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El amor le llegó a los 83 años

Por las calles de San Jacinto corre un chisme: “el viejo Miguel Plutarco dejó a ‘Narsa’, su mujer, y se llevó a una pelaita para Santa Marta a gozar la vida”.

El comadreo se regó entre los sanjacinteros, quie-nes comenzaron a buscarle la “punta al ovillo”, aña-diéndole pedacitos. Unos, entre ellos Gustavo “Tavo” Barraza, aseguran que Mi-guel Plutarco Fernández, de 83 años, el decimero y poeta más viejo de San Jacinto, halló los secretos de la juventud eterna en uno de sus recorridos por el cerro de Maco y que por esa razón se había llevado a una “pelaita” sanjacintera vecina suya.
Otros, como José Luis Pulgar Barone, comentaron que Miguel Plutarco reco-rrió Santa Marta, Fundación y otros pueblos del Magda-lena con una señora de la que se había enamorado en silencio cuando tenía 20 años, y quien, por cosas del destino se casó con otro.
Ni lo uno, ni lo otro. El protagonista de la historia, quien es objeto de mamade-ras de gallo constantes en San Jacinto, se desapareció de su casa por más de 15 días sin decirle nada a na-die. Ahora, más sosegado e inspirado, todo lo que habla le sale en verso, según él porque lo tocó el amor.
Miguel Plutarco asegura que sí se perdió y está ena-morado, pero de una don-cella de Marialabaja, a la que conoció hace cinco años cuando aún era niña en una presentación que hizo con el grupo de la tercera edad de San Jacinto. Ese día, Miguel Plutarco cantó y declamó sus propias poe-sías, pero además, dijo varias décimas que le provo-caron la ovación de las de-legaciones de la tercera edad de todo Bolívar, que festejaban el Día del Adulto Mayor en Marialabaja.

I
Sus ojos grandes, perfilados por pestañas negras, tupidas y largas, se le fue-ron acercando lentamente, segundos después de que Miguel Plutarco soltara unos versos de amor. Su cuerpo delgado y frágil, y su atención, terminaron por asustarlo, sobre todo cuan-do de sus labios carnosos salieron dos palabras: “regáleme un poema”.
El estremecimiento le llegó hasta la punta del de-do pequeño del pie izquier-do. La boca se le llenó de saliva y la respiración se le acortó. Nunca había tenido tan de cerca a una ninfa tan bonita. Le preguntó:
- ¿Qué quiere la reina?
-“Escribir tus poemas”, contestó la joven.
Miguel Plutarco Fernán-dez Reyes se quedó lelo y se reprendió a sí mismo por sus pensamientos carnales, pues esa joven bien pudiera ser su nieta. Su sonsera, que los médicos atribuían a la anemia y que lo acompa-ñó en los últimos años, de-sapareció.
Las manos temblorosas de Miguel Plutarco lo dela-taban. No sabía qué le ocu-rría. Hasta se le dio por pe-dir una cerveza para pasar el miedo y de pronto ento-nó: “Estás tan linda que pareces un capullo abierto ba-ñado por el rocío del amanecer, así eres tú, linda mujer, en tu cuerpo todo luce, te pareces a una virgen, pero a la virgen de Guadulupe”.
“Hágame otro”, dijo la jovencita, mientras anotaba en un cuaderno las frases, con cara de enamorada.
Miguel suspiró: “Dios hizo tu piel morena, también te dio la belleza e hizo en ti tantas cosas buenas como la gentileza y el don del amor, también la naturaleza te dio la hermosura y yo con muchísima ternura te entrego mi corazón”.
Cerró los ojos, esperan-do besar a su ninfa, pero desapareció entre la multi-tud que presenciaba los ac-tos de los viejos. Por más que la buscó no pudo ha-llarla. Al día siguiente –muy triste- se devolvió para San Jacinto.

II
La noche en que conoció a Elsita, la jovencita que le puso los nervios de punta en Marialabaja, jamás se le olvidó a Miguel Plutarco Fernández Reyes y en va-rias ocasiones visitó ese pueblo con la esperanza de verla.
Miguel Plutarco soñaba con ella despierto, y hasta se veía más joven viviendo su idilio con la florecita morena. Cree que esa noche dio el salto de la décima a la poesía y desde entonces, cada vez que dice algo, así sea para mamar gallo, le rima. Le pidió a Dios otra oportunidad para verla y se quedó tranquilo en San Ja-cinto viviendo sus últimos tiempos con el subsidio que el Gobierno da a los abue-los pobres, que no tienen pensión.
Cuando menos se lo es-peraba el destino le brindó una oportunidad en enero pasado. Fue a San Juan Ne-pomuceno a renovar la cédula de ciudadanía y mien-tras hacia la cola, le grita-ron:
“Viejo chévere, venga: cánteme unos versitos”.
Esa voz lo transportó. Volteó, sonriendo. La escudriñó, la vio cambiada, más alta, esbelta, pero era ella, más hermosa y grande, El-sita, la musa de su poesía y la protagonista de sus sue-ños.
La morena abrió sus brazos grandes y largos y se fundieron en un abrazo de casi dos minutos.
“Lléveme”, le susurró al oído. Para disimular ante su madre, que no entendía, le pidió que le compusiera un verso:
“Te entrego esta linda flor en prueba de mi cariño, estas guardada en mi cora-zón y tengo a Dios de testi-go de este amor que te pro-feso que es tan sagrado y tan puro, pero con la miel de un beso de tu amor me sentiría más seguro”.
En un descuido de la progenitora de Elsita, se dieron un beso. Tímido, Miguel Plutarco, se despi-dió con vergüenza de la jo-vencita y pensó en los co-mentarios de quienes habían visto la escena. Se re-petía a sí mismo que no es-taba bien, que él era un viejo con los días contados y ella una flor naciente.
Además, Dios le había dado un hogar hace sesenta y pico de años con Narcisa, quien también fue bella, pero ahora el olvido había llegado como un intruso a su mente, guiado por una rara enfermedad conocida como Alzehimer.
Se imaginó lo que dirían sus nietos e hijos, por los que trabajó como un esclavo por más de 60 años. El guayabo moral lo afectó por varios días.

III

Con parte de un dinero que reunió después de vender un solar en San Jacinto, se decidió a buscar el amor sin importarle que la muerte decidiera llevárselo en cualquier momento. La halló en la plaza de Marialabaja, y le prometió momentos de amor en el que, según él, sería el último re-corrido de su vida. Elsita preparó todo y se marchó con él a las seis de la tarde, escondida de sus padres.
Llegaron a la media noche a Santa Marta y con-templaron la luna juntos, acostados en la playa. Se hospedaron en un hotel barato, pero respetable, atendido por dos adultos mayores, como él.
Allí contempló a Elsita: su esbeltez, el brillo de su piel. Palpó la dureza de sus carnes con sus propias manos, tal y como lo había soñado muchas veces. Se sintió joven aún para amar, con la fuerza inusitada que le daba la jovencita. Miguel Plutarco escrudriñó cada poro de Elsita, se extasió con su pelo crespo y su rostro hermoso.
Se sintió en el paraíso y a cada minuto agradecía a Dios. Miguel la contempló toda la noche, mientras le componía versos, que su “reina” anotaba, desnuda, en un cuaderno. La besó hasta el amanecer.
Ese día la llevó donde unos sobrinos en esa ciudad y les dijo que era una nieta enferma que quería conocer el mar. Nadie se tragó el cuento, por lo que al final tuvo que revelar el secreto, que fue celebrado por sus familiares. Allí demoraron varios días, salían en la mañana y llegaban por la no-che a dormir juntos como una pareja de recién casados. Hablaron del amor, de la edad, de la vida, de la realidad, en fin, de todo. De allí pasaron a Fundación y después a Cartagena, donde Miguel se entregó al amor en las noches de bohemia de La Heroica.
Se sintió más hombre y decidió no apenarse por los comentarios cuando lo veían pasar agarrado de la mano de su diosa de ébano. Al cabo de 15 días de peri-plo romántico, cuando ya en San Jacinto sabían que se había escapado en un viaje de placer con otra mujer, decidió regresar con el poco dinero que le quedó.
La llevó a la casa de ella y se presentó ante sus padres como su marido. Lo recibieron como tal, pero a Elsita le advirtieron: “Te labraste tú destino y ahora debes cargarlo”. Eso lo mantiene asustado, pues ha vuelto a Marialabaja y sus suegros lo reciben bien, al igual que a su nueva mujer. Está dispuesto a volver al campo para trabajar, para responderle a su ninfa.
En San Jacinto le dicen “viejo zorro”, “perro sinvergüenza”, “bandido”, pero él ríe, mostrando los pe-dacitos de oro que tiene in-crustados en los incisivos, mientras exhala versos de amor.
Miguel Plutarco está feliz, pero sabe que de alguna forma pagará su atrevimiento. Mientras arregla algunas cosas en San Jacinto para mudarse definitivamente a Marialabaja a vivir sus últimos tiempos, ver-seando entre el cuerpo de su amada Elsita. Ahora le teme más a la muerte y le pide a Dios otro plazo para vivir, sin importarle el qué dirán.

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