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El burro que se convirtió en hombre y otras historias

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La presencia de Gertrudis (una mujer blanca y coqueta, con cuerpo de diosa, que llegaba de vez en cuando a San Juan Nepomuceno), incomodó a varios lugareños que dialogaban en la plaza principal del pueblo.

Cuenta Mario Martínez Blanco, un pueblerino de 97 años, quien vive en Cartagena, que la hembra voluptuosa, de ojos grises, cabello negro y largo, caminaba halando a un burro moro, grande y gordo que miraba con odio a los hombres y se reía con las mujeres, sobre todo si eran bonitas y vestían faldas cortas que evidenciaran la desnudez de sus piernas.
Gertrudis, la fémina que en la década de 1930 desbarató más de un matrimonio en San Juan y los Montes de María, porque cuando se enamoraba de un hombre éste caía rendido a sus pies, halaba con brusquedad al burro cada vez que miraba a una mujer. Era como si sintiera celos y rabia.
Cuando medio le soltaba la cabuya, el burro brincaba; y de su gran boca salían extraños sonidos, en tono lastimero, muy diferentes a un rebuzno. Por esa razón perturbó la tranquilidad de esa tarde en San Juan. Todo el que veía al asno, terminaba asustado. “Ese burro parece que fuera gente”, se escuchó decir en la solariega plaza.
Gertrudis pasó por allí rauda con su burro mirón. Y, preguntando, llegó a la casa de un señor de apellido Mercado, a quien le vendió el animal por unos cuantos pesos. Claro que Gertrudis le advirtió que el asno era muy malo y que debía amarrarlo bien para que no se le fuera en la noche.
Al día siguiente, el señor Mercado le puso el sillón y se fue orgulloso a su parcela, localizada por el camino a San Agustín, a pocos kilómetros de San Juan. En el viaje pudo notar que el animal se quejaba como un hombre cuando le pegaba, con una varita de guayacán, para que andara más rápido. Sin embargo, no le prestó atención y se fue a labrar la tierra, a mirar los tomates y otras hortalizas. Por la tarde, arrancó unas matas de yuca y se devolvió al pueblo, silbando un bolero. Al llegar a su casa pudo notar, cuando le quitó el sillón, que el burro tenía unas peladuras muy grandes y había perdido abundante sangre. El pelo del lomo había desaparecido como por arte de magia.
Entonces, pensó que ese animal no estaba acostumbrado al trabajo y decidió echarle sal para que cicatrizara rápido. Pero se quejaba como cualquier cosa, menos como burro. Por eso, debió echarle agua de la tinaja para que se calmara. Antes de las seis de la tarde, le puso un mazo de hierba de pítico, quizá la que más le gusta a los burros. Pero ni la tocó. En cambio, se peleó con Nerón, un perro que estaba esperando morir de viejo, por unos pedazos de yuca, ñame y un poco de arroz guisado que sobró del almuerzo y la cena.
“!Carajo!, este burro si es raro. Es verdad que parece humano con esos gustos. No come yerba, pero le gusta el arroz”, dijo la mujer del señor Mercado, al observarlo tratando de espulgar un sucio del arroz con una de sus patas delanteras.
La señora le avisó a su marido, quien aguzó los sentidos y no perdió de vista al animal por un rato. Le echaron un pedazo de carne y otro montón de arroz con cucayo, que devoró en un santiamén. Una hora después, Mercado se fue a dormir, pero el burro seguía inquieto tratando de liberarse del cáñamo porque vio a escasos treinta centímetros una mata frondosa conocida como “ruda”, de la que se dice tiene el poder para poner fin a encantamientos; y, además, espanta a las brujas.
El burro logró soltarse y se comió toda la mata. Cayó como muerto, pero al cabo de unos segundos se levantó convertido en hombre; y, como pudo, salió de la casa. Se sentó desnudo en el pretil del frente, a esperar a que amaneciera.
A eso de las cinco de la mañana, el señor Mercado se despertó y, al no hallar a su burro moro, salió a la calle y se percató de que había un hombre arrastrado y desnudo, con la mirada desorbitada, frente a su casa. Le preguntó qué hacía allí y el hombre moreno, robusto, de mediana estatura, pelo ensortijado, le contó que la Gertrudis, quien lo había convencido de abandonar su hogar a punta de sortilegios, era bruja y lo había convertido en burro.
El hombre, quien dijo llamarse Ítalo, contó que había visto por las noches escapar a Gertrudis volando desde su cuarto. La mujer, contó Italo, salía en camisón de dormir y agarraba una escoba. Pero antes decía: “Sin Dios y sin Santa María”, y se elevaba en la oscuridad de la noche. Cuenta que una vez la vio convertirse en pata, también a la media noche.
Ítalo trató de hacer lo mismo, diciendo las mismas palabras, pero la mujer lo hechizó y lo convirtió en burro.
“Sin saber, te comiste la mata de ‘ruda’ que tiene mi mujer para espantar las vainas malas y te convertiste en hombre”, le diría el señor Mercado.
Ítalo, el burro que se convirtió en hombre, juró vengarse y después de desayunar en la casa del señor Mercado, quien no salía del asombro, partió hacia Corozal, en el departamento de Sucre. Cuentan las malas lenguas que, al advertir que le quería hacer daño, un tiempo después, Gertrudis lo convirtió en perro.

II
Los 97 años de Mario Martínez Blanco no le han alcanzado para cambiar su carácter recio y mucho menos sus posturas frente a los hechos extraños que ha enfrentado con valentía.
Desde que era un niño en San Agustín, corregimiento de San Juan Nepomuceno, localizado a la orilla del Río Magdalena, comenzó a tener encuentros con el más allá.
La primera vez que sintió algo extraño, debía tener unos 17 años. Se encontraba pescando en la ciénaga Silbadero de San Agustín y un ruido raro le arrebató el ánimo.
Su corazón palpitó más rápido cuando en un paraje solitario de la ciénaga, cerca de unos mangles, sintió patear un pescado grande. Después fueron varios los peces que movieron el agua. Entonces, se decidió a tirar la atarraya para atraparlos, pero antes de que cayera su red, sintió el estropicio de otra que caía en ese mismo sitio. Una risa estridente y anormal seguía acechándolos a su cuñado y a él, cuando tiraban canalete, huyendo de esas aguas.
Aunque esa madrugada nadie le dio explicación en el pueblo, días después pescadores curtidos en el oficio le dijeron que le había salido el Mohán, seguramente porque ya había sacado bastantes peces y no se marchó a tiempo. “Hay que respetar a la ciénaga. Si ya pescaste lo suficiente, vuelve a casa”, le advirtieron.
Desde ese día se convirtió en creyente, y todo su fervor se lo entregó a la Virgen del Carmen. Por la media noche, cuando iba a pescar, se le encomendaba, y siempre le iba bien. Pero cierto día madrugó a sus faenas con su cuñado en el caño de Tenerife (Magdalena), población cercana a San Agustín, y escuchó primero el ruido del machete cuando corta el monte, y gritos como de gente desesperada. Se asustaron, pues no era normal que a esa hora los macheteros trabajaran, pero siguieron bogando caño adentro. Como por instinto se persignaron y continuaron, pero con cautela. Los dos invocaron a la Virgen del Carmen y al rato oyeron el canto de un gallo y de inmediato cesaron los ruidos y gritos extraños. “Nos hizo el milagrito”, diría el cuñado de Mario, asustado.
Meses después, Mario Martínez, acompañado de su esposa, su madre y su cuñado, viajaban en canoa por el Río Magdalena cuando de repente el cielo se nubló y vientos huracanados acompañaban lo que parecía una tempestad. El viento rugía como un montón de fieras enjauladas y los pasajeros de la pequeña embarcación iban muertos de miedo. Con las primeras gotas de agua, el viento se hizo más fuerte y los pasajeros temblaban del susto. La madre de Mario comenzó a gritar. Pero fue el cuñado de Mario, quien, en voz alta y agarrando una medalla de la Virgen del Carmen, pidió que cesara la tormenta. A los pocos segundos la tranquilidad se tomó al río, pero los pasajeros orillaron la canoa y continuaron su viaje a pie.

III

En uno de sus últimos viajes, cuando debía rondar los 45 años, Mario cuenta que fue testigo de un caso singular.
Se encontraba de paso en Barrancas (Guajira) cuando vio pasar al hombre más rico de la región, según le dijeron, del cual no recuerda el apellido, junto a un muchacho de 18 años, con dos rifles y abundante munición, rumbo a un bosque cercano a cazar venados y conejos. Escuchó cuando la posadera les gritó:
“Hoy es martes 13. Dejen de ir a cazar que la Madre Monte anda suelta”.
El hombre mayor, bajito y gordo, soltó una carcajada estruéndosa e hizo una mueca de burla con su bemba. Los cazadores furtivos se adentraron en el monte, a eso de las 6 de la tarde; y, después de caminar una hora, vieron en un claro a cientos de venados juntos. Pero, cuando apuntaban, algo con una fuerza inexplicable les movía el arma y los venados huían. Al cabo de un rato se volvían a reunir junto con cientos de conejos y liebres. Pero disparaban y no mataban nada. En fin, agotaron su munición e intentaron devolverse, pero se perdieron en la espesura del bosque.
Al rato de estar caminando, con la oscuridad de compañía, entre los arbustos hallaron una casa abandonada y entraron. Ayudados con sus lámparas observaron que había una litera bien arreglada. El hombre de más edad escogió la cama de arriba, mientras el más joven asustado rezaba el padrenuestro incesantemente. Después de acostarse, el tipo gordito y de baja estatura comenzó a decir que le encantaría tener una mujer para abrazarla y hacerle el amor, mientras que el joven le decía que no dijera esas cosas en el monte, que era peligroso. Pero el tipo seguía con sus habladurías. Se durmieron. A la mañana siguiente el joven se despertó sobresaltado porque gotas de un líquido denso y caliente caían en su cuerpo. Se levantó y, por instinto, miró a su compañero y pudo observar que algo le había chupado hasta la última gota de sangre de su cuerpo. Estaba blanco. En el pueblo, la posadera culpó a la Madre Monte, que no es más que la guardiana del bosque y de los animales, enemiga de los cazadores y de los que abusan de la naturaleza.

***
El hombre que una vez recorrió la Costa Norte de Colombia y La Guaira, en Venezuela, ahora se levanta de un tronco de madera que parece su trono en el taller de alineación Mañe, en El Carmelo, sale a caminar solitario por los barrios El Carmelo, El Socorro y Los Jardines visitando parientes, amigos e hijos que viven en esta ciudad.
A Mario Martínez todo el mundo lo admira por sus historias, por sus frases. Siempre dice que los aparatos se acabaron desde que llegó la luz eléctrica. Nadie le cree que tiene 97 años, 18 hijos, que tuvo más de 40 mujeres y que su virilidad aún está intacta.

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Comentarios

EN TURBACO HAY UN BURRO QUE

EN TURBACO HAY UN BURRO QUE SE CONVIRTIÓ EN ALCALDE,

MIGUEL ARNEDO NO ES QUE SEA MARIHUANERO, PERO ESE MAN ES TREMENDO BRUTO

PUEBA DE ELLO ES QUE "NUNCA SABE NADA???????????????????????????

MIGUE RENUNCIA POR MEDIO HUEVO.