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Puestos de control, humillación diaria para palestinos

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Para decenas de miles de palestinos, el viaje diario a sus trabajos en Jerusalén comienza en un hangar frío, húmedo y lleno de basura.

Avanzan por corredores lúgubres y cruzan puertas giratorias estrechas. Los soldados israelíes revisan sus documentos desde el otro lado de un ventanal a prueba de balas. También les gritan por altavoces. Se supone que trabajan por parejas, pero a veces uno de ellos está dormido, con sus pies en la mesa.
Los israelíes dicen que en el Cruce de Qalandia se detectan atacantes potenciales antes de que puedan ingresar a Jerusalén. Para los palestinos es una humillación cotidiana que deben soportar para ir al trabajo, a la escuela, al médico o a visitar familiares.
Este puesto de control entre el norte de Cisjordania y Jerusalén es uno de los puntos de mayor fricción entre israelíes y palestinos.
Desde su llegada al gobierno, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha suavizado las restricciones al movimiento de los palestinos dentro de Cisjordania, pero no eliminó los obstáculos para ingresar a Jerusalén y dice que jamás dividirá esa ciudad, en cuyo sector oriental los palestinos quieren instalar su capital.
Un muro divisorio recorre varios barrios árabes de Jerusalén y hay unos 60.000 palestinos que pagan impuestos en ese municipio que deben cruzar en Qalandia para ir a su propia ciudad. Hacen colas diarias, junto con decenas de miles de residentes de Cisjordania, para poder llegar a sus trabajos en Israel... siempre y cuando tengan permisos y no despierten sospechas.
The Associated Press los acompañó durante cinco días.
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DOMINGO
Ziad Abu Jalil, de 36 años, se coloca en una de varias colas. Se dirige a un matadero de pollos en el que cobra 35 dólares diarios.
Vive en un pueblo de Cisjordania a unos 20 kilómetros (12 millas) y hace un año el viaje le tomaba menos de una hora. Luego del alzamiento palestino en el 2000 comenzaron a surgir puestos de control y ahora el trayecto dura mucho más, así que Abu Jalil debe levantarse a las 4.30 de la mañana. En las horas pico, no se sabe cuánto puede durar el recorrido.
A veces llega tarde y lo mandan de vuelta a casa, sin pagarle. “Si me demoro, es por el cruce”, afirma.
Si alguien intenta adelantarse, surgen discusiones y peleas. En la cola la gente está muy pegada y con frecuencia uno le agarra el abrigo a la persona que está delante para evitar que alguien se cuele.
La fila de Abu Jalil desemboca en una especie de jaula metálica en la que apenas entra una persona grande. En el otro extremo hay una puerta giratoria que se abre y permite pasar 10 personas a la vez.
Luego hay que atravesar otra puerta giratoria, que da a un ventanal donde soldados israelíes revisan los documentos. La persona que está adelante es devuelta porque lleva comida para el almuerzo. Abu Jalil y otros que llevaban comida cambian entonces de cola, ubicándose al final.
Es algo común. En ciertas colas se aceptan sólo algunos documentos, pero la gente se entera recién al llegar. Un soldado puede cerrar una ventanilla sin aviso, haciéndole perder mucho tiempo a quienes esperan.
No hay supervisores ni forma alguna de quejarse.
Cuando Abu Jalil finalmente llega a la ventanilla, un soldado revisa sus documentos y le dice que pase. Le tomó 22 minutos el cruce.
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LUNES
La policía dice que sorprendió a un joven palestino con una pistola y cuatro puñales escondidos. El muchacho confesó que planeaba atacar a alguien, según la policía.
Las autoridades dicen que cada mes pillan unos 20 palestinos que tratan de ingresar a Jerusalén con armas.
“La gente se olvida de que el puesto de control está allí por una razón”, expresó el portavoz del gobierno israelí Mark Regev. Agrega que se erigió luego de “una ola de ataques suicidas en los que murieron muchos civiles inocentes”.
Qalandia empezó como un puesto pequeño, con un puñado de soldados, y ahora es un verdadero complejo industrial con alta tecnología que ayuda a acelerar el trámite. La mayoría de los palestinos deben mostrar identificaciones y permisos, pero hay quienes pueden deslizar tarjetas magnéticas o colocar sus manos en un escáner que muestra sus datos personales.
Los palestinos dicen que se podría hacer más eficiente el trámite. “Entramos como animales y salimos como animales”, afirmó Samir Sublaban, de 31 años, dueño de un almacén. “A veces nos hacen esperar mientras los soldados están jugando”.
El muro divide su barrio y él queda adentro, mientras que sus familiares están afuera, del otro lado.
“La casa de mi tío está a dos pasos, pero ahora me toma una hora llegar allí”, se quejó.
El cruce le tomó también 22 minutos.
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MARTES
Poco antes de las seis de la mañana alguien se adelanta en una cola y se arma un gran revuelo.
“Trabajo por horas. Si llego tarde, me lo deducen del sueldo”, alega Mustapha Shibaneh, de 34 años, mientras empuja.
Por el altoparlante se escucha la voz de una mujer soldado que grita en árabe, “¬Vuelva atrás, vuelva atrás!”. Un individuo debe pasar nuevamente sus pertenencias por los rayos X.
En la cola hay numerosos niños que van a la escuela, con libros y mochilitas.
Shibaneh llega a la ventanilla y se encuentra con dos soldados durmiendo. Les golpea la ventanilla y uno de los soldados le revisa los papeles y lo deja pasar.
Un periodista de The Associated Press vio soldados durmiendo en sus puestos cuatro veces en cinco días.
El cruce tomó 54 minutos.
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MIERCOLES
Rihana Awad, de 70 años, observa que del otro lado de la puerta giratoria estalla una pelea y se deshace la cola. Un joven se saca el cinturón y lo revolea, en señal de frustración.
“Nunca vi nada como esto en mi vida”, comenta la anciana.
Awad cruza Qalandia varias veces a la semana desde hace cinco años, en que su esposo, que padece el mal de Parkinson y sufrió un derrame, quedó postrado en un hospital de Jerusalén.
Ella es una de los 60.000 residentes de Jerusalén que viven del otro lado de la división. Tiene un seguro que cubre los gastos médicos de su marido, pero para ir a verlo debe cruzar Qalandia.
Awad y su familia vivieron 11 años en Los Angeles y regresaron porque su marido quería morir en el lugar donde nació.
“Volver fue el peor error de mi vida”, dice la mujer.
Tiempo del cruce: 33 minutos.
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JUEVES:
Mustapha Taha, de 45 años, trabaja desde hace 15 en una pescadería de judíos en Jerusalén. Habla bien hebreo, conoce a los clientes y gana más de lo que ganaría en Cisjordania.
Cuenta que sus compañeros de trabajo judíos no saben por lo que debe pasar todos los días para ir a trabajar. Los israelíes tiene prohibido ir a sectores controlados por los palestinos.
“Si llego tarde, mi jefe me dice, 'Te conseguí un permiso, ¨cómo puede ser que vengas tarde?' No tienen idea de cómo es esto”, cuenta Taha.
“Si tuviésemos otra opción, jamás pasaríamos por esto”, agrega.
El cruce toma 25 minutos.

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