PARQUE DEL CENTENARIO 1 Teatro a golpe de Carángano


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El escenario no tiene tablas ni cortinas. Es un espacio de concreto y naturaleza, tapizado con adoquines en algunas partes y sombreado por árboles antiguos en otras.
No hay reflectores ni candilejas con que inventar efectos visuales, pero en cambio, sobre el espacio aéreo de la bahía, el sol desciende agonizante como naranja gangrenada, mientras el público empieza a reunirse en la sección derecha del monumento al Centenario de la Independencia.
Tal como ayer, Álvaro y Denis desempacan sus elementos de trabajo: varios vestidos para encarnar a los personajes de sus piezas teatrales, piedras, una olla de aluminio, un ramo de flores de coral, sábanas, pantalones, camisas, sombreros, barbas postizas, palos, maracas, claves, un tambor que marca los cambios de escena; zapatos y cremas para emblanquecer el rostro.
No hay gradas ni butacas de primera fila, pero el público que va llegando se acomoda en los bordes de las reatas del parque o en las escaleras que conducen hacia el monumento del cóndor.
Entre los espectadores no se encuentran señoras de apellidos encopetados, ni intelectuales, ni fotógrafos sociales, ni gurúes de la jungla cultural, sino estudiantes adolescentes, gente desocupada, jubilados, vendedores de cualquier cosa, muchachas de innombrables oficios, miembros de alguna secta evangélica y un cuentachistes que espera su turno.
Mientras Denis va preparando el escenario, Álvaro golpea el tambor como imitando un galope de caballos o alguna cadena de códigos comunicativos que indican que la función está por empezar.
Denis, vestida con pantalones ceñidos, blusa ligera, pañoleta y claves de madera, acompaña el tambor, que ahora interpreta un son cubano, cuya letra es nada menos que la presentación con el nombre del grupo teatral en el cual ellos trabajan: “Carángano”.
“La loca Esperanza” es la primera pieza que representan a voz en cuello y, al parecer, es una de sus preferidas, a juzgar por la cantidad de veces que la han interpretado en los diferentes escenarios del Centro Histórico de Cartagena.
Los transeúntes de la Plaza de los Coches, la Plaza de la Aduana, el Parque de Bolívar y el Parque del Centenario, han visto muchas veces ese diálogo en el que la pareja de actores cuenta la historia de un andariego que busca fortuna fácil, sin trabajar, únicamente caminando entre los montes y las montañas.
La pieza acaba. Denis y Álvaro se toman de las manos, hacen una suave inclinación del cuerpo y se escuchan escasos aplausos que percuten penosamente desde algunos de los rincones de la ronda que encierra a los dos artistas.
Después, Denis agarra con los brazos extendidos un sombrero de tela gruesa, le da la vuelta al ruedo y son escasas las monedas que caen al fondo de color blanco, lo cual no impide que la actriz siga sonriendo, se dirija al escenario y empiece a cambiarse de ropas.
La siguiente obra se llama “El tumbis tumbis turumbis tumbis”. El personaje que interpreta Álvaro en esta ocasión es un brujo que tiene fama de volver jóvenes a las viejas más viejas; y son muchas las viejas que le llevan dinero para volverse jóvenes, pero viejas se quedan.
Después de quince o veinte minutos, Denis se pone una falda azul en cuya parte trasera está bordada la palabra “fin”. Toma nuevamente el sombrero de tela, lo extiende hacia el público y se escucha la voz de un estudiante diciendo, “a mí no me gustaron esos chistes”.
“No son chistes”, replica Denis, “es teatro callejero”.
Desde 1984, Álvaro Bello y Denis Gomescasseres Ramírez están haciendo teatro callejero por todo el país. Él es de Palmira (Valle) y ella nació en Venecia (Antioquia). Se conocieron en la tierra de él.
Dicen que abandonaron sus respectivas carreras universitarias por amor al teatro callejero. Ella estudiaba Idiomas en la Universidad Distrital de Bogotá y él era estudiante de Filosofía e Historia de la Universidad Nacional.
El teatro los conquistó desde los años del bachillerato, pero empezaron a tomarlo en serio cuando se conocieron en Palmira, durante una de esas fiestas con comparsas en donde se canta y se baila al ritmo del carángano, un instrumento de guaduas, percutivo y melódico al mismo tiempo.
Como un homenaje a esas fiestas callejeras de Palmira, Denis y Álvaro decidieron bautizarse como el “Grupo Carángano”. Pero antes, recibieron talleres con el actor Enrique Buenaventura en la Corporación Colombiana de Teatro, para luego montar sus propias obras teatrales y salir a conocer el mundo, dando a conocer lo suyo.
“A principios de los 80 —cuenta Álvaro— se desató en Bogotá una gran fiebre por el teatro, pero especialmente por el teatro callejero. Creo que eso fue por la influencia del Festival Iberoamericano de Teatro. A nosotros también nos contagió esa fiebre, y desde entonces estamos en esto”.
“Creo que el auge del teatro callejero —anota Denis—, se debió al afán de muchos actores, dramaturgos y directores por encontrar un verdadero teatro colombiano. Antes de eso, nuestro teatro estaba muy europeizado. Las obras eran de los autores clásicos de Inglaterra, Francia, España e Italia. Los actores eran acartonados, tanto en sus diálogos como en sus vestimentas y poses, pero el teatro callejero acabó con todo eso”.
“Y lo principal para acabar con eso —prosigue Álvaro— fue rescatar el lenguaje de la tradición oral colombiana, los cuentos, las fábulas, los personajes, etc. Y allí empezó el teatro colombiano con todas sus ganas. Nosotros comenzamos en la calle, fuimos a escenarios cerrados y volvimos a la calle. Esta última nos gustó más”.
***
Cuando el Grupo Carángano se retira del Parque del Centenario, el cuentachistes se levanta de uno de los bordes de la reata, se para en el mismo escenario que improvisaron los actores, pega un grito guacamayesco y el número de espectadores crece como hormiguero en terrón de azúcar.
Mientras nos alejamos, les pregunto acerca del cuentachistes y la gente que lo rodea, pero en ningún momento descalifican la labor de esa competencia.
“Los cuentachistes son muy importantes en todas partes. Ellos también constituyen la cultura popular —asegura Álvaro—. De alguna forma, representan el espíritu del pueblo pueblo. Lo que pasa es que el colombiano es muy moralista y siempre censura en público los chistes verdes. Pero cuando está parrandeando en privado, contrata cuentachistes para que lo hagan reír con cosas de grueso calibre”.
“Domitilo, el rey de la rumba”; “El carnaval del hijo de los calzones”, “El guapo de Cascadura”, “La loca Esperanza” y “El tumbis tumbis turumbis tumbis” son las obras que el Grupo Carángano tiene montadas para representar en todas partes.
Son de creación colectiva y contienen mensajes de corte social, pero sin parlamentos rimbombantes ni discursos comunistoides, como los que se utilizaban en los años sesenta, cuando la tierra estaba cambiando de cara.
Afirman que con esas cinco obras se han presentado en festivales de corte nacional e internacional. Conocen casi todas las ciudades colombianas, pero reconocen que sólo unas cuantas, como Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Sahagún (Córdoba) son las que están más preparadas para acoger el teatro; y, en especial, el teatro callejero.
“Cartagena no recibe bien el teatro callejero —afirma Denis—, porque no está preparada para eso. Mientras en Bogotá hay más de 200 salas, la mayoría de ellas en los barrios populares, en Cartagena los pocos grupos que existen luchan por sobrevivir. Los actores y directores no están de tiempo completo con el arte sino que se ocupan en otras cosas, para poder comer. En Bogotá ves teatro callejero todos los días. Aquí, ves obras de teatro en recintos cerrados, algunas veces; y con poco acceso para el pueblo”.
“Mientras en las ciudades que te mencionamos se hacen montajes que valen dos millones de pesos —dice Álvaro—, acá te llaman los funcionarios públicos para que montes una obra, pero por cincuenta mil pesos. Es que no conocen el valor de este arte. Un teatrero necesita elementos para trabajar; y más, si es de la calle. El vestuario y demás elementos de trabajo, duran escasos tres meses cuando se trabaja en la calle”.
“Tenemos varias obras nuevas paradas, porque nos falta presupuesto, aparte de que estamos viviendo mal en donde nos hospedamos”, dice Denis.
“El 16 de junio —anuncia Álvaro— un grupo de boxeadores retirados nos ayudará a montar un espectáculo en grande en la Plaza de los Coches para recolectar, por los menos, dos millones de pesos, que necesitamos para solventar nuestras deudas y demás obligaciones.”

***
Cuando llegan a la Plaza de los Coches, un grupo de música andina tiene embrujados a los potenciales espectadores de los teatreros.
Mientras tanto, Álvaro me cuenta que tienen cinco hijos: tres varones y dos hembras. Una parte estudia en Bogotá y la otra en Ciénaga de Oro (Córdoba), en donde viven los padres de Denis.
Ya conocían Cartagena. En el año 91 vinieron por primera vez y, al igual que en esta ocasión, las cosas resultaron duras. La gente sigue igual de ignorante en materia de teatro. Todo lo que recogen por sus funciones desde las 4:00 de la tarde en las plazas del Centro, no pasa de 20 mil pesos.
Finalizamos la charla cuando el grupo andino le concede un chance a los teatreros. Denis hace ejercicios de calentamiento. Álvaro toca el tambor. Cuando culmine este segundo acto, se mudarán para la Plaza de Bolívar. Y tal vez ya no habrá público que aplauda o extienda otras monedas.


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