Catalina Luango, diosa de las aguas

Aníbal Therán Tom-El Universal
El fuerte verano secó gran parte la ciénaga de Palotá, localizada cerca de los sectores Chopacho y Tronconá de Palenque. Son pocos los que se atreven a ir al sitio. //
Aníbal Therán Tom-El Universal
Sebastián Salgado Reyes, profesor de Lengua Palenquera y presidente del Consejo Comunitario de San Basilio de Palenque, quien contó la historia. //
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Catalina Luango Salgado, la mujer más bella del Palenque de hace más de 100 años, la misma que un medio día se perdió en las profundidades de la ciénaga de Palotá, apareció de repente, melancólica, cantando un lumbalú para despedir a su padre, quien murió de viejo llamándola.

La voz de Catalina sobrepasó los murmullos de la sala de su casa, donde velaban a su padre:
“Chimancongo chimaluango, chimariluango ri Angola guangungu me llamo llamo yo, guangungu me are llamá. Nini mapoito a piká. Elle lo, elle looooo”.
Catalina se despidió cantando y danzando más de una hora. Parecía poseída. Sus hermanos y familiares le hablaban, le preguntaban dónde había estado los últimos tres años, en qué parte vivía, qué se había hecho, pero seguía cantando su elegía.
Llegó con un vestido raro, verde oscuro, ceñido, su cabello largo hecho trenzas, con un maquillaje que resaltaba sus ojos oscuros, grandes y bien abiertos.
Sabía que la miraban sin recato. La luna rebotaba en la negrura de su piel, que olía a pescado fresco. Catalina se había convertido en un ser extraño, que se echaba agua en el cuerpo y rechazaba la comida.
Muda, saludó con la mano izquierda y caminó hacia el traspatio, seguida por un tumulto de dolientes. Veían sin creer, su cabellera larga, piel rara y mirada perdida. Su risa de otro mundo se remontó desde el fondo del patio paterno mientras ella desaparecía en la noche, dejando un eco burlón.

I
Los pececitos de colores de la ciénaga de Palotá llamaron la atención de un grupo de mujeres jóvenes que se bañaban en la orilla todas las tardes y luego llevaban agua a sus casas. Se divertían con los peces, demasiado esquivos para atrapar. Pero Catalina Luango Salgado, alta, esbelta y hermosa, se empecinó en capturar el más grande, de ojos casi humanos, mirada fija y expresiva. Era verde, azul, amarillo, rosado, y de cola violeta.
“Ese me lo llevó hoy”, la oyeron decir, mientras cantaba en palenquero. Sus amigas la disuadieron por ser casi las 7 de la noche, y se marcharon al pueblo.
Catalina conocía los misterios de la noche y decía no temerle al mundo sobrenatural. Gustaba de los cuentos de brujas y apariciones, narradas por los viejos de Palenque. Buscaba leña, lavaba a orillas de la ciénaga y luego traía agua a casa. Era colaboradora y amigable con los mayores. Sus padres aseguraban que la custodiaban espíritus buenos.
Esa noche, Catalina no durmió bien. Más temprano que de costumbre, a las 12 del día, partió para la ciénaga de Palotá. Se quitó la ropa y se metió desnuda. El pez multicolor apareció como todos los días de esa semana, y comenzó a jugar con ella. Una lavandera escuchó las carcajadas de la joven. Luego se perdió en la turbidez de la ciénaga persiguiendo al pez de colores. La lavandera avisó a los familiares de Catalina Luango, quienes buscaron su cuerpo hasta tarde en la noche por todos los recovecos de la ciénaga de Palotá. Sus parientes y más de 20 hombres más buscaron por más de tres días, pero nunca la hallaron.
Su familia le hizo un velorio y entierro simbólico. Dicen los palenqueros que todo el pueblo fue al funeral. Nunca había ocurrido algo así, y nadie entendía por qué el cuerpo no flotó al día siguiente, como ocurre con los ahogados. Comenzaron los rumores sobre el rapto de Catalina y todos coincidían en que el guardián de las aguas, el Mohán de la ciénaga de Palotá, de rasgos humanos, alto, peludo y engatuzador, la había hecho su mujer. Por eso no aparecía.
Era. Se rumoraba que cuando cantaban el lumbalú, otras voces acompañaban los cantos luctuosos. Hubo gente que escuchaba la risa de la joven.
Su padre dejó de ir al campo y su vida se desmoronó. Todos los días, hasta la tarde en que murió, visitaba la orilla donde hallaron la falda y el corpiño de Catalina. Dicen que después, allí creció un árbol inmenso de campano.

II
La aparición de Catalina en el velorio de su padre llamó la atención de los más ancianos del pueblo. Sus facciones no eran las mismas, su cabello había crecido demasiado y su piel brillaba como la de los peces. No era la misma, alegre y dicharachera, que se perdió en las aguas de Palotá.
Un tiempo después del velorio de su padre, cuando Catalina Luango era un mito palenquero, la mujer hermosa reapareció cuando armaron el altar para velar a una tía, muerta de repente.
Esa noche Catalina saludó cuando entró a la sala para cantar su adiós, una hora de Lumbalú, con voz lastimera y clara. Cuando se iba, sus parientes le cerraron el paso y la agarraron por los brazos. En el patio comenzaron a preguntarle qué le había ocurrido y dónde vivía. No contestaba, solo soltaba carcajadas largas y sonoras. La metieron en un cuarto de la casa y la amarraron a una silla con un cáñamo, pero seguía muda. De pronto, murmuró frases raras y lloró. Ocultaba su cara tras su cabellera, llenando de miedo a quienes estaban a su lado, quienes la dejaron sola. A media noche, Catalina desapareció sin soltar las cabuyas.
El pueblo hirvió en comentarios. Una pareja de enamorados que pasaba cerca al cementerio dijo haberla visto enrumbarse hacia la ciénaga de Palotá. Varios hombres de su familia llegaran a la ciénaga a buscarla. Pero como siempre, los esfuerzos resultaron infructuosos. Sin embargo, a sus parientes les llamó la atención ver a varios niños correr por la orilla de la ciénaga. Parecían jugar, pero cuando llegaron donde ellos, no había nadie.
Hasta un cura llegó a la ciénaga a despedir a Catalina Luango, y a darle paz a su alma. Sin embargo, los palenqueros de los barrios Chopacho y Tronconá dejaron de ir a la ciénaga de Palotá.
Al cabo de seis meses, sin motivo aparente, falleció una prima de Catalina, que había crecido con ella. Como las veces anteriores, el primer día del velorio, Catalina apareció cantando Lumbalú. Los dolientes la dejaron entrar, pese a que estaba mojada y vestida solo por su cabellera, que ya estaba más clara.
Al rato, un grupo de 10 hombres la agarró y llevó obligada a la iglesia, donde el padre la exorcizó y bendijo. La dejaron amarrada en el atrio mientras el cura rezaba. Un charco de agua se formó donde estaba Catalina Luango. A la media noche se levantó sin soltar las cabuyas y dijo: “Chimbumbe a tra gá a mi a la mitad”, que en español quiere decir, me perdí entre las aguas de la ciénaga.
Sus parientes entendieron que Catalina Luango ya no era de este mundo, sino la diosa de las aguas de Palotá. El párroco la despidió y le deseó suerte. Desde entonces no se volvió a hablar de Catalina. Nadie busca agua en la ciénaga de Palotá, porque es común ver a un grupo de hombres y mujeres sobre la orilla, cantando Lumbalú. Dicen que son los hijos de Catalina y el Mohán.

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