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25 años después de Chernobyl persisten riesgos para el medio ambiente

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Las emisiones radiactivas provocadas por la catástrofe nuclear de 1986 en Chernobyl (Ucrania) siguen siendo un riesgo para el medio ambiente, aunque el asunto ha sido poco estudiado hasta el momento, indican expertos. 

Las autoridades ordenaron evacuar una zona de 30 kilómetros alrededor de la central y prohibieron la caza, lo que permitió que castores, gamos, caballos salvajes, búhos, águilas y otros animales volvieran a la región. 

Pero “Chernobyl no es para nada un remanso para la vida salvaje”, advierte Tim Mousseau, profesor de biología en la Universidad de Carolina del Sur (Estados Unidos), uno de los raros científicos que han analizado profundamente la biodiversidad alrededor de la central. 

“Hay muchos menos animales e incluso menos variedades de las que se podría esperar” ante la ausencia de implantaciones humanas, subraya el biólogo, autor de un exhaustivo estudio sobre la vida salvaje en la zona de exclusión. 

Ese trabajo muestra que el número de mamíferos disminuyó y que la biodiversidad de los insectos, incluso abejorros, langostas, mariposas y libélulas, también bajó. 

Mousseau y sus colegas capturaron 550 pájaros de 58 especies en ocho sitios diferentes y midieron su cabeza para determinar el volumen de sus cerebros. 

Los pájaros que viven en los “puntos calientes”, zonas de mayor contaminación radiactiva, tenían cerebros 5% más pequeños que los que viven en zonas donde el nivel de radiación era normal, señala ese estudio, publicado en febrero. La diferencia es particularmente grande entre los pájaros de menos de un año. 

Tener un cerebro más pequeño puede reducir las capacidades cognitivas y de sobrevivencia.  

Esa situación “está claramente relacionada con el nivel de contaminación”, considera Mousseau, quien menciona las “consecuencias para el ecosistema en su conjunto” y la necesidad de estudiar el impacto del desastre. 

El científico lamenta que el financiamiento de la investigación occidental sobre los impactos de Chernobyl para el medio ambiente se haya hundido y que numerosos estudios de Europa del este jamás se traduzcan al inglés. 

Polvos y cenizas radiactivas se diseminaron en más de 200.000 km2 tras la explosión del reactor 4 de la central de Chernobyl el 26 de abril de 1986. Ucrania, Belarús y Rusia (que por entonces formaban parte de la URSS) fueron los países más afectados, pero depósitos de partículas radiactivas se detectaron hasta en Escocia e Irlanda. 

Incluso en la zona de exclusión alrededor de la central, la contaminación no es uniforme.  

Algunas partes están relativamente limpias, pero unos centenares de metros más lejos puede haber “puntos calientes”, con radiaciones muy elevadas, a causa de los vientos, la lluvia o la caída de hojas que captaron partículas radiactivas. 

Los principales riesgos son causados por el cesio 137 y en grado menor por el estronio 90, dos elementos cuya radiactividad decrece lentamente, según el Instituto Francés de Radioprotección y Seguridad Nuclear (IRSN). 

Las partículas radiactivas pasan del suelo a las raíces de las plantas, luego a los animales que se nutren de ellas y a los hombres que comen su carne o beben su leche.  Integrado a los huesos y a los órganos, el cesio 137 emite rayos alfa que pueden dañar el ADN de células cercanas, aumentando el riesgo de tumores o de transmisión a la generación siguiente de un ADN mutado. 

“La contaminación disminuye, pero se necesitan décadas para que la naturaleza vuelva a tener niveles sin peligro”, declaró el director del Instituto Ucraniano de Radiología Agrícola, Valéry Kashparov.

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