Cartagena de indias - Colombia
Martes 22 Agosto de 2017

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El Viejo Fotógrafo del Puerto

Vi al mismo tipo en tres lugares distintos. Primero lo vi en el Puerto de Veracruz, en mayo de 2015. Después lo vi en La Habana, en junio del mismo año. Y en octubre lo vi en Cartagena.

 

Era de noche y llegué al puerto de Veracruz bajo una tromba implacable. Al día siguiente, por la tarde, Álvaro Alcántara–un amigo Jarocho- sentenció: “Tienes que ir al bar Los Amigos”. Lo que más me impresionó del puerto es que encontré una calle igual a la calle Londres del barrio El Bosque en Cartagena. Tanto allá como acá me encontré con una hilera de accesorias y me conmovió porque yo nací en una ellas. Hasta la lámpara del alumbrado público era igual, su luz amarilla y triste de siete de la noche.

 

Íbamos caminando bajo el mismo calor, la misma gente, el mismo swing, hasta llegar a la calle Cuauhtémoc. Hagan de cuenta que es la misma calle de El Guerrero en Getsemaní. Cogimos mesa frente a un sexteto de músicos maduros, de sabrosura reposada, de experiencia sonera curtida por la brisa y por las cuerdas.  Fue inevitable invocar a Gabriel Pico –El Safari-, Fidel Leottau –Donde Fidel- , Iván Gil Díaz –La esquina Sandiegana- y Hermógenes Alfaro –El Platanal de Bartolo. Porque la verdad es que el sexteto parecía integrado por ellos mismos. Sin embargo, faltaba la voz principal. De manera que el grupo hacía lo que podía. El trompeta nos comentó que el viejo siempre caía en lo mismo, llegaba tarde porque tenía espíritu de diva.

 

En eso llegó el cantante. Era el más viejo de todos. Venía con la marca de un buen puñetazo en la cara: un ojo bien morado, con ribetes verdes. Acto seguido, dignidad mediante,  pidió en la barra un trago de mezcal. Con el primer sorbo el semblante cambió y gritó a todo pulmón: “Para que este mundo sea mundo, tiene que haber de todo, mi gente”. Cogió el micrófono y el mezcal hizo su efecto prodigioso en aquella garganta vieja.

 

Zumbaba el sexteto, caía la noche. “Acaba de llegar el fotógrafo del puerto”. Me anunció Álvaro Alcántara. Con sombrero panamá, camisa negra de finas rayas blancas, pantalón y zapatos blancos era aquel un tipo de tez blanca, viejo y con cara y gafas de Míster Magoo (Famoso personaje de serie animada de los años cincuenta y sesenta, muy difundida por la televisión colombiana de la época). ¿Fotógrafo del puerto? Me pregunté. El curso vital de este tipo debe ser formidable, asumí. En efecto, el fotógrafo venía acompañado de una dama voluptuosa, más joven que él. Ambos entraron bailando al bar. Sin preámbulos de ninguna especie. La experiencia en el goce no improvisa y va al punto.

 

El piso de rombos desgastados se engalanó con la sabiduría dancística de aquella pareja. Los músicos del sexteto cogieron un segundo aire y con perrenque tocaron aquel himno de la alta prostitución más húmeda y mulata: “El Faisán” de Johnny Pacheco y Héctor Casanova. El fotógrafo y su mujer se amaron sin remilgos, pero, con una elegancia de baile, que por un momento, todas las mesas del bar no despegaron la vista de aquel patrón del son y el movimiento. Es imposible mentir en dos cosas de la vida: el besar y el bailar. Cuando el trompeta reventó con el coro de faisanízate, todos bailaban.

 

¿Qué diferencia había con Cartagena, con La Habana? El mismo fotógrafo me encontré en ambos puertos. Este es mi testimonio, sin inventos. Si lo escribo es porque allí estuve.

 

                                                                       ****

 

La Habana está más llena de gringos de lo que uno pueda imaginarse. Alrededor de los Yumas gira buena parte de su economía. Como dice Calle 13 en La Perla: “Un pal de gringos que me dañan el paisaje, vienen tirando fotos desde el aterrizaje”. La misma realidad en todo el Caribe, nos exotizan y nos embuten en una imagen paradisíaca. Lo bueno es que siempre me confundieron con habanero. Bueno y no tan bueno. Bueno porque pagaba con pesos cubanos: el ron y el transporte y me metía en todas partes sin levantar sospecha. No tan bueno porque sentí la desconfianza cuando entré a dos o tres lugares turísticos. No me dirigían palabra, hasta cuando escuchaban mi acento y entonces  interrogaban: “¿Venezuela?, ¿Panamá?”. Hasta que les decía: Colombia. “Pareces dominicano” remataban. Lo mismo que me pasa aquí en Cartagena cuando me confunden con el portero, o con el que entrega las pizzas.

 

Con esa doble condición llegué a templar en el bar “Amanecer”, a veinte metros del Malecón y a una cuadra de la actual embajada americana. “Amanecer” comienza a las cuatro de la tarde. Allí aparecí un jueves de junio. Estaba lleno el lugar y comenzaron con una buena y larga tanda de música disco y funk de los años setenta. De la impresión, me tuve que sostener bien de la silla, porque lo único que faltaba era la placa promocional de la desaparecida emisora Victoria Internacional Estéreo, que en los setenta era el eje de la cultura juvenil “solle” en Cartagena.  

 

Aquella tarde se trataba de un público adulto y en hileras pusieron en práctica la memoria musical y colectiva de todos los pases de aquella música americana, de aquella música “solle”. Una memoria casi perdida por completo en Cartagena. “Cool and the gang”; “Earth, wind and fire”; “The Jackson Five”; “The Temptations”; “Donna Summer”; “Diana Ross”; “Chic”; “Sister Sledge”: aquellas chicas que interpretaban “We are family” en 1979. No podía faltar “The Brothers Johnson” con su tema “Stomp”. Eso fue como una hora llena de aquella sensibilidad de negros gringos del disco y negros habaneros de la pista en “Amanecer”.

 

Para marcar la transición, pusieron una canción emblemática del puerto, toda vez que constituye un himno a la geografía barrial de La Habana. Se trata de la pieza que lleva por título “La Expresiva”, interpretada por la ya clásica NG La Banda en los años ochenta, aquí tienen el link: https://www.youtube.com/watch?v=yUVM4xXK3fY. Todo el mundo se sabía la canción, por supuesto. Luego de eso apareció de nuevo el fotógrafo del puerto.

 

Es claro que no era el mismo tipo del puerto de Veracruz, pero, era igualito. Era un tipo blanco, con cara y gafas de Míster Magoo, camisa negra por fuera y arremangada, pantalón y zapatos blancos. Su pareja era una señora negra, alta, delgada y de nalgas firmes mucho más joven que él. En la tarima se subió el Conjunto de Arsenio Rodríguez, cantando el negro Pedro Pablo, también le dicen Ondy y el hombre reventó con una pieza de gran calibre sonero, puesto de moda en La Habana en los últimos meses: “Llévame Papá”.  Para que tengan una idea de qué se trata el vigor musical del que les hablo, les dejo el link con la versión de El Niño y su orquesta La Verdad: https://www.youtube.com/watch?v=mEU2h-0tFXE

 

Este fotógrafo viejo no tenía sombrero panamá. Le calculo unos sesenta y siete años, tenía un afro canoso y frondoso con una frente amplia y tranquila. La negra le prendió un puro, se lo puso en la boca y con pulcritud y sabiduría dominaron la pista. No era la vistosidad del estilo casino, un baile que los más jóvenes ejecutan con vigor y gran destreza en los giros y vueltas. La cuadrícula de baldosas iluminadas se engalanó con el sabor del viejo fotógrafo del puerto y su pareja. Más bien su baile, su contrapunto, su código del cuerpo, su hermenéutica dancística cabalgaba en el devenir de todos los bailes aprendidos en la vida. Álvaro, mi amigo Jarocho, casualmente se encontraba allí y les preguntó de qué barrio eran. “De Marianao”. Le respondieron. A las nueve de la noche, los vi partir. Caminando por el Malecón, guiados por la luz del puro.

 

                                                                       ****

 

Me encontré con un par de profesores de la Universidad de Puerto Rico, allá en el Distrito Federal, México. Eso fue en noviembre pasado. Ambos recordaron un viaje a Cartagena que hicieron hace unos quince años. Recordaron el hotel Bellavista. Recordaron Getsemaní y el mercado de Bazurto. Recordaron la música Jíbara que acá gusta tanto y en Puertorro la tienen casi en el olvido. Recordaron  un sujeto que les respondió un desafío. Resulta que una noche llegaron al bar “Quiebracanto” en La Puerta del Sol. Carlos, uno de ellos, me contó la experiencia. “Mire caballero”. Increpó Carlos al encargado de la música en el lugar mencionado. “Mi amigo y yo venimos de San Juan y queremos conocer la batería musical con que usted cuenta”. Aquel negro se descruzó los brazos, puso ambas manos en la barra y le dijo al profesor: “Pide”. Carlos, en su momento se conmocionó, porque se trataba de un duelo que el cartagenero superó con creces. “Ricardo, ese tipo tenía de todo, hasta canciones que yo no recordaba”. Declaró Carlos muerto de la risa.

 

En octubre pasado andaba un poco extraviado en una noche de viernes en Getsemaní. Un par de amigos me acompañaban. Más que extraviado estaba decepcionado, pues, esperaba encontrarme con el aguaje antillano, visto en Veracruz y en La Habana. Lo extrañaba. Extraviado y decepcionado con un montón de formatos globalizados, turisficados, postizos, simulados: en lo que se convirtió el centro histórico globalizado. A pesar de ello me encontré con el fotógrafo del puerto, una vez más.  Pasada la una de la mañana entramos a Quiebracanto, nos sentamos en una mesa de esquina y cuando miré hacia la barra, me encontré con el mismo viejo con cara y gafas de Míster Magoo. Alto, blanco, con sombrero panamá, con camisa amarilla por fuera, pantalón y zapatos blancos. Estaba solo, tomando un trago corto, ron. Era un gato en cacería. Al rato sacó a bailar a una mujer y las baldosas coloniales se vivificaron con semejante elegancia dancística. Llamó la atención, lo supongo. Si bien, terminada la canción el fotógrafo regresó a la barra,  dos canciones después, otra mujer salió del balcón y sacó el viejo a bailar.  Eran los dueños de la sala. Ella era una andina con la gustadera de la salsa y él un caballero de los de antes que se esmeró por lucir y acompañar su pareja en el goce, en el swing antillano, abierto a las formas: pasaba del cheek to cheek  al estilo casino habanero, atravesando por el contraritmo tan propio de los estilos salseros de Cartagena.

 

Lamenté no estar con Álvaro el Jarocho para advertir la presencia del fotógrafo del puerto y validar el testimonio. Sin embargo, notifiqué a mis compañeros nocturnos de aquella visión. “Vámonos Ricardo, estás borracho” Me dijo Omar. Me indigné. Además, aguanto bastante trago. Prometí que escribiría al respecto: aquí tienen. Ahora me falta llevar a Omar a Veracruz y traer a Álvaro a Cartagena, para que vean que somos los mismos.

 

 

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Esto es lo que me inquieta: ¿Se puede interrogar el mundo desde aquí, desde esta periferia tan extrema, desde este reino de la peyés, de la hediondez, de la ignorancia, la desigualdad, el atraso, el abuso, la hipocresía, el cinismo, la petrificación, la exclusión, la hambrientud, la corrupción, el nepotismo, el chisme, la ordinariez, la mediocridad, el egoísmo, la pernicia, la flojera, el vicio, la indiferencia, la indolencia, la violencia, la intolerancia, el perreo, el serrucho, el arribismo, el racismo, la homofobia, la promiscuidad, la aguajería, la mondadera perpetua entre otros aspectos del desbarrancadero por donde caemos todos los días? Yo creo que si, pues, en Cartagena se sufre pero se aprende.

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Vamos a empezar porque no eres objetivo al hablar de parra Chacón porque es tu amigo del alma desde hace años de años, tan amigo eres de él que lo veneras como dices en tu propia columna. Así que...

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