La lógica del equilibrio

09/09/2014 - 10:21

Como en esas épocas que marcan la historia y la cultura donde uno se está cocinando. Como cuando suceden cosas importantes que alteran la realidad social. Como profecías y revelaciones. Tal es lo que hoy está pasando con los caballos cocheros en Cartagena de Indias.

Cartagenero que ignore o niegue el sufrimiento que han venido viviendo los caballos cocheros –hasta el punto de caer sobre el pavimento y, en el peor de los casos, morir en las calles que tanto les obligan a recorrer– es un ciudadano digno de llevar tatuado en su frente la inicial en mayúscula de la palabra hijo, con una P de oro yuxtapuesta.

Sin embargo, he estado pensando que el tema de los caballos va más allá de lo que los mismos animalistas han podido ver. O al menos, de lo que ellos manifiestan. Creo que no es un problema de abandono político y humano, de corrupción y negligencia. El hecho de que los caballos se estén cayendo en las calles revela algo mucho más profundo, mucho más grande y complejo que caballerizas en mal estado, mala alimentación y trabajo forzoso; más que malos sueldos para los cocheros e injusticias por parte del jefe.

Cartagena ha tratado de graduarse como profesional del equilibrio. Aquí vivimos tambaleándonos en direcciones opuestas y radicales. Los fundamentos de nuestra sociedad están podridos, el comején se comió los pilares de nuestra casa caribe y las rejas de nuestra cultura están oxidadas.

Describiré un poco el panorama tan obvio de esta ciudad que blasfema la historia al llamarse a sí misma Heroica y que con mucha prepotencia e ignorancia se cree ahora fantástica.

Los políticos, o mejor dicho, las familias que gobiernan en esta ciudad son tan inservibles que a duras penas pueden sostener una discusión intelectual decente (pero eso es lo de menos ahora), no han podido hacer que esta ciudad prospere, sino que han maximizado los contrastes entre la buena vida, la que merece ser vivida, y la deshumanización a través de la pobreza económica. Las «familias de bien», familias que se autodenominan, «gente de sociedad», reproducen nuevos esquemas de esclavismo y racismo contra los negros, haciéndole creer a ellos que esa es la vida que merecen por negros, ser siempre los del servicio, los que tienen menos. Y cuando un negro es millonario, siempre afloran comentarios como «es que la plata no le quita lo negro»… La gente que dice eso, es la misma que van a los barrios más abandonados a tomarse fotos con los niños, para hacer campañas políticas y quedar en algún puesto para ver qué tanto logra robar.

¿Continúo o es demasiado obvio lo que digo?

No es en vano que la principal actividad a la que se le preste atención en la ciudad sea el turismo, y sobre todo el turismo sexual que pretende ocultarse, pero basta con caminar el Centro bien tarde en la noche para ver todo eso que en el día la gente de bien intenta negar.

Basta ver al instituto que se encarga de la cultura cartagenera. Tal cosa es la aberración más grande. Un instituto de cultura que ni siquiera sabe y ni se preocupa realmente por la cultura, multiplicando bacterias sociales, es un instituto mandado a recoger.

“El tránsito en esta ciudad es una porquería, no sirve”, dijo un moto taxista tomando chicha por la India Catalina. “¿Y qué es lo que sirve aquí?”, le respondió otro.                                                                            

Una ciudad donde los funcionarios públicos tienen que lambonearle a los supuestos políticos, es una ciudad prostituida y carente de sentido, una ciudad obsoleta y enferma. Y esto lo podemos ver claramente en todas las esferas sociales, desde líderes comunales hasta abogados de supuesto prestigio. La política en Cartagena sirve para reproducir distintos niveles de mendicidad.

¿Qué hacer? ¿Qué nos queda a nosotros los que simplemente queremos hacer las cosas bien? ¿Por qué hay tanto bruto en la política? ¿Qué pasa con el poder del pueblo cartagenero que no ha podido moverse lo suficiente como para hacer colapsar el sistema político tan obsoleto que nos oprime?

El hecho que los caballos cocheros se estén muriendo en las calles es un reflejo de que nos estamos desbaratando mientras intentamos encontrar un camino de estabilidad. Nos desmoronamos como sociedad, como cultura, nuestra identidad cada día se va fragmentando un poco más. Las desgracias se multiplican y parece no haber otra opción que morirse en la calle para causar escándalo, para llamar la atención e implorar que debe hacerse algo bien.

Tanto perfume no logrará ocultar la hediondez tan profunda de Cartagena de Indias. Las reformas que necesita la ciudad deben ser radicales, hay que segar la clase política para eliminar tanto parásito social.

No sólo son los caballos los caen y mueren, pero ellos son los que han tomado la valentía de renunciar y entregarse a la muerte, son los que ahora gritan «Ya no puedo más», para ver si nosotros, los animales racionales, reaccionan, a ver si nosotros, los dizque inteligentes, hacemos algo para que este caldero de corrupción e hipocresía pueda ser algún día, un lugar digno del título de ciudad. 


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