Cartagena de indias - Colombia
Lunes 16 Enero de 2017

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El profesor

Hace unas cuantas madrugadas me desperté con la mente invadida por una de las canciones que más me gustan del compositor sanjacintero Adolfo Pacheco Anillo: “El profesor”.
Me gusta por muchas cosas: por el sentimiento conque la interpreta el mismo Pacheco, por los recuerdos infantiles que me devuelve, por la hiriente melodía, por lo melancólico del acordeón que la enmarca, y, sobre todo, porque siempre me ha parecido un grandioso homenaje a todos los profesores del mundo.
No importa que Pacheco se la haya dedicado a un amigo y coterráneo. No importa, porque todos los seres humanos estamos atados por misteriosos hilos invisibles que hacen que todas las cosas, de una u otra forma, nos conciernan.
De manera que el que el autor diga “te mando, distinguido profesor, uno de mis retoños predilectos, para que tú, como maestro de los mejores, saques el mejor...” resulta ser un sincero voto de confianza en aquel docente amigo y paisano que nació y se forjó con el don para despertar el genio adormecido de sus estudiantes.
Es eso lo que considero debe ser un verdadero profesor: un estimulador de valores, de capacidades intelectuales y de transformadores del medio en que viven. Y no todos, desafortunadamente, nacimos para eso.
Ya he contado que en alguna etapa de mi vida acepté la propuesta de dictar clases en una corporación educativa de esta ciudad, donde se cursaban carreras técnicas a muy módicos precios para estudiantes de recursos modestos.
Confieso que, en cuanto me ofrecieron la nueva misión (pues ya trabajaba como redactor en esta empresa), se me llenó el corazón de mucho entusiasmo y de ganas de llevar un mensaje nuevo a los muchachos, pero al segundo semestre decidí que no volvería a pisar un salón de clases.
Sin embargo, varios años después, guardando aún la esperanza de que pudiera acomodarme en ese área (sobre todo por la entrada económica), acepté dictar clases a un grupo pequeño de estudiantes de Cine, pero en cuanto empecé y se fue desarrollando la materia, mi deseo más recóndito era que el período culminara lo más pronto posible para retirarme de ese recinto y no volver jamás.
Y así lo hice. Y otra cosa: me convencí suficientemente de que lo mío no es la docencia, de que no tengo la paciencia, ni el histrionismo, ni la elocuencia que se necesitan no solo para transmitir el conocimiento y para sostener la atención del público (!vaya público!) sino también para que el estudiante lo aplique a su vida cotidiana y profesional.
Por esa misma admiración que siento por los verdaderos profesores, lamento mucho la mala elección de algunos “docentes” mediocres que me tocaron durante mis años de bachillerato y universitarios, pero también recuerdo con inmensa gratitud a los que se esmeraban por convertir lo salones en verdaderos templos del saber ameno. Aquellos que con el poder de la palabra lograban que uno se olvidara de las horas, del recreo (y hasta del hambre) con tal de seguir escuchando sus experiencias profesionales.
Lamento mucho, además, que en los últimos años la docencia se haya convertido en la tabla de “salvación” de fracasados que no encontraron algo que hacer en sus respectivas profesiones y decidieron desplazar a los que sí tenían mucho que dar en el campo de la enseñanza. “El gran problema de la educación, amigo mío –me decía un profesor universitario-- es que ahora mismo hay muchos dictaclases y pocos pedagogos”. Y yo fui uno de esos farsantes y oportunistas, aunque final y venturosamente terminé comprendiendo que ser profesor es mucho más que saber dictar una clase.

Lamento también que el docente sea uno de los profesionales menos apreciados de Colombia, empezando por las malas y atrasadas remuneraciones que reciben, tema que en los años 70 le sirvió al compositor guajiro Hernando Marín Lacouture (q.e.p.d.) para componer su célebre paseo vallenato “Los maestros”, que los Hermanos Zuleta llevaron a las llamadas pastas sonoras y terminaron convirtiendo en un clásico de la canción social en Colombia.
No recuerdo uno solo de mis años de estudiante en que la canción de Marín Lacouture no se hubiera programado para celebrar el “Día del profesor”, ya fuera que alguien la cantara o hiciera una fonomímica, pero ese paseo siempre tenía que ser el primer invitado a la conmemoración.
“También sé que este Gobierno les paga de vez en cuando y otras veces, por milagro, les paga de mes en mes. Ese es otro que no sabe agradecer: tiene sus hijos también, que los están enseñando. No se acuerdan que fueron niños también. Y sea hombre o sea mujer, debe ser considerado, pero cómo ellos tienen el poder, y las gallinas de arriba le echan flores a las abajo...”, cantaba el difunto Marín con su guitarra bendita (como decía Emilianito Zuleta), sin sospechar que la frase “...y las gallinas de arriba le echan flores a las de abajo...” encendería una polémica de los mil demonios en la Colombia mojigata de aquellos tiempos, cuando surgían sensores de los sitios más insospechados, a quienes ni siquiera se les salvaban los artistas.
Ahora no son los sensores quienes les cortan las alas a los apóstoles del arte (al menos, en lo que concierne a vallenato) sino las empresas disqueras y las emisoras, pues las canciones protestas fueron desterradas de los catálogos, razón por la cual una canción como “La dama guajira”, también de Hernando Marín, duró cualquier cantidad de años inédita, debido a que ningún conjunto se atrevía a incluirla en su repertorio de grabaciones, por miedo a sufrir la censura de la disquera y de las estaciones radiales.
En todo caso, siempre serán insuficientes las palabras para elogiar al profesor, pero espero, muy humildemente, que la siguiente ponderación no resulte tan exigua: a mi modo de ver, el oficio del profesor es el más bello del mundo. No es el del periodista, como dicen García Márquez y sus admiradores. Es el del profesor, quien con el solo milagro de despertar en los niños la creatividad y la ganas de cambiar el mundo está dando una prueba irrefutable de la existencia de Dios.
La licenciada mexicana María Fernanda Ramírez Navarro lo dice mejor que yo:
“El profesor es la persona que, aunque no haya estudiado en una escuela formadora de docentes, tiene cultura y una preparación específica y se dedica a la profesión de enseñar. Aquel que con su forma de sentir, pensar, hablar, vivir y ser, es la persona ideal para que sus alumnos lo puedan imitar.
Además, lleva con equilibrio su labor; y el que en la actualidad, renovado en su práctica, busca la preponderancia, el aprendizaje más que la enseñanza. Es decir, se convierte en un guía, en un propiciador, en un facilitador de circunstancias que favorezcan a sus alumnos en la apropiación de los conocimientos.
El profesor es el hombre incansable, fervoroso y apasionado de su trabajo, en busca siempre de recursos, de preparación que hagan su labor eficaz e interesante, pero, sobre todo, motivadora; que abra a sus muchachos un mundo de posibilidades para enriquecer su cultura.
Y este trabajo, por humilde que sea, es el que forja mentes, es el que engrandece espíritus.
El Profesor es el que silenciosamente, con su esfuerzo
y con su ejemplo, construye personas con sentido común y capacidad de autocrítica”. 

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Rubén Darío Álvarez es periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla y redactor de planta del diario El Universal. Ha publicado tres libros: “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, “Crónicas de la región más invisible” y “La fuga del esplendor: conversación con la música cartagenera de los años 80”. Es uno de los conductores del programa “Música del patio”, que se transmite todos los domingos por la emisora UDC Radio, 99.5 FM, de 8 a 10 de la mañana.