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Japón, un año después del terremoto

El rechoncho pescador de 71 años mira hacia el cementerio en la ladera. Con el corazón apesadumbrado, va cuesta arriba junto a las hileras de tumbas, con un balde de agua en cada mano. 

Takayuki Sato está aquí para limpiar la tumba familiar. Sato perdió a su esposa y a su madre en el tsunami que arrasó con lo que fue un pintoresco pueblo pesquero famoso por su salmón, sus pulpos y sus algas. Los cadáveres de las mujeres no fueron hallados. 

Perdió además a su mejor amigo, a una tía y un tío, su casa y tres embarcaciones. Casi todo de su vieja vida ha desaparecido. 

“Tengo miedo de estar solo”, dice Sato, con una sonrisa avergonzada, tras llegar a la tumba. “Yo pienso en muchas cosas diferentes cuando estoy solo. A veces me pregunto si puedo seguir viviendo”. 

Pasado un año, el dolor de las pérdidas inimaginables es profundo en Minamisanriku. El tsunami del 11 de marzo del 2011 se llevó a seres queridos. Se llevó empleos y medios de sustento. Y se llevó el corazón del pueblo, donde la gente trabajaba y vivía. 

Mientras Minamisanriku planea su reconstrucción, mudando a los habitantes que quedan a las colinas circundantes, algo está claro: No va a volver a ser el acogedor pueblito costero que era. 

En valle bajo el cementerio, donde una vez se juntaron casas y negocios, es ahora una amplia expansión vacía moteada de nieve. Los restos de un hospital y otros pocos edificios de concreto sobresalen aquí y allá. 

Es una escena que se repite con diversas gradaciones a lo largo de la costa nordeste de Japón, en el área azotada por el tsunami. Los escombros han sido retirados, pero hay muy poca reconstrucción, lo que deja paisajes baldíos. Más de 19.000 personas murieron. Comunidades costeras tratan de decidir cómo reconstruir cuando se ha perdido tanto. 

Los tsunamis no son algo nuevo en esta región. Minamisanriku ha sufrido cuatro en los últimos 120 años, incluyendo uno en 1960 que destruyó la casa de Sato _ él tenía 19 años en aquel entonces _ y mató a 41 residentes. 

La familia de Sato volvió a construir junto al mar, pero esta vez él no lo va a hacer. El tsunami del año pasado fue tan poderoso, la devastación tan masiva, que podría ser un evento transformador en los 900 años de historia del pueblo. 

Bajo los planes actuales, nadie va a vivir en las tierras bajas que dan al mar. Muchos sobrevivientes, incluyendo Sato, dicen que quieren mudarse a tierras más altas, pese a que ello significa perder los viejos barrios y cambiar su forma de vida. 

Sato va a dejar la casa en la que, hace 44 años, fue presentado a la que sería su prometida. Hoy, todo lo que queda es la base de concreto. Un oxidado contenedor de carga de Japan Railways está en el lote vecino. 

En una década, Minamisanriku “será completamente diferente”, predice Osamu Takahashi, dueño de un restaurante que reabrió sus puertas a finales del mes pasado en un área temporal de 30 tiendas en unidades prefabricadas junto a un enlodado estacionamiento. “La vieja atmósfera y la historia del pueblo van a desaparecer. Pero ésta es una oportunidad de recrear nuestro pueblo”. 

Las autoridades municipales planean despejar varias áreas planas en las colinas boscosas colindantes para construir viviendas, oficinas gubernamentales y un hospital, un proyecto difícil que va a tomar al menos cuatro o cinco años. La parte más baja del pueblo, que será elevada varios metros y protegida por un muro de casi nueve metros de altura, estará reservada para tiendas, parques y negocios relacionados con la pesca. 

Expertos advierten que esparcir las áreas residenciales va a aislar a las personas y debilitar las conexiones comunales, especialmente entre los ancianos, que forman una gran parte de la población aquí y en otros pueblos y ciudades junto a la costa. 

“Si la prioridad mayor es la seguridad, entonces la gente va a tener que separarse, pero eso podría minar la sostenibilidad del pueblo”, Katsuya Hirano, profesor de ingeniería civil en la Universidad de Tohoku que está asesorando al gobierno municipal en su plan de reconstrucción. “Es un problema complicado”. 

El pueblo, al igual que muchos otros en la costa, enfrenta la pérdida de empleos y población. 

La población se ha reducido por 2.200, a 15.419, entre los 857 que murieron en el tsunami y aquellos que se mudaron en busca de trabajo. Muchos temen que seguirá reduciéndose. El número de personas que recibe seguro de desempleo aumentó 34% en las tres prefecturas más afectadas por el desastre. 

Restaurar la industria pesquera, que perdió 90% de sus embarcaciones y decenas de pescadores, es la prioridad económica mayor. Una estructura grande que se asemeja a una carpa es un mercado temporal de pescado, y nuevamente se celebran subastas diarias. En un almacén improvisado cercano trabajadores completan el primer barco pesquero del pueblo, y carpinteros dan forma al casco de otro. 

Sato encontró un bote abandonado y lo reparó lo suficiente para salir ocasionalmente al mar. 

“Minamisanriku es un pueblo pesquero, así que si la pesquería no se recupera, el resto de los habitantes tienen un futuro incierto”, dijo Yasufumi Miura, de 61 años, sobrino de Sato y también pescador. 

Con la pérdida de ingresos, no está claro cómo muchos van a poder comprar tierras o tomar préstamos para construir una nueva casa. Muchos están ya presionados por préstamos de casas destruidas por el tsunami. El gobierno podría ofrecerles préstamos con bajos intereses. Aún así, Takahashi, el dueño del restaurante, no está seguro de que va a poder pagar por una de las nuevas casas en las colinas. 

“Tengo 53 años”, dijo. “No hay garantías de que vaya a ganar suficiente dinero para pagar esos préstamos”. 

Pero la mayor pérdida es la de los seres queridos, una incansable batalla contra la soledad que Sato pelea todos los días. 

Junto a la tumba, un pilar alto y rectangular en el que está tallado el apellido de la familia, Sato se torna sombrío al recordar los acontecimientos del 11 de marzo pasado. 

Mientras se escuchaban las sirenas de alerta de tsunami, su esposa Hisako y su madre escaparon a casa de su tío en un área ligeramente más alta. Sato se fue al puerto a asegurar algún equipo, y seguidamente se fue a una colina cercana. Desde allí vio horrorizado como las aguas negras devoraban el pueblo, aplastando casas y arrastrando a personas de los techos. 

Tuvo que esperar a la mañana siguiente para llegar a los escombros de la casa de su tío. Nada quedó en pie. Durante días, fue al gimnasio de una escuela que había sido convertido en centro de evacuación con esperanzas de encontrar a su familia. 

Finalmente, los cadáveres de su tío y su tía fueron hallados. Su esposa y su madre siguen entre los más de 3.000 cuyos cuerpos no han sido encontrados, incluyendo 292 en Minamisanriku. 

Sato, que ahora vive con la familia de su hijo en un apartamento a 30 minutos del pueblo, no habla mucho del desastre. Encuentra que el tiempo que se pasa con su nieta de cuatro años es el más reconfortante. “Ella me da ímpetu”, dice. 

El tsunami le ha dejado con sentimientos conflictivos sobre el mar, cuyos tesoros han sido el sustento de su familia desde al menos la época de su bisabuelo. Pero es además el cruel ladrón que le robó todo. Y también el último lazo con lo que ha perdido. 

“Para decirte la verdad, quiero alejarme del mar”, dice. “Pero al mismo tiempo no puedo dejar este océano que se tragó a mi esposa y a mi madre. Si sus cuerpos son hallados, eso me traería algún sosiego. Mientras no aparezcan, no me quiero ir de este lugar”.

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