Cartagena de indias - Colombia
Viernes 18 Agosto de 2017

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Emilia Herrera, de la ranchera al bullerengue

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Después de la aparición exitosa de la cantadora Irene Martínez, con la agrupación Los soneros de Gamero, fueron varias las ancianas del norte del departamento de Bolívar quienes se animaron a saltar a la palestra con sus gargantas y cantos de tiempos viejos.
Tal vez, sin lugar a dudas, la más visible de todas (después de Irene, por supuesto) fue Emilia Herrera, quien, desde el principio se destacó por la claridad de su voz y por la tesitura un poco más alta que la de la vocalista de Los soneros, aunque guardaba la misma picardía y sabrosura que exige el formato bullerenguero a quienes se atreven a asumirlo.
“Coroncoro” se llamó esa primera canción que irrumpió en la radio y en las fiestas carnavalescas del Caribe colombiano, como una continuación del fenómeno folclórico que volvía por sus fueros, a rescatar al público que había perdido entre la multitud de propuestas musicales que surgieron en los años ochenta en Colombia y provenientes de la gran cuenca caribeña.
Aprovechando la enorme acogida que mereció “Coroncoro”, vinieron más éxitos atronadores, entrevistas radiales y televisivas, congos de oro en el Carnaval de Barranquilla y, desde luego, presentaciones multitudinarias en las que nadie quería frustrar la curiosidad de ver de cerca a la dueña de la voz que se oía diariamente por las emisoras y que ya estaba perfilándose como la rival artística de Irene Martínez.
Nunca pude verla en sus conciertos, pero sí la aprecié de cerca, muy de cerca, en la sala de su casa del barrio Soledad 2.000, en Barranquilla, en donde vivía con varios familiares mayores y menores, aunque ya tenía algunas referencias de su persona, debido a su nacimiento en el corregimiento de Evitar, jurisdicción del municipio de Mahates (Bolívar), en donde también nacieron mis padres.
Eran los años 90. Y, para cuando obtuve el privilegio de esa cercanía, Emilia Herrera estaba un poco más vieja que cuando comenzó a cosechar las ventas de “Coroncoro” en los 80. Lucía sumamente flaca y recogida sobre un mecedor de hierro forrado en plástico, el cabello desordenado y gafas de vidrios oscuros que nunca me permitieron conocer sus ojos. Fueron dos veces las que estuve en esa sala y jamás pude saber si detrás de esos vidrios ahumados se escondía un sol naciente o agonizante. Aunque supongo que era de esta última forma.
Esa primera vez que pude verla de cerca estaba alegre, estrenando la aparición de un long play del que las emisoras venían promocionando “La respiración”, una canción cuya letra rezaba algo así como “ay, mamá, cuando estoy acostá / siento algo que se sube/ que no se me quiere bajá / y la respiración me hace cortá / esto es de otro mundo...” y ella dejaba escapar una estruendosa carcajada repleta de picardía, como una niña otoñal que acaba de hacer una pilatuna y espera por ella un aplauso, en vez de un regaño.
El equipo de sonido que acababa de comprar en alguno de los almacenes de electrodomésticos de Barranquilla también estaba siendo estrenado por la repetición del disco, cuando de pronto se presentó un vendedor del Círculo de Lectores y le ofreció libros, oferta que ella rechazó no sin antes mencionar, con cierta petulancia, los compromisos económicos que ya tenía y que pensaba adquirir con los billetes que estaba produciendo su música.
A su lado estaba un negro corpulento, con más aspecto de bobo gigante que de artista. Era su hijo Nadín José Echenique, quien había llegado desde Brasil atraído por el éxito de “Coroncoro”, canción que, según sus propias palabras, Emilia había compuesto para que el vástago extraviado regresara, lo que evidentemente se convirtió en una realidad.
En cuanto se fue el vendedor de libros, apareció una pareja de jóvenes. Ella, morena, pequeña, robusta y altanera; y él, acuerpado y silencioso. La primera le reclamaba a Emilia por un supuesto plagio, a la vez que la amenazaba con llevarla a los juzgados y encerrarla en un calabozo. Pero, contrario a lo que todos esperábamos, la cantante no se alteró ni alzó la voz. Sólo pidió que pusieran nuevamente el LP en el equipo de sonido para que la joven verificara si alguna de sus canciones hacía parte de ese compendio.
Los repentinos visitantes se retiraron con el rabo entre las piernas, mientras Emilia comentaba entre sus allegados y miembros del grupo musical, “es que cuando uno está empezando en la música, debe metérseles bajito a los que ya son grandes. Esa muchacha me trajo unas canciones para que se las grabara, pero ahora, por esa altanería, no le voy a grabar nada”, sentenció aún sin alzar la voz.
Más adelante, pidió que le colocaran en el stereo un LP de Irene Martínez con sus soneros de Gamero, pero al poco rato ordenó que lo quitaran, “porque Irene no cambia. Esas canciones tienen el mismo ritmo del disco del año pasado”.
A la hora del almuerzo, mientras todos saboreábamos una sopa de color rojo que había preparado su nieta, la voz de Emilia era lo único que se escuchaba en todo el ámbito de la pequeña casa, pero siempre de manera inmodesta, con una especie de arrogancia inocente, como si el mundo estuviera postrado ante sus chancletas y el bullerengue no tuviera otro destino que anidar sobre ella.
En otra oportunidad, un sábado lluvioso, la vi nuevamente en el reducido perímetro de su sala, ya desprovista del resplandor farandulero que le percibí la primera vez. Ahora lucía como una ama de casa común y silvestre, organizando enseres y dando órdenes entre un grupo de muchachas que, supuse, eran las hijas de sus hijos mayores.
En una tercera oportunidad no estaba ella sino su hija, la también cantante Nellys Echenique, quien acababa de publicar un trabajo discográfico en el mismo estilo de la mamá. Incluso, me di el lujo de acompañarla a responder por un concierto en una caseta del municipio de Juan de Acosta (Atlántico), presentación en que la también compositora, por petición del público, interpretó canciones de su progenitora, aunque en realidad jamás alcanzó las alturas de fama que conquistó Emilia.

“Yo soy la Emilita Herrera...”
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Juana Emilia Herrera García nació el 16 de abril de 1.932, en el corregimiento de Evitar, jurisdicción del municipio de Mahates, al norte del departamento de Bolívar, pero la distancia entre las dos poblaciones es de sólo quince minutos, viajando en automotor.
A su vez, Mahates (a hora y media de Cartagena por carretera) fue fundado en 1.533 por el conquistador español Pedro de Heredia, a quien también se le atribuye la erección de Cartagena de Indias, pero fue sólo hasta el siglo XVIII cuando se dio la creación de Evitar, que, junto a corregimientos como el Palenque San Basilio, Malagana, Gamero, San Joaquín, Mandinga, Solabanda y Pava hace parte de la más o menos amplia geografía que compone al municipio.
Según la cuentística tradicional de Evitar, esta población empezó a conformarse en 1.728, gracias a que dos familias del vecino municipio de Soplaviento (Bolívar), al norte del corregimiento en mención, iniciaron una terrible discordia en cuanto se supo que uno de los hombres de los Payares había sostenido relaciones sexuales con una de las muchachas aún vírgenes de los Herrera, situación ésta que para la época se consideraba una ofensa inadmisible al honor familiar, lo cual debía pagarse con matrimonio, cárcel, una dote de alto valor material o —en el peor de los casos— la vida.
Desde ese momento, y por la negativa de los Payares a propiciar un matrimonio o pagar una cuantiosa dote, se produjo una guerra sin cuartel en la que salieron a relucir insultos, golpes, armas y persecuciones, hasta que ambas familias, cada una por su lado, decidieron abandonar el pueblo.
“Nos vamos —dijeron los Herrera— para evitar una tragedia, para evitar problemas a nuestros descendientes y para evitar que otra hija se enrede con alguno de los Payares”.
Los Herrera lograron asentarse en lo que hoy es el barrio San Juan; y los Payares, totalmente ignorantes de que sus rivales estaban en el mismo pueblo, reiniciaron sus vidas en lo que hoy es el barrio La Sapera. El pequeño asentamiento humano pasó a llamarse “Evitar”, de acuerdo con las razones que esgrimieron los Herrera para abandonar a Soplaviento.
En otra versión de la misma leyenda, se afirma que el pueblo en donde se originó la discordia entre las dos familias no fue Soplaviento sino otro corregimiento perteneciente a Mahates. De acuerdo con esa misma versión, los Herrera dijeron: “nos vamos de mala gana, para evitar una tragedia”. De ahí en adelante, el sitio que abandonaron pasó a conocerse como “Malagana”, mientras que el lugar a donde llegaron fue bautizado como “Evitar”.
Por esos mismos tiempos, el territorio en donde hoy reposa Evitar era montañoso, poblado de árboles maderables, conejos, guartinajas, venados, babillas (que sobrepasaban los tres metros de largo) y tigres que asustaban con sus ronquidos en las horas de la noche.
“El ronquido del tigre —dicen los ancianos evitaleros— era como un toque de queda. Antes de que roncara, todo el mundo estaba recogido, pero la gente temblaba bajo las sábanas cuando sentía esa cosa como trueno que se acercaba y luego se alejaba entre la oscuridad del monte”.
Tanto los árboles como las montañas y los animales se fueron acabando bajo la mano arrasadora de los comerciantes que ambicionaban el cuero y la carne de las babillas, la madera y los territorios para levantar casas y hatos ganaderos.
En esa misma época, muy pocas familias (cuyos integrantes podían pasar de los diez) se preocupaban por proporcionarles estudios a sus hijos varones, pero sí por enviarlos a la roza (parcela) a “pajarear”. Es decir, a espantar al pájaro yolofo, que se comía los sembrados de arroz, de guineo manzano y de otros productos del pancoger.
En el caso de las mujeres, el acceso al estudio no era muy diferente al de los varones, pues la mayoría eran entrenadas, desde muy pequeñas, en las faenas de administración y mantenimiento de una vivienda, como también en la fabricación de mochilas, atarrayas, trasmallos y otros souvenires, oficio que eventualmente podían compartir con los hombres.
Sin embargo, las veces en que el nombre de Evitar ha resonado, a través de los medios masivos de comunicación de Colombia, no ha sido por sus actividades agrícolas, artesanales o pesqueras (que en estos momentos se encuentran en franca crisis), sino por sus músicos y cantantes, cultivadores del bullerengue y de otras vertientes de la música popular del Caribe colombiano.
Prueba de ello son las producciones discográficas de las desaparecidas hermanas Emilia y Marta Herrera, nacidas y criadas en el pueblo, al igual que el Rey Vallenato Juan David “El Pollito” Herrera, sobrino de Domingo “Mingo” Pimientel Aguirre, quien fuera, por espacio de 10 años, el cajero estrella del conjunto del acordeonista Andrés Landero, conocido como “El rey de la cumbia”.
Los cuatro fueron alimentados artísticamente por los festejos en honor a San Sebastián durante las fiestas patronales del mes de enero; y por las celebraciones en los nombres de San Juan y San Pedro, en donde el bullerengue, los toques de tambor y las flautas de millo siguen haciendo escuela, como en los viejos tiempos.

“Coroncoro se murió tu mae...”
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La casa que ocupa el solar en donde nació Emilia no tiene el menor rastro de lo que fue la vivienda que construyeron sus padres, Francisco Herrera Pacheco y Juana García Blanquicett.
Ahora es moderna, dotada de ladrillos, tejas de asbesto, ventanas de maderas relucientes y paredes de colores pasteles, que no se usaban en el primer cuarto del siglo XX, época en la cual la familia Herrera García era una de las más poderosas (económicamente hablando) de los corregimientos pertenecientes al municipio de Mahates.
“Esa casa ocupaba una manzana completa”, cuenta Nellys Echenique, quien, sentada en un taburete del patio de su casa, hace un pequeño esfuerzo por recordar que la calle en donde nació su madre, todavía es conocida como El Alambre. Allí también nacieron sus tíos Andrés, Francisco, Esperanza, Marta, Francisca y Basilisa, aunque, además, recuerda que Emilia tuvo otros hermanos de parte de padre: Gregorio, Virginia, Máximo, Dagoberto y Malvin.
Podría decirse que la vena musical de Emilia tuvo dos orígenes: la tradición tamborera de Evitar y la presencia de Juana García, su madre, como cantante de bullerengue, pasión que convirtió en itinerante, a la manera de los juglares de aquellas calendas cuando se cantaba por amor al arte y por darle gusto a la garganta, a las ganas de golpear los cueros o de hacer sonar un instrumento melódico.
“En Evitar siempre ha habido mucha pasión por los tambores. Los niños, desde que nacen, ya vienen con el oído lleno del golpe del llamador o de la tambora”, dice Nellys cuando tiene que referir que su abuela Juana García se hacía acompañar de su hijo Andrés Herrera en la marímbula; Mane Chacho, en el tambor alegre; Santiago Ospino, en la tambora; y Lido Pimientel, en el llamador.
Las mayores faenas del conjunto de Juana se desarrollaban en junio, especialmente en el llamado 24 de San Juan, fecha ésta que aprovechaba para recorrer territorios como Mahates, Gamero y San Joaquín, en donde cantaba sin recibir un peso a cambio, tal vez porque el dinero le sobraba, puesto que con su esposo era la dueña de haciendas agropecuarias como Catapila, La Ceiba, Songó y San Juan.
Al respecto, y en pleno apogeo de sus glorias discográficas, Emilia Herrera le contó al músico y presentador de televisión Jimmy Salcedo (q.e.p.d.), en su programa El show de Jimmy, que “toda esa riqueza se acabó por estar mi mamá celando a mi papá”.
Pero no sólo se perdieron los dineros, los ganados y las siembras. También las canciones de Juana, quien era una habilidosa improvisadora y compositora de bullerengues, virtudes que quedaron plasmadas en las cámaras de un grupo de ciudadanos norteamericanos, quienes, en 1965, llegaron a Evitar y grabaron las actuaciones de la cantadora, pero esa filmación jamás fue conocida por la familia Herrera García, ni por ninguno de sus coterráneos.
“A mi abuela nunca se le dio por grabar un disco —prosigue Nellys—, con todo y que por ahí andaban Alejo Durán y los Gaiteros de San Jacinto haciendo eso. Parece que a ella le parecía suficiente con estar cantando por ahí. Lo mismo pensaban los demás músicos evitaleros de aquella época. Algunos cantaban por una lata de arroz, por una porción de carne, vitualla o botellas de ron”.

“Mi papa tiene un defecto...”

A lo largo de todos estos años, los hijos de Emilia Herrera (Nadín y Nellys Echenique; Reinaldo Cueto, Emilio Canoles y Marelbis Pacheco) han oído decir que la artista bullerenguera dio las primeras muestras de su gusto por el canto teniendo unos 11 años de edad.
Pero, contrario a lo que pudiera creerse, no empezó cantando bullerengues, sino rancheras y boleros, que entonaba con la guitarra, o a capella, mientras viajaba a caballo desde Evitar a Mahates para asistir al colegio.
Los fines de semana o los días festivos se reunía con sus amigas de infancia, Nené Polo, Ana Rosa Santana y Juana Palacios, con quienes cantaba en las fincas cercanas, a veces con instrumentos, o sin ellos, aunque afirman sus familiares aún vivientes que Emilia aprendió a tocar la guitarra de oídas.
Recién cumplidos los 15 de años de edad, los padres resolvieron enviarla a Cartagena a asumir los estudios de bachillerato, pero estando en esas lides se encontró con Santiago Ospino, sobrino homónimo del tamborero que años atrás acompañaba a Juana García en sus rondas de bullerengue, y con quien se había iniciado un romance en Evitar, relación ésta que los padres de la joven nunca aprobaron, puesto que el pretendiente pertenecía a una familia sin dinero.
Sin embargo, la pareja recién encontrada resolvió emprender una vida marital sin casamiento en la Ciudad Heroica y sin pedirle permiso a nadie. “Mi mamá se salió, como decían en ese tiempo en los pueblos cuando una muchacha se ponía vivir con el novio sin ir la iglesia y sin consentimiento de los padres”, explica Nellys.
Pero la convivencia duró poco, aunque alcanzaron a concebir un hijo a quien llamaron Osvaldo, fallecido a los seis meses de nacido. Un tiempo después, los padres de Emilia partieron hacia Cartagena, deshicieron la unión y se regresaron con la hija, quien debió interrumpir el bachillerato y dedicarse a seguir cantando rancheras en el pueblo y en compañía de las amigas de siempre.
A los 17 años, estando en el corregimiento de Gamero, se conoció con un lugareño llamado Pedro Echenique, con quien emprendió nuevamente vida marital y trajo al mundo a Nellys y a Nadín José, sus dos primeros hijos.
“Mi papá nunca le puso problemas a mi mamá para que siguiera cantando —cuenta Nellys—, pero siempre lo hacía sola, porque le daba pena acompañarse de un grupo. Ella decía que cuando organizara uno, era para grabar enseguida. En ese momento improvisaba, como lo hacía mi abuela Juana García, pero apenas se había decidido a componer una sola canción, que se llamó “Calité”, que fue grabada por ella misma muchos años después, cuando ya componía canciones a cada rato”.

“Ay, que me voy pa’ La Habana...”

A unas tres cuadras de Nellys Echenique vive su prima Juana María Rosado Herrera, hija de Marta Herrera, la hermana de Emilia quien también incursionó en el mundo discográfico cuando la autora de “Coroncoro” estaba cosechando éxitos y demostrando que el advenimiento de la tercera edad no tenía que convertirse en una talanquera para los deseos de fama y reconocimiento nacional.
Juana María, quien también guarda aficiones por el bullerengue y por las canciones del espectro latinoamericano, tiene entre sus recuerdos de infancia a una Emilia Herrera de 18 años de edad, quien no cantaba bullerengue sino rancheras y boleros para darle serenatas a familiares y amigos, aunque tampoco recuerda haberla visto en esas actividades acompañada de instrumento alguno.
“En ese tiempo —cuenta Juana María— en Evitar también se cantaba el lumbalú que usan los palenqueros en los velorios, pero nosotros no le decíamos así. Le decíamos bullerengue, aunque fuera para un muerto o para un enfermo. Esas fueron las pocas veces que vi a mi tía Emilia cantando esa música. Otras veces era cuando llegaban las celebraciones de San Antonio, en donde la gente se ponía a cantar por las calles para pedir milagros”.
Mientras Emilia se aprendía las rancheras y los boleros de moda, en Evitar y los corregimientos cercanos había cantadores de bullerengue que nunca conocieron la fama discográfica, como Pablo Martínez, las mellas Dolores, Rita y Liberato Pimientel, Antonina y Dominga Julio y Esperanza Herrera, quienes en ese entonces vocalizaron temas tradicionales que en los años ochenta se volvieron famosos en la voz de Emilia y Marta Herrera: “Candela”, “La mona” y “Echa pa’ lante, cobarde”.
Los tamboreros que recuerda Juana María son Manuel y Antonio Pimientel, Francisco y Andrés Herrera, quienes, al parecer, habían aprendido muchas de las llamadas “canciones tradicionales” en los ingenios azucareros que, en el corregimiento de Sincerín instalaron ingenieros cubanos en los años 20 del siglo XX.
Allí se reunieron, como trabajadores, campesinos de casi todo el norte de Bolívar, algunos de los cuales fueron atraídos por la música cubana y por los conjuntos percutivos llamados sextetos, que aún existen en el palenque San Basilio. De manera que muchas de las canciones que se conocen como ancestrales en el departamento de Bolívar, en realidad fueron aprendidas del cancionero cubano, pero adaptadas al estilo del bullerengue del Caribe colombiano.
Al respecto, Dolores Pacheco Orellano, una evitalera cercana a la familia de Emilia Herrera, rememora que la cantante gustaba de improvisar versos satíricos para burlarse de sus vecinos y familiares, y que algunas de las melodías que utilizaba para enmarcar sus cuartetas burlescas pertenecían a la música cubana que se programaba en las emisoras de aquella época.
“Emilia —anota Dolores— era una mujer muy bonita, alegre, cariñosa, de buen cuerpo y mucha gracia. Por eso, y por su canto, tenía muchos enamorados. Su vida transcurría entre Evitar y Barranquilla. Allá trabajaba como muchacha del servicio en las casas de los ricos, pero en navidad, o para las fiestas patronales, regresaba luciendo bonitos vestidos y con nuevas canciones aprendidas de lo que estaba pegado por allá en las emisoras y en los bailes de los barranquilleros”.

“El golero come brincando...”

El productor discográfico y empresario de espectáculos, Wady Bedrán Jácome, dice haber conocido a Emilia Herrera desde que estaba muy niño, pues en ese tiempo pacería existir una estrecha relación entre los músicos de Evitar y Gamero.
Tal vez por esa razón, algunos ancianos naturales de Evitar creen recordar que tanto la madre como la abuela materna de Emilia nacieron en Gamero, pero llegaron muy jóvenes a Evitar en donde desarrollaron sus vidas y murieron.
Bedrán Jácome recuerda que en Gamero también había mucha actividad musical alrededor del bullerengue, pero también se cantaban rancheras y los aires antillanos que difundían las emisoras y cantaban los músicos cubanos que laboraban en los ingenios de Sincerín.
Después de haber laborado por cierto tiempo en el conjunto del rey vallenato Alfredo Gutiérrez, Wady Bedrán decidió volver a Gamero a reunirse con los músicos y cantadores que había conocido en su niñez como cultivadores del bullerengue, por lo que en cuanto arribó a la población organizó una parranda en donde les manifestó a los intérpretes que tenía pensado armar un grupo.
Era 1969. El grupo se conformó con el nombre de “Los soneros de Gamero”, pero sólo vino a pisar los estudios de grabación en 1980, mediante un disco de larga duración titulado únicamente con el rótulo de la agrupación, en donde Emilia grabó tres canciones de su autoría: “Gocen a noviembre”, “Sólo tapón na´ más” y “Mi burrita”.
Antes de esas tres piezas, Emilia había grabado la canción “El diablo”, de Wady Bedrán, pero la misma nunca se publicó, puesto que Los soneros se enteraron de que alguien la había enviado clandestinamente a los estudios de Felito Récord, en Barranquilla, lo que generó un embrollo judicial que culminó en el no prensaje de la grabación.
Después del éxito de Irene Martínez con el marco musical de Los soneros de Gamero, Wady Bedrán optó por traer a sus filas a Marta Herrera, la hermana de Emilia, para que fuera la vocalista del recién fundado grupo “Los Wadingos”, quienes popularizaron la canción “Candela”.
Nellys Echenique recuerda que “cuando Wady fue a Evitar a buscar a mi tía Marta, mi mamá le dijo que ella también quería grabar, que le consiguiera una grabación, pero Wady lo que le dijo fue que ella no sabía cantar. Sin embargo, le propuso que le grabara un casette con sus canciones para ver qué se podía hacer. Mi mamá tomó un casette y le grabó el tema “El pájaro picón”, pero el tipo resultó dándoselo a Irene. Y hasta le cambiaron el nombre, le pusieron dizque “Se va, se va”; y apareció con la firma de Irene Martínez, una señora que nunca en su vida compuso una canción”.
Viendo que la petición hecha a Bedrán no iba a dar los resultados esperados, Emilia optó por grabar otro casette, pero esta vez en compañía de un tamborero, para darle más carácter a las canciones. Posteriormente, dicha cinta magnetofónica fue enviada a Felito Récord, a consideración de Félix Butrón, el propietario, quien a las pocas semanas solicitó la presencia de la cantadora para que fuera su artista exclusiva.
Fue así como en 1.985 salió al mercado la primera producción de Emilia como solista, de donde se destacaron canciones como “Coroncoro” y “El pájaro picón”. De la primera, la cantautora contó en enésimas oportunidades que “(...) esta canción nació en mi pueblo. Había un señor negro y feo que se la pasaba tomando trago y a quien lo apodaron ‘Coroncoro’, que es el nombre de un pez feo. Un día se murió la mamá y fueron a avisarle donde estaba tomando: ‘negro, se murió tú mamá’, le dijeron. Y él respondió: ‘déjala morir’. Entonces, escribí con mucho sentimiento para que cuando yo muera y mi hijo, que vive en el Brasil, escuche la canción, se sienta muy triste”.
Nellys Echenique reitera que se trata de Nadín José, quien años atrás se había marchado para las fronteras entre Colombia y Brasil, y nunca se volvieron a tener noticias suyas, hasta que la canción se convirtió en éxito nacional e internacional.
“Yo vivía en Venezuela cuando estaba sonando 'Coroncoro'. Y hasta vi la noticia por televisión, cuando mi mamá contaba lo de Nadín José. Entonces, recogí los recortes de periódicos, me fui para Brasil y logré localizar a mi hermano. Cuando nos vimos, le mostré los recortes y él resolvió que iba a regresar a Colombia. Llegó a Barranquilla, al barrio Soledad 2000, a ver a la mamá, pero poco tiempo después se regresó a Brasil. Volvió cuando ella murió y se quedó en Evitar. Ahora vive solo en una casa desvencijada”.
En 1.986 Emilia Herrera publicó otra producción, de la cual sonaron canciones como “Cundé cundé”, “Currucuchú” y “Congo eh”, lo que aumentó su prestigio en el ámbito nacional, pero sobre todo en los carnavales de Barranquilla en donde no sólo se enfrentaba a las grandes agrupaciones musicales del momento, sino que también fue galardonada con el Congo de Oro del Festival de Orquestas.
Posteriormente, alcanzó a grabar una producción con Alfredo Gutiérrez, que tampoco pasó desapercibida y sirvió para que la invitaran a una gira por los Estados Unidos. Pero lo que más destacan las personas que estuvieron cerca de ella y de Irene Martínez, “fue que nunca se les subió la fama a la cabeza. Siempre fueron las mismas campesinas amas de casa que uno puede encontrarse en cualquier pueblo de la Costa caribe colombiana”.
Al respecto, cuenta Wady Bedrán que, estando en un hotel de Ciudad de Panamá, Irene y Emilia se apartaron del grupo para practicar en el suelo un juego ancestral que se ejecutaba moviendo piedrecitas. “De pronto —agrega Bedrán— pasaron por la televisión un documental sobre ambas y nosotros empezamos a llamarlas para que no se lo perdieran. Pero ellas, con toda inocencia, lo único que dijeron fue, ‘hombe, que documental ni que documental; nosotros lo vemos otro día, porque ahora estamos jugando’”.

“Este año voy a salir, por si acaso me muriere...”

Juana Emilia Herrera murió en Barranquilla el 15 de septiembre de 1993. Tenía 20 años de haberse radicado definitivamente en la capital del Atlántico y duró diez años haciendo producciones discográficas.
Unas semanas antes de que falleciera vi un informe de televisión en donde anunciaban que estaba muy enferma, realidad que quedó en evidencia cuando alguien la sacaba cargada de su recamara y la sentaba en una mecedora para que pudiera conversar con los periodistas.
Al final de la nota, cantó fragmentos de algunas canciones que decía haber compuesto en esos días de reposo, pero cuando iba a finalizar cada estribillo decía, “hasta ahí, porque después se lo roban”.
A los pocos días se anunció, mediante los medios masivos de comunicación, su fallecimiento a la edad de 61 años, cuando todavía hubiese podido seguir componiendo y cantando bullerengues como la creadora que siempre se preció de ser.
Tres días después, el 18 de septiembre, su cuerpo fue trasladado a Evitar, y su cortejo fúnebre fue acompañado por agrupaciones musicales folclóricas de Barranquilla, Cartagena, Mahates, Malagana, Evitar, San Basilio, San Joaquín y San Cayetano, entre otras localidades del norte de Bolívar.
Durante las nueve noches, al compás de los rosarios, los bullerengues, las canciones luctuosas, los versos alegres, la matanza de reses para alimentar a los visitantes, las cajas de ron y las espermas derretidas una tras otra no cesaron en honor de la cantadora que en el ocaso de su existencia tuvo la entereza de asumir una difícil misión: dotar de pocas, pero inmortales canciones a todos los carnavales que, por los siglos de siglos, se celebren en las calles de la Región Caribe colombiana.
Marzo de 2011

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Rubén Darío Álvarez es periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla y redactor de planta del diario El Universal. Ha publicado tres libros: “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, “Crónicas de la región más invisible” y “La fuga del esplendor: conversación con la música cartagenera de los años 80”. Es uno de los conductores del programa “Música del patio”, que se transmite todos los domingos por la emisora UDC Radio, 99.5 FM, de 8 a 10 de la mañana.