstante, debo destacar que Cartagena también cuenta con un grupo de coleccionistas admiradores de la salsa que, aunque conservan y defienden las viejas piezas de esa expresión musical, también están abiertos a recibir y a compartir lo nuevo que se está haciendo en el Caribe, en Miami y en Nueva York.
Al lado de esos coleccionistas y sus discotecas personales, hacen igual tarea los dueños de algunos estaderos que ya están siendo reconocidos por los cartageneros como una puerta para adentrarse en el verdadero conocimiento de lo que es la cultura musico-popular viva. Ahora solo falta que entre todos nos dispongamos a fundar nuevas emisoras, revistas y cineclubes que mantengan a los cartageneros en el mismo nivel informativo de nuestros hermanos caleños, bogotanos, antioqueños, barranquilleros y chocoanos.
El asunto es sacudir la inmovilidad de la pequeña ciudad de Medina.

*Texto leído en el “Primer Encuentro Nacional de Coleccionistas por la Identidad Salsera”.

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Rubén Darío Álvarez es periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla y redactor de planta del diario El Universal. Ha publicado tres libros: “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, “Crónicas de la región más invisible” y “La fuga del esplendor: conversación con la música cartagenera de los años 80”. Es uno de los conductores del programa “Música del patio”, que se transmite todos los domingos por la emisora UDC Radio, 99.5 FM, de 8 a 10 de la mañana.