PARQUE DEL CENTENARIO 2: Los asalariados del chiste


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Édgar Martínez Julio se aparece por el Parque del Centenario casi siempre a las 5:00 de la tarde.
A esa hora, Carángano, el grupo de teatro, está recogiendo sus pertrechos para mudarse a la Plaza de los Coches.
Antes de que se retiren, Martínez Julio, con voz grandilocuente, pide a la escasa concurrencia que acaba de presenciar dos obras que los actores tienen montadas desde hace tiempo como su único repertorio, un fuerte aplauso.
En cuanto el elenco se marcha, el público empieza a crecer como por artificios de brujería. El escenario sigue siendo el mismo: el monumento del cóndor en el centro del parque, que es también una rotonda tapizada de adoquines de maciza rusticidad.
La siguiente función consiste en una retahíla de chistes a cargo de Édgar Martínez Julio, más conocido en el ámbito callejero como “El Usocarruso”; y Edelberto Géles, a quien los cartageneros identifican desde hace ratos con el remoquete de “El Cuchilla”.
Las actuaciones de ambos ya son comunes en los cuatro puntos cardinales de Cartagena, debido a que llevan más de diez años provocando aglomeraciones a su alrededor y en cualquier sitio del Centro Histórico, de los extramuros, en las emisoras o en los clubes o parrandas privadas, cuyos asistentes no sólo se han acostumbrado a esos chistes de grueso calibre, sino que los exigen.
El Cuchilla Géles se encarga de la primera tanda de chistes. Su aspecto no es el mejor: en la mirada, en los movimientos y en la pronunciación de algunas frases se le notan las botellas de ron o de cerveza que consume diariamente antes de llegar al parque.
La vestimenta, sumamente estrafalaria y descolorida, tampoco lo ayuda mucho. Pero él, con notable despreocupación, se para en medio del escenario, dice un buenas tardes en bajo tono, agradece la asistencia numerosa de siempre y termina insultando a la concurrencia, que ríe ruidosamente, celebrando lo que podría considerarse uno de los primeros chistes de la jornada.
El Cuchilla Géles ya no ostenta la misma velocidad ni el mismo volumen de voz que utilizaba en años pasados como herramientas de trabajo. Ahora, sus chistes, en vez de cortos, rápidos y contundentes, se hunden en el fango de los detalles innecesarios, siempre salpicados por alusiones pornográficas o fecales, que arrancan tímidas risitas entre las mujeres y vacuas carcajadas entre los hombres.
Termina su actuación, pero el público se reduce en cuanto El Cuchilla anuncia que pasará por los puestos de cada uno para recoger las colaboraciones. Algunas monedas llueven desde las escalinatas del monumento al Centenario, mientras que unas cuantas niñas de alquiler, que son sus amigas, le agarran la mano y le piden chistes de los más vulgares que integren su repertorio. “Más luego se los cuento”, dice El Cuchilla con voz de bisagra oxidada.
Ahora, el turno es para El Usocarruso, un cuentachistes enérgico, raudo y aplastante en su manera de desglosar un repertorio a través del cual la palabra mondá se pasea impunemente, la mayoría de las veces sin que haya necesidad, lo cual también sucede con las compilaciones de El Cuchilla Géles, a quien considera su maestro.
No se sabe si por casualidad o por escasos recursos monetarios, pero la gran mayoría de quienes rodean las actuaciones de El Usocarruso llevan meses viéndole la misma vestimenta: un suéter blanco de mangas semi largas con la silueta de un felino saltándole en el pecho, un pantalón overol de bolsillos grandes, un grueso cinturón de color negro y un par de zapatos de caucho con rayas azules y espacios blancos.
Al igual que El Cuchilla Géles, El Usocarruso empieza su función con un discurso procaz en contra de los santurrones que dicen odiar los chistes verdes. También atropella a las mujeres que fingen sonrojarse con los detalles sexuales, para lo cual acompaña sus palabras con movimientos pélvicos; y representa, con el antebrazo o con las manos en forma de triángulo, las desproporciones genitales de algunos de los personajes de sus chistes.
Después de siete u ocho narraciones, El Usocarruso también se da una vuelta por el ruedo, esperando las esquivas monedas. Luego anuncia el show que hará en compañía de El Cuchilla Géles y con el cual dará por terminado su trabajo en la tarde de hoy.
“!No joda, pero colaboren!”, dice con voz de cotorra cuando le toca volver a recoger monedas entre los espectadores.

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Al fondo se escuchan las voces de los teatreros, cuando Edelberto Géles, “El Cuchilla”, nos cuenta que desde los 8 años está viviendo en Cartagena. Nació en Arboletes (Antioquia), pero se crió en barrios cartageneros como Chambacú, Ceballos, San Pedro Libertad y Los Comuneros.
“Soy un ‘Anticar’”, dice haciendo alusión a su origen antioqueño y a su crianza cartagenera. Vive como inquilino en Los Comuneros, pero afirma ser propietario de una casa en el barrio La Candelaria. Allí viven una parte de sus hijos y varios sobrinos.
En un pasado lejano se dio el lujo de ser el propietario de tres viviendas regadas por la zona suroriental de Cartagena, gracias al dinero que ganó como boxeador en las categorías amateur y profesional, pero su carrera culminó cuando cumplió los 38 años de edad. Allí consideró que estaba demasiado viejo para seguir recibiendo golpes.
“El apodo de El Cuchilla —cuenta—me lo pusieron, porque cada pegada mía era una cortada segura en la cara del contendor”.
No recuerda desde cuándo está contando chistes, pero sabe perfectamente que esa afición lo viene acompañando desde el comienzo de su vida. Tanto es así que el oficio de boxeador lo alternaba con el de cuentachistes, principalmente cuando sus colegas deportistas los buscaban para que amenizara los velorios familiares o los de cualquier otro aficionado a la carrera de los puños.
En realidad, la mayor parte de su juventud transcurrió entre Venezuela y Cartagena, pero fue en esta última en donde culminó su trayectoria boxística, después de una velada en la que dice haber ganado con sobrados méritos, “pero me robaron la pelea”.
“Después me dediqué a la navegación —prosigue— en un barco que capitaneaba mi papá, buscando mercancías por Aruba, Curazao, Bonaire y Panamá. Pero un día salimos de pelea, porque en Ciudad de Panamá me quedé bebiendo toda una noche. Entonces dije, no navego más. Me vine para Cartagena y desde entonces estoy viviendo de los chistes”.
Desde 1992 los chistes de El Cuchilla Géles se han escuchado en numerosos sitios de Cartagena, pero también en las emisoras de las estaciones A.M. y F.M., cuando no es invitado para que suelte su repertorio en fiestas privadas o en discotecas.
“La gente que más me contrata es la del barrio Manga —dice—. Lo bueno es que uno cree que le van a pedir chistes sanos, porque son gente ‘bonita’ y ‘decente’. Y de pronto, cuando están en sus tragos, te salen pidiendo puras vainas plebes. Y hay que complacerlos”.
Por esos contratos suele recibir entre 200 y 300 mil pesos, como la semana pasada cuando estuvo en Bogotá, acompañando a un grupo de cantantes de champeta de Cartagena. “De otras ciudades también vienen a buscarme, pero mientras tanto me vengo para el parque a rebuscarme”.
Asegura que en el Parque del Centenario suele recoger entre 15 y 20 mil pesos diarios, “de acuerdo con como esté el ánimo de la gente”, pero todo ese dinero es para él, pues advierte que sus hijos e hijas ya están grandes y comprometidos en matrimonios con hijos.
Su repertorio está compuesto en un 50% por chistes clásicos; y el otro 50% son chistes de su invención. Le pedimos que nos cuente uno, pero mejor nos invita a que veamos su show. El Cuchilla Géles tiene el rostro más triste y atropellado que uno pueda encontrarse en el ambiente cartagenero del rebusque.
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La cara de Édgar Martínez Julio parece la clásica caricatura de un karateca oriental, pero es tan cartagenero como la Romana Guerrero, la calle del Barrio Chino, donde nació hace 39 años.
Casi todo el mercado de Bazurto lo conoce, no sólo por los chistes que cuenta, sino porque sus principios fueron los de un vendedor de pescado que trabajaba para su mamá, mientras hacía de la risa callejera una manera de ganarse la simpatía de sus compañeros de negocio.
“Pero el mercado se puso tan malo que dejé esa venta y me dediqué a otras cosas. Y más, cuando ya tenía mujer y una niña con parálisis cerebral. Un día la mujer se fue y me dejó la niña. Mi mamá me la cuida en las tardes, mientras yo estoy trabajando en el parque. En las mañanas, la cuido yo”.
Le dicen El Usocarruso por un canto que él mismo inventó para hacer la apertura de sus presentaciones, pero que ahora también lo “patentizó” otro cuentachistes apodado “El Zorro” y de quien Édgar Martínez prefiere no hablar “porque a mí no me gusta la gente doble cara”.
Su cuentachistes preferido es El Cuchilla Geles, y podría decirse que por él está contando chistes en el Parque del Centenario.
“En donde quiera que estaba El Cuchilla, ahí estaba yo escuchándolo. Si se presentaba en una emisora, ahí estaba yo sintonizándolo. Un día me vine para el parque a verlo trabajar y él terminó presentándome para que contara un chiste, pero la gente me chulió, porque no me salía la voz, por el miedo que me estaba matando. Al día siguiente regresé; pero en vez de burlas, recibí monedas”.
Ahora lleva 14 años viviendo de los chistes. Ha trabajado en todos los espacios urbanos de Cartagena, en emisoras, en fiestas privadas y discotecas, pero también ha grabado discos compactos y videos que vende en el parque, y después los mismos compradores se los piratean sin pagarle ni medio centavo.
“Ahora pienso inscribirme en ‘Bailando por un sueño’ a ver si consigo el premio para mi hija”.
Al igual que El Cuchilla, Martínez Julio dice tener chistes de su invención, aunque algunos se los cuenta la gente por la calle, pero él les aplica otros aditamentos, dizque con la intención de mejorarlos.
Cuando las cosas andan bien, recoge entre 15 y 20 mil pesos en el Parque del Centenario; y cobra 200 y 300 mil pesos en las emisoras y en las fiestas privadas, pero últimamente ha renunciado a las primeras “porque te ponen a grabar 50 chistes y no te llaman más, cuando lo chévere sería que te dieran un empleo diario con que sostenerte”.
En sus más de diez años contando chistes, asegura que jamás ha tenido problemas con los diferentes públicos que trata, especialmente si son fiestas privadas, “porque lo primero que hago, antes de subirme al escenario, es preguntarle a la gente qué quiere oír; y las peticiones, casi siempre, son de chistes plebes”.
Menos complicado que su maestro El Cuchilla, Édgar Martínez se despide con un chiste corto de su propia inspiración:
“Figúrate que entró un bobo a un supermercado. Cogió una botella de ‘Fruco’ y se echó en las dos orejas. Un vigilante lo pilló y le preguntó: ‘Oiga, ¿usted por qué hace eso? Y el bobo dijo: ‘es que a mí me gusta escuchar salsa'”.


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