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Cuando en Manga se podía caminar con los ojos vendados

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Si don Dionisio Jiménez, el audaz y visionario fundador del legendario barrio ‘La Manga’, se levantara hoy de su tumba, al instante se moría de nuevo y para siempre.

Y es que hasta hace muy poco en Manga se podía andar sin sobresaltos, sentarse en el parque, saborear un ‘jugo de maíz’ o recorrer el pasaje peatonal, pero hoy, antes de salir de la cueva, nos encomendamos siete veces al Dios de los cielos.

Eduardo Lemaitre, manguero de racamandaca, nos recuerda en sus deliciosas crónicas, que el barrio ‘La Manga’, construido a principios del siglo pasado, fue un remanso de paz, armonía y “constituyó el primer ensayo de urbanización moderna y planificada que se hizo entre nosotros, pues hasta entonces los reglamentos militares de la plaza de Cartagena de Indias prohibían, por razones de estricta seguridad, realizar construcciones permanentes en los extramuros y ni siquiera pernoctar fuera de éstos”.

Los cartageneros, a cuenta gotas, abandonaron aquellos caserones asfixiantes y sombríos, y acompañaron a don Dionisio Jiménez en su sueño de fundar un nuevo barrio, moderno, fresco, acariciado por jardines multicolores y árboles frutales, canarios, iguanas y azulejos; con amplias terrazas donde revoloteaban historias y mariposas amarillas alrededor de taburetes y mecedoras.

UN IMPRESO INFORMATIVO

Manga contaba en ese entonces con periódico propio: ‘El Gerifalte’. Este romántico medio de comunicación fue fundado, escrito, diagramado, impreso y distribuido por don Daniel Lemaitre Tono.

Registraba la vida social de aquel pequeño paraíso, divulgando además las aspiraciones progresistas de aquella incipiente, pero próspera y pacífica comunidad.

Puede decirse que aquel artesanal, pero espléndido semanario del poeta Lemaitre, llamado ‘El Gerifalte’, sería el abuelo legítimo del también semanario periódico Gente Bahía (producto del diario El Universal) empecinado en integrar al progreso sostenible, no solo a los mangueros, también a todos los que vivieron en la zona norte, que para entonces era lo que hoy es la Ciudad Heroica o Centro Amurallado.

Hoy cuánta falta nos hace don Dionisio, quien fuera un hombre auténticamente cívico, dueño de un optimismo y una generosidad insólitos, pues no solo adquirió casi toda la Isla de La Manga, sino que personalmente trazó sus calles, sus parques, sus andenes, delimitó y donó solares para la iglesia, los colegios, el sanatorio y les ofreció ‘a precio de huevo’, lugares espaciosos a las arruinadas familias cartageneras que hasta entonces habitaban en el Centro Histórico.

Muy a pesar de semejante altruismo, con excepción de la ‘Avenida Jiménez’, no existe en todo el barrio al menos una minúscula placa de reconocimiento a su fundador.

De seguro que la inmensa mayoría de los mangueros de estos alborotados tiempos, no tienen ni la más remota idea de quién fue don Dionisio Jiménez. Nuestra ciudad se acostumbró a elevar monumentos de piedra y mármol, solamente a personajes sanguinarios, sectarios y ávaros, pero jamás a los pacíficos, justos y mansos.

Creyéndonos una ‘caterva de vencejos’, nos construyeron un infame peaje que nos obliga a pagar para llegar a nuestras casas, mientras las calles semejan los cráteres de la luna y los trancones nos exigen la paciencia de Matusalén.

Hasta hace muy poco en el barrio ‘La Manga’ se podía caminar con los ojos vendados, sin temor de ser orinados, vomitados o escupidos por enjambres de borrachos que pululan en los estancos; arrollados o “fleteados” por alguna moto con jinete enmascarado.

*Médico pediatra

E-mail: hvsagbini_26@yahoo.es

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