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Cochinos: 50 años después, anticastristas mantienen viva la llama

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El domingo se cumplen 50 años de la invasión de Bahía Cochinos, hecho que, entre otras cosas, marcó la  política estadounidense. 

En las semanas previas a la invasión de Bahía de Cochinos por parte de exiliados cubanos apoyados por Estados Unidos, Félix Rodríguez fue enviado a Cuba para trabajar con elementos que complotaban clandestinamente contra el gobierno revolucionario de Fidel Castro. Un chico de 19 años llamado Santiago Álvarez esperaba en los Cayos de la Florida la orden de lanzar el ataque, en tanto que otro exiliado, Alfredo Durán, se entrenaba en Guatemala para la invasión a través de Playa Girón, al sur de Cuba. 

Medio siglo después, los tres siguen esperando la victoria. 

Castro acabó con los conspiradores dentro del país antes de que Durán pisase tierra. El apoyo aéreo y naval de Estados Unidos que esperaban los atacantes jamás llegó, ni tampoco se produjo el levantamiento popular que pronosticaron los exiliados. 

La fallida invasión, de la cual el domingo se cumplen 50 años, marcó las vidas de Rodríguez, Alvarez y Durán, y también marcó la política estadounidense. 

Los participantes en la invasión, a su vez, dejaron su marca en su nueva tierra, ayudando a transformar a Miami en una metrópolis de fama mundial, con una gran presencia cubana, y desempeñando papeles claves en Vietnam, Watergate y el escándalo Irán-Contras. 

Rodríguez, quien se aferra a la fama que le dio su papel en la captura del Che Guevara, dirige hoy la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos y su pequeño museo, que es una parada obligada de todo político con ambiciones presidenciales, especialmente si es republicano. 

Alvarez es un exitoso empresario de la construcción, que ayudó a erigir Miami al tiempo que apoyaba calladamente operaciones contra Castro, actividades por las que pasó tres años preso. 

Durán es un abogado especializado en bienes raíces que apoya a los demócratas, algo inusual entre sus contemporáneos cubanos, y que generó enorme revuelo hace una década, cuando volvió a Cuba y se encontró con personas contra las que había combatido. 

Para la Brigada 2506, como se conoce a las fuerzas de la fallida invasión, el objetivo de derrocar al gobierno de Castro sigue vigente, por más que la lucha esté ahora en manos de las generaciones más jóvenes. 

SECRETOS A VOCES

La invasión fue un secreto a voces. 

Rodríguez tenía 16 años y estudiaba en Pensilvania cuando las fuerzas de Castro ingresaron triunfalmente a La Habana en las primeras horas de 1959 y derrocó al dictador Fulgencio Batista. La familia de Rodríguez huyó a la Florida, donde él fue admitido en la Universidad de Miami. Sus padres trajeron un automóvil descapotado Austin Healy azul. 

Un día, mientras Rodríguez esperaba un cambio de luz, una mujer se le acercó y lo increpó. 

“Debería darte vergüenza”, le dijo. “Deberías estar entrenándote para liberar a tu país”.

Rodríguez no dijo nada, pero eso era precisamente lo que había estado haciendo este muchacho de familia privilegiada. Junto con varios amigos de un barrio que todavía no era conocido como la “Pequeña Habana”, se sumaron a una conspiración apoyada por la CIA para “liberar” Cuba. Rodríguez abandonó la universidad y se fue a Guatemala, donde se unió a más de 1.300 exiliados que se entrenaron durante meses en tareas de combate, sabotaje y comunicaciones radiales. Su fugaz viaje a Miami fue para conseguir armas. 

Meses antes de la invasión, Rodríguez y otros compañeros ingresaron a Cuba e hicieron contacto con ex hombres de Batista y con gente que se había desilusionado con el rumbo hacia el comunismo que había tomado la revolución. Cuando Castro se enteró de que se planeaba una invasión, acabó con la red clandestina y arrestó y ejecutó a sus líderes. 

Rodríguez siguió trabajando para la CIA en Latinoamérica y Asia. Hoy, cerca de los 70 años, tiene más de media docena de cámaras que le permiten ver quienes llegan a su modesta vivienda de Miami. 

Cuando ya están adentro, se entusiasma. En una ciudad a cuya gente le gusta alardear, Rodríguez sobresale y prestamente relata sus experiencias en la Guerra Fría.

Desde un sillón reclinable de cuero en el estudio de su casa, señala con un láser fotos suyas con la periodista Barbara Walters, un ex director de la KGB y los últimos cinco presidentes de Estados Unidos, incluido Barack Obama. Hay una bandera ensangrentada del Viet Cong junto a una granada soviética que encontró en El Salvador.

La foto que lo hizo famoso cuelga en una puerta: en ella aparece Rodríguez junto al Che Guevara el día antes de que el revolucionario argentino-cubano fuese ejecutado en 1967. 

Todo eso vino después, desde ya. 

Pero mientras esperaba la invasión escondido en una casa de La Habana, el joven Rodríguez sabía que las cosas no marchaban bien. 

DURÁN

Durán, quien era hijastro del presidente del Senado de Cuba durante el gobierno de Batista, también había estudiado en Estados Unidos antes de la revolución y regresado a Cuba con un título de ingeniero poco después de que Castro proclamase la victoria rebelde en La Habana. 

Cuando Durán y su familia llegaron a Estados Unidos, el gobierno de Dwight Eisenhower estaba reclutando exiliados anticastristas para una invasión que debía seguir el modelo empleado para derrocar al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz casi una década atrás. 

Luego de recibir entrenamiento en Guatemala, Durán llegó a Bahía de Cochinos con el 3er Batallón de la brigada, el 17 de abril. Dos días antes, pilotos cubanos exiliados habían ayudado a destruir partes de la pequeña fuerza aérea cubana, pero a Castro le quedaban suficientes aviones como para atacar los barcos de los invasores. 

Ese fue uno de los primeros indicios de que la operación no estaba bien planeada. Durán dijo que se dio cuenta de que las cosas no iban bien cuando un avión con pertrechos dejó caer proyectiles que no podían ser usados en las armas que llevaban los insurgentes. 

Otros miembros de la brigada todavía recuerdan la desesperación que sintieron al ver que los aviones de combate estadounidenses despegaban de portaaviones y sobrevolaban la costa cubana sin dispararle a las fuerzas de Castro. El embajador estadounidense ante las Naciones Unidas había negado que Estados Unidos estuviese involucrado en la invasión, por lo que cualquier participación directa hubiese creado una situación incómoda a Washington. 

De este modo, los exiliados cubanos quedaron a merced de la fuerza aérea castrista.

Las fuerzas del gobierno cubano mataron a 118 exiliados y en las acciones fallecieron 176 soldados del ejército regular cubano. Durán y sus compañeros pasaron varios días sin agua fresca, escondidos entre la maleza y comiendo cangrejos antes de ser capturados. 

“Les dije dénme agua y después mátenme”, relata Durán. Tras un breve juicio, en el que su propio abogado defensor pidió que lo ejecutasen, Durán y más de 1.000 efectivos de la brigada fueron encarcelados. 

Durán seguía preso en 1962 cuando Castro, temeroso de otra invasión, aceptó que los soviéticos instalasen misiles nucleares en la isla. La reacción estadounidense no se hizo esperar y durante diez días de octubre el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear, hasta que el premier soviético Nikita Jrushchev se comprometió a retirar los misiles a cambio de que el presidente estadounidense John F. Kennedy se comprometiese a no invadir Cuba. 

Durán y los demás presos fueron canjeados poco después por medicinas y efectivo. El embargo que decretó Estados Unidos por entonces sigue vigente. 

En Miami, Kennedy recibió a los efectivos que participaron en la invasión como a héroes y les ofreció nombrarlos oficiales de las fuerzas armadas estadounidenses. Durán declinó el ofrecimiento por pensar que sería imposible realizar una intervención militar exitosa en la isla. 

A muchos otros, y al gobierno de Kennedy, ni la fallida invasión ni la crisis de los misiles los disuadieron de seguir buscando el derrocamiento de Castro. 

SANTIAGO ALVAREZ ___ 

Santiago Álvarez fue alcanzado por un relámpago cuando se entrenaba para la invasión en el Cayo Big Pine. Nunca se perdonó el no haber podido participar en la operación. 

l y otros veteranos de esa campaña siguieron realizando acciones en Cuba. 

Los ataques generaron enorme revuelo y el gobierno estadounidense le dijo a Alvarez, Rodríguez y los demás que las suspendiesen o las llevasen a cabo desde otras tierras. Los exiliados optaron por la segunda alternativa. 

En una de numerosas iniciativas de la CIA tendientes a derrocar a Castro, más de 400 exiliados se entrenaron y lanzaron ataques desde campamentos en Costa Rica y Nicaragua entre 1963 y 1965, según documentos desclasificados de los Archivos de Seguridad nacional. Rodríguez se hizo cargo de las comunicaciones en la base. Alvarez capitaneó una pequeña embarcación que llevaba efectivos a Cuba, pertrechos y de vez en cuando volaba algún puente o una fábrica. 

Los exiliados volvieron a excederse. El grupo de Alvarez hundió lo que pensó era el Sierra Maestra --una nave cubana--, pero que resultó ser un carguero español. Seis marinos fallecieron y más de una docena resultaron heridos. El presidente Lyndon Johnson suspendió de inmediato el programa. 

La mayoría de los exiliados volvieron a los Estados Unidos, pero algunos se quedaron en Nicaragua hasta fines de los años 70. Otros usaron sus contactos para regresar a la región en los 80 como parte de los esfuerzos de Estados Unidos para combatir movimientos guerrilleros de izquierda en Centroamérica. 

Hacia fines de los 60, Alvarez se había dado cuenta de que podría pasar mucho tiempo antes de que regresase a Cuba, por lo que se concentró en mejorar su situación en la Florida. Con el dinero que le dieron en su boda, se compró un camión para la construcción. Luego otro. 

Al poco tiempo estaba transportando bloques de concreto y aprendiendo a hacer esos bloques. Terminó sacando una licencia como contratista y construyendo centros comerciales y más de 1.000 departamentos. Se construyó una mansión para él sobre la playa en Miami y compró propiedades en las Bahamas. 

“Aprendí lo importante que es tener buenos amigos en un país como este”, declaró Alvarez. 

Otros exiliados que quisieron derrocar a Castro tuvieron también éxito en la vida. Uno llegó a ser un guitarrista clásico de fama mundial, otro uno de los cirujanos más importantes de Miami. Uno llegó a ser senador estatal y varios ocuparon cargos importantes en compañías multinacionales como Dow Chemical o fundaron sus propias empresas. Algunas calles recibieron sus nombres. 

Durán se recibió de abogado y se especializó en bienes raíces. “Al recordar que nuestros abogados cubanos recomendaban que nos ejecutasen, me hice abogado penalista”. 

Andy Gómez, del Instituto de Estudios Cubano-Estadounidenses y de Cuba de la Universidad de Miami, dice que hombres como Alvarez y Durán ayudaron a poner a Miami en el mapa. 

“Ayudamos decisivamente a transformar a Miami en la capital de Latinoamérica, en un crisol global”, manifestó Gómez, quien es también cubano. “Nos quedamos aquí y pasamos a formar parte de la exitosa y emprendedora comunidad que es hoy Miami”. 

VETERANOS

Los esfuerzos por derrocar a Castro se hicieron cada vez más esporádicos y se intensificó la participación de los hombres de la invasión en la política estadounidense. Su ascendencia entre los exiliados ayudó a que llegasen seis cubanos a la Cámara de Representantes y dos al Senado, lo que representa un logro enorme para una comunidad tan pequeña. 

Durán colaboró en la campaña presidencial de Bobby Kennedy en 1968. Uno de los pocos veteranos de Bahía de Cochinos demócratas, niega que los cubanos le hayan dado la espalda al Partido Demócrata tras el fiasco de Bahía de Cochinos. Después de todo, la CIA continuó pagando por sus actividades incluso después del asesinato de Kennedy, cuyo hermano Bobby apoyó firmemente esa política. 

Muchos exiliados cubanos eran empresarios que se identificaban con la plataforma republicana y sus políticas económicas proempresariales, pero no se volcaron hacia ese partido hasta que el presidente Jimmy Carter buscó un acercamiento con La Habana a fines de los 70. 

Algunos prominentes políticos republicanos, incluido el representante Lincoln Díaz Balart, siguieron siendo demócratas hasta los 80. 

“Los republicanos nos vieron como una minoría que crecía”, dijo Durán, haciendo notar que en esa época los demócratas se enfocaban más en los derechos civiles de los negros. “Al principio nos manejamos en el ámbito de la política local”. 

Con el tiempo empezaron a enfocarse más en Castro y esa minoría llegó a tener un enorme poder electoral. Sin ella, George W. Bush no hubiese derrotado por 537 votos a Al Gore en las elecciones presidenciales del 2000. 

MIAMI

Mientras que a algunos de los participantes en la invasión les fue muy bien en Miami, a otros, como Rodríguez, les costó volver a la vida civil. Varios miembros de la brigada sirvieron destacadamente en las fuerzas armadas estadounidenses. Otros se involucraron en actividades medio turbias. 

Peter Kornbluh, director del proyecto Archivos Nacionales de Cuba y autor de “Bahía de Cochinos Desclasificada” (Bay of Pigs Declassified), escribió que algunos exiliados fueron figuras centrales en los escándalos de Watergate e Irán-Contras. Varios de los supuestos “plomeros” de Richard Nixon eran veteranos de la invasión, incluidos algunos de los que participaron en el robo de Watergate que motivó la renuncia de Nixon. 

Rodríguez siguió combatiendo contra el comunismo en todo el mundo. Durante la guerra de Vietnam trabajó en un programa de la CIA para “neutralizar” el apoyo civil al Viet Cong. 

Su misión más conocida fue la ayuda que brindó a las fuerzas armadas bolivianas para que capturasen al Che Guevara. Fue uno de varios asesores de la CIA y el último que entrevistó al revolucionario. 

Rodríguez asesoró asimismo a los militares salvadoreños en la guerra civil de los 80, durante la cual las fuerzas armadas salvadoreñas fueron acusadas de numerosas violaciones a los derechos humanos. Se atribuye el mérito de la captura de una de las principales líderes de la guerrilla salvadoreña, quien dice que fue torturada por su captores. 

En El Salvador comenzó a servir de enlace con los “contras” que peleaban con los sandinistas en Nicaragua, a pesar de que el Congreso estadounidense había prohibido toda intervención en ese país. 

Rodríguez conoció al entonces vicepresidente George H.W. Bush en la Casa Blanca durante este período, según documentos desclasificados. Más adelante negó que Bush estuviese al tanto de las tareas de apoyo a los “contras”, ayudando a evitar que el vicepresidente fuese envuelto en un escándalo que casi voltea al gobierno de Ronald Reagan. 


Las botellas de licor están boca abajo en el estudio de Rodríguez, listas para servir mientras él hace sus relatos. 

“Mi esposa dice que esta harta de oírme hablar de la captura del Che”, reconoció. 

No quedan muchos de los integrantes de la brigada, pero siguen teniendo influencia. Rodríguez habla en escuelas y conferencias. Igual que otros, sigue activo en la política. Una foto con él puede ayudar a alguien a conseguir el voto de un bloque pequeño pero confiable. 

Casi todos los candidatos presidenciales republicanos visitaron el Museo de Bahía de Cochinos en la Pequeña Habana y tomaron café cubano en el 2008. 

En el 2005, Álvarez fue detenido y juzgado por haber tratado de ayudar a otro veterano de la invasión de Bahía de Cochinos, Luis Posada Carriles. Posada Carriles fue exonerado la semana pasada en el juicio que se le hizo, acusado de haber mentido en torno a su papel en una serie de atentados contra un hotel de La Habana en 1997. 

Alvarez, de 69 años, fue acusado de transportar a Posada Carriles de México a Estados Unidos a bordo de su yate en el 2005. l sostiene que dejó a Posada Carriles en México, con algún dinero, y que no lo trajo a Estados Unidos. 

Ese mismo año, Alvarez fue detenido cuando las autoridades comprobaron que ciertas armas confiscadas, incluidas granadas, lanzadores y poco más de seis kilos (14 libras) de poderosos explosivos plásticos C-4 en las Bahamas, le pertenecían. l niega que fuesen suyas. 

Los investigadores hallaron más armas en un departamento del sur de la Florida de su propiedad. 

Alvarez terminó declarándose culpable de conspiración pero se negó a declarar contra Posada Carriles. 

Rodríguez fue uno de los que escribieron cartas exhortando al juez a que le redujese su sentencia y describiéndolo como “un hombre de gran integridad con un gran sentido de patriotismo”. 

Alvarez, quien fue liberado el año pasado, niega que las armas encontradas en su departamento fuesen para usar en un ataque contra Castro. 

Ya no culpa a los Estados Unidos por el fiasco de Bahía de Cochinos e incluso duda de que el embargo sirva para algo. Cree que si tantos cubanos como él no se hubiesen ido de la isla, hubieran podido derrocar a Castro. 

“Ese fue nuestro error, irnos”, expresó. 

Durán sorprendió a sus contemporáneos en el 2001 cuando, junto con otros cubanos, regresó a Cuba y se entrevistó con Castro y con otros hombres contra los que había peleado. 

“Me sentí liberado”, relató, tras estrechar las manos de sus antiguos enemigos. 

Sigue pensando que Castro es un dictador, pero cree que la única forma de promover cambios es mediante un intercambio abierto. 

Durán deposita su confianza en las nuevas generaciones a ambos lados del estrecho de la Florida. 

“No cambiará nada hasta que se vaya Castro”, dice. “Debemos apostar a esta nueva generación”.  

 

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